El bar, combustible literario de primera

White Horse Tavern, lugar de copas de Dylan Thomas, Kerouac y compañía. Nueva York, 1961. Foto: Library of Congress.

Efluvios. Tinieblas tabernarias. Páginas manchadas de alcohol. La literatura también bebe en los bares. Apura tragos desde el inicio de los tiempos. Con más o menos sobriedad. Manteniendo la compostura en una tertulia de café distinguido, como Fernando Pessoa en la escena intelectual lisboeta de principios del siglo XX. O perdiendo los papeles, entre charcos de vómitos y malas compañías, a lo Charles Bukowski. Sólo es cuestión de grados. Pero no pasa de moda como combustible creativo. Lo demuestra el reciente éxito de El bar de las grandes esperanzas, donde J.R. Moehringer alimenta la mitología de este espacio de reunión, complicidad y batallitas. Sus recuerdos en el Dickens se engarzan bajo una neblina pedagógica, dando forma al cliché de la escuela de la vida: «Mucho antes de servirme copas, el bar me sirvió la salvación. Me devolvió la fe cuando era niño, cuidó de mí de adolescente, y me acogió cuando me convertí en un hombre joven».

Mirando atrás, los ejemplos se amontonan. Como el Davy Byrnes de Dublín, pub en el que Leopold Bloom reposta a la manera de la época, con un vaso de borgoña y un sándwich de queso gorgonzola por delante. Un ritual que los amantes del Ulises de James Joyce repiten siempre que surge la ocasión, sea 16 de junio o no. 

De Hemingway mejor ni hablar. «Mi mojito en la Bodeguita, mi daiquiri en el Floridita». Y eso sólo en La Habana. España, con decenas de muescas del autor de Fiesta, dibujó su propio ecosistema cultural alrededor de enclaves como el Café Gijón, lugar de paso a lo largo de lustros de escritores como Valle-Inclán, Cela, Buero Vallejo o Pérez Galdós. El bar como epicentro del intercambio de ideas. Como fuente de inspiración. Como localización estructural de infinidad de grandes obras de la literatura universal.



El barcelonés Cèntric se cuela en Los detectives salvajes de Bolaño; Borges frecuentaba el Café Tortoni de Buenos Aires; Dostoievski se contaba entre los parroquianos del Café Literario de San Petersburgo; y hasta cuentan que J.K. Rowling dio vida a su Harry Potter en una mesa del Café Majestic de Oporto. En Nueva York, Dylan Thomas se metía por el cuerpo todo lo que podía y más en la White Horse Tavern. «He bebido 18 vasos de whisky, creo que es todo un récord», reza la leyenda que espetó antes de echarse su último sueño en el Hotel Chelsea. Aquella barra, aquella barra tintada de malditismo también vivió los excesos de la patulea beat. En la puerta del baño de caballeros aún hay quien busca el famoso Jack, go home!, que supuestamente dedicaron a Kerouac una noche en que al padre de En el camino las copas se le fueron de las manos y fue expulsado por dos veces del garito. Por pasarse de frenada sobre una barra que tal vez inspiró el bautismo de Robert Zimmerman y en la que también clavaron sus codos tipos duros, de los que no bailan, de los que ingieren bourbon a palo seco. Los Norman Mailer y Hunter S. Thompson de turno.

En el Eagle and Child de Oxford brindaban tipos menos fatalistas, ratones de biblioteca que se perdían en sus mundos de fantasía entre trago y trago. Este típico pub británico cobijó a los Inklings, un grupo de escritores y académicos al que pertenecieron J.R.R. Tolkien o C.S. Lewis. Soñadores que buscaban cierto grado de privacidad en la denominada ‘Habitación del conejo’, un rincón del local en el que se citaban cada martes, antes de comer, para tomar cerveza y departir sin prisa. En 1962 decidieron mudarse al Lamb & Flag, al norte del Saint John’s College, pero los mitómanos prefieren curiosear y rendir culto en ‘The Rabbit Room’. Cosas de fans.

París no podía ser menos. Les Deux Magots, en pleno barrio de Saint-Germain-des-Prés, se convirtió en punto de encuentro de Verlaine, Rimbaud y Mallarmé. Con el paso de los años, Sartre, Simone de Beauvoir, Artaud o André Gide enriquecieron la prestigiosa lista de clientes, y aún hoy el mundo de las artes y la política se codea por allí. Roma cuenta con su homólogo particular, el Antico Caffè Greco, el segundo establecimiento de este tipo más antiguo del país y por donde circularon Lord Byron, Ibsen, Andersen o el mismísimo Goethe. Y así se podría seguir ‘ad infinitum’. No hay novela que se precie en la que no aparezca un bar. Y casi no existe grupo o movimiento literario que no se forje en torno a una mesa o a un taburete junto a la barra de un bar. ¡Será por bares! 

* Para terminar, una pequeña selección de enclaves imprescindibles, según reza la leyenda (o no), para los peregrinos de la mitomanía literaria:

Café Gijón (Madrid, España) 

Frecuentado por: Federico García Lorca, Camilo José Cela, Antonio Buero Vallejo, Ramón María del Valle-Inclán, Benito Pérez Galdós…

White Horse Tavern (Nueva York, Estados Unidos) 

Frecuentado por: Dylan Thomas, Jack Kerouac, Hunter S. Thompson, Norman Mailer…

Davy Byrne’s Pub (Dublín, Irlanda)

Frecuentado por: Leopold Bloom (en el Ulises de James Joyce).

Les Deux Magots (París, Francia)

Frecuentado por: Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Albert Camus, Ernest Hemingway…

Antico Caffè Greco (Roma, Italia)

Frecuentado por: Charles Dickens, Henrik Ibsen, John Keats, Hans Christian Andersen, Lord Byron…

Eagle and Child (Oxford, Reino Unido)

Frecuentado por: J.R.R. Tolkien, C.S. Lewis…

Lamb & Flag (Oxford, Reino Unido)

Frecuentado por: J.R.R. Tolkien, C.S. Lewis…

La Bodeguita del Medio / El Floridita (La Habana, Cuba)

Frecuentado por: Ernest Hemingway.

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