El boxeo y el negocio

Floyd Mayweather y Conor McGregor, 26 de agosto de 2017. Foto: Joe Camporeale/USA TODAY SPORTS.

Una de las cosas más bellas del boxeo es su pretensión de justicia en las reglas. Dos sujetos del mismo peso, sin nada más que sus manos enguantadas con el mismo material, uno frente al otro. No hay ventajas o desventajas impuestas por el dinero. Las diferencias que determinan el resultado de la competición son fruto del saber hacer y el esfuerzo de cada uno de los púgiles. El trabajo y el talento acumulado son lo que determina quién sale vencedor sobre un ring de boxeo. Pocas veces un golpe de suerte cuestiona lo que sería justo. Por esto mismo, el espectáculo montado en Las Vegas en la noche del 26 de agosto de 2017, con Floyd Mayweather y Conor McGregor de protagonistas tuvo poco o nada de boxeo. Más allá del evidente circo, la farsa resultaba igual de burda, porque no había igualdad de inicio. Un campeón del mundo invicto contra un hombre que ni siquiera es boxeador, aunque sepa pegar de otras maneras. Hicieron diez asaltos, porque menos no hubiera sido rentable para las televisiones.

Deportivamente es casi absurdo hacer una crónica del combate. En una esquina: Floyd Mayweather Jr., campeón del mundo en cinco categorías, desde superpluma hasta su actual condición de superwélter, con 40 años y un récord de 50 victorias en 50 combates profesionales —después de vencer a McGregor—, considerado uno de los mejores boxeadores de todos los tiempos, un superdotado técnica y estilísticamente, sin una gran pegada pero de una inteligencia táctica sobre el ring sin igual. En la esquina contraria: Conor McGregor, campeón y superestrella de la UFC, la empresa que genera el mayor negocio competitivo de artes marciales mixtas, con 29 años y un total de 25 combates, de los cuales ha ganado 21, 18 de ellos por nocaut. A la cita ambos llegaban en forma, aparentemente, con 149 libras y media el estadounidense por 153 del irlandés, un par de centímetros más alto. Más allá de las presentaciones, un teatro con dos actores histriónicos. El combate llegó a los diez asaltos. En el minuto y cinco segundos del décimo, el árbitro dictaminó el ko técnico en favor de Mayweather, después de los primeros segundos en los que se veía a un boxeador de la talla de Mayweather empleándose de verdad. Durante los primeros asaltos el campeón de MMA cumplió más o menos con el guión, tirando fuerte y sin descanso, buscando un golpe de suerte. En el primer round lanzó 44 golpes, por solo 5 del americano. En el round 2, fueron 45 por 8. En el round 3, 42 contra 12. Y en el cuarto asalto, el irlandés lanzó 76 golpes, por 28 de Mayweather. Solo en los últimos dos rounds del combate, Floyd lanzó más golpes que el irlandés. Pero la diferencia de efectividad entre el esfuerzo de uno y otro no ofrece dudas: Mayweather conectó el 40% de los golpes que lanzó, frente a solo el 16% de McGregor. Las estadísticas son las que son. Pero a quien vio el combate no le hacen falta, le basta con ver la técnica de uno y otro y la actitud de ambos púgiles para darse cuenta de que todo era una representación. McGregor sin ser capaz de conectar unas combinaciones mínimamente elaboradas y sin armar adecuadamente la defensa. Y Mayweather dando la espalda por las esquinas, dejándose abrazar. El combate, de haberlo sido de verdad, podría haber terminado en el primer asalto. Pero el dinero manda y un combate de menos de media hora no era suficiente negocio.



Mayweather y McGregor, juntos, son algo así como una moneda con dos caras iguales. Todo adjetivo se queda corto para caracterizar lo deleznable de sus actitudes, de lo que representan. Son excelentes deportistas, pero no tienen nada que ver con el deporte. Son, de hecho, lo contrario a la deportividad. Sus valores no son los de la sana competición, sino los del negocio más desprovisto de escrúpulos. El todo vale por dinero. Lo peor, en este sentido, no ha sido que dañaran la imagen del boxeo, como podrán considerar los amantes de este noble deporte. El boxeo está mucho más allá de estas pantomimas, igual que el fútbol u otros deportes lo están de los fichajes millonarios y la ostentación de sus estrellas. Lo peor es la aquiescencia de un mundo dispuesto a disculpar cualquier cosa en favor de un supuesto espectáculo, en realidad, en reconocimiento de que la razón de unos valores la dictamina el beneficio económico. Durante los meses y días previos a la pelea, Mayweather y McGregor se han dedicado insultos homófobos, machistas y racistas. Ellos, en su día a día, en la venta de su imagen pública, hacen continuo alarde del poder de su bajeza moral, determinado por la cantidad de ceros de su cuenta corriente.

En la misma noche que tuvo lugar la farsa de Mayweather contra McGregor, en Carson (California) pelearon por el cinturón superwélter de la Organización Mundial de Boxeo el puertoriqueño Miguel Cotto y el japonés Yoshihiro Kamegai. Se batieron durante doce asaltos, resultando campeón el boricua, que dio una auténtica lección de boxeo. Tanto Cotto como Kamegai conectaron golpes que hubieran tirado abajo todo el T-Mobile Arena de Las Vegas. Eso sí fue un combate de boxeo de verdad. Se sabe cuando los boxeadores se agarran a su contrincante con la mirada, cuando reciben un directo o un crochet que les gira la cara, pero con sus ojos tratan de mantenerse fijos a su oponente, para no caer, para seguir luchando. Miren el Cotto vs Kamegai, y encontrarán esa mirada, la de la dignidad de un deporte que se define por eso y no por otro tipo de espectáculos de miserable gusto. Esa fue la pelea de la noche, un millón de veces mejor que el gran “espectáculo del siglo”. ♦︎

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies