Cinco piezas al auxilio del boxeo

«El boxeo ocupa un lugar tan alto como el periodismo en mi lista de profesiones nobles. Y por desgracia también ocupa un lugar destacado en mi lista, siempre creciente, de especies en extinción, junto con los libros, y las librerías, y la cortesía, y los elefantes, y las pajaritas, y la Tierra». Esto dice el escritor J.R. Moehringer en El campeón ha vuelto. Porque creemos que tiene toda la razón, hemos elaborado una selección de historias con el boxeo en primer término o de fondo, para disfrute de nostálgicos empedernidos…

La mariposa y la abeja, la Historia y la vida

por Eduardo Corrales

Muhammad Ali en Chicago, 1966. Foto: Thomas Hoepker/Magnum Photos.

El día después de proclamarse campeón mundial de los pesos pesados, por nockout técnico a Sonny Liston al término del sexto asalto, Cassius Clay anunció que ya no sería más Cassius Clay. Días más tarde daría a conocer su nuevo nombre al mundo, en adelante: Muhammad Ali. Tenía solo 22 años, pero ya era una leyenda. Algunos hombres, aunque vivan hasta viejos, parece que muriesen jóvenes, no por la consabida conservación jovial de algunos espíritus, sino por algo más enigmático, una suerte de sacrificio y embalsamamiento en la memoria de un tiempo. Muhammad Ali fue de esos. Su cuerpo cumplió los 74 años, pero su persona, convertida en símbolo, perdió las edades, quedó congelada en una juventud de icónica magnitud. Bello, desafiante, rebelde. Odiado, amado, irreductible. Ali concitó todas las emociones. Si un deportista podía convertirse en un mito de tal calibre, solo podía ser un boxeador. Tal vez por el hecho de que el boxeo trasciende el deporte, es otra cosa. {Seguir leyendo}

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La crónica y el combate de George Bellows

por Olvido Rus

Both Members of This Club (1909) / George Bellows/National Gallery of Art, Washington DC.

En la primavera de 2015 sucedió algo imprevisto para la mayoría: un combate de boxeo volvió a reclamar la atención del mundo entero. Fue el Mayweather vs Pacquiao. Hacía mucho que no ocurría algo semejante. La fiebre bajó rápidamente después del combate, dejando entrever que quizás el mejor golpe lo habían dando los pesos pesados del marketing. Fue un combate aburrido y sin grandes golpes, nadie cayó a la lona, ni mucho menos salió disparado del cuadrilatero. Si algún pintor hubiera decidido inmortalizar la pelea, por fuerza le habría salido un lienzo de contrastes chillones, consecuencia de la luminotecnia, y el retrato estático de dos hombres midiéndose a prudencial distancia. Recuerdo que me mantuve despierta toda la noche para ver la nueva “pelea del siglo”, convencida por un amigo —al que le había alcanzado el gancho mercadotécnico—, más seducida por la mera compañía amistosa que por lo que pasara en el ring. Sin embargo, una vez que me metí en el papel de mujer trasnochadora por una velada de boxeo, algo cambió. Era la primera vez en mi vida que veía un combate entero y debo reconocer que, incluso a pesar de lo diferente que resultó de la imagen que yo tenía sobre este deporte —que era la idealizada del arte, el cine y la literatura—, me sentí seducida por algo puro y estético que presentí latir en todo ese espectáculo. Y entonces no pude dejar de pensar en George Wesley Bellows, el pintor del Nueva York de principios del XX y, por supuesto, el gran cronista pictórico del mundo del boxeo. {Seguir leyendo}

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Toro Salvaje, la vuelta al combate de Martin Scorsese

por Luisen Segura

Toro Salvaje (1980). Imagen: United Artists.

A las crónicas y retratos pugilísticos de Gay Talese les faltaba una sinfonía de imágenes y un relato audiovisual como el que construyó Martin Scorsese con Toro Salvaje. Lo hizo rodeado de amigos y gracias a ellos, en el momento más bajo de su vida, después de estar casi a punto de morir por una sobredosis de cocaína y con todo su mundo puesto del revés.

Scorsese venía de filmar la letanía urbana definitiva, Taxi Driver, que además de Palma de Oro había sido un éxito de público, y después una gran obra menor como New York, New York, con la que se había pegado un sonoro batacazo comercial. Cosechaba honores cinematográficos y leyenda de autor como matrimonios, para entonces ya contaba dos divorcios y se ponía en camino del tercero, el de Isabella Rossellini, al poco de casarse. Tal era su estado y la confianza en su propia sensatez que él mismo reconoció tiempo después: “Yo puse en Toro salvaje todo lo que sabía, todo lo que sentía, y pensé que eso sería el final de mi carrera. Es lo que se llama un film kamikaze: se pone todo dentro, se olvida todo y después se intenta encontrar otra manera de vivir”. 

Si Toro Salvaje hubiera sido, literalmente, el último film de Martin Scorsese estaríamos hablando de una leyenda aún más poderosa de la que ya es. Por suerte, esta película sobre la redención funcionó como tal para su creador, salvándole de sí mismo, y resucitando a un director que cabalgaría con imponente modernidad las pantallas cinematográficas de las siguientes décadas, hasta la actualidad. Lo contrario que le ocurrió al inspirador Jake LaMotta, campeón mundial de los pesos medios y de unos cuantos cinturones de derrotas personales irreversibles. {Seguir leyendo}

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Mirando el ring con Gay Talese

por Eduardo Corrales

Gay Talese. Foto: Joyce Tenneson.

Han sido muchos los “combates del siglo”. El día de uno de los últimos no fue el mismo en una parte y otra del mundo. Unas crónicas hablan de un 2 de mayo, otras lo hacen del día 3. En todas las historias hay varias historias. Los relatos de Las Vegas ocurren en una noche recién caída. Los mismos sucesos son un cuento distinto en la madrugada europea. En Filipinas es la historia de una mañana de domingo. La fecha, como puede comprobarse, es lo de menos. Por no importar el día, ni siquiera importa el año, la centuria o el milenio. En cada “combate del siglo” las historias que origina son lo que dirime su importancia. Ni los datos de audiencia o los millones de dólares, ni siquiera quién salga vencedor del combate, puede que influya en la historia que se haga con la victoria del recuerdo. Es posible, incluso, que se olvide sin más. {Seguir leyendo}

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El boxeo y el negocio

por Rodrigo Amorós

Floyd Mayweather y Conor McGregor, 26 de agosto de 2017. Foto: Joe Camporeale/USA TODAY SPORTS.

Una de las cosas más bellas del boxeo es su pretensión de justicia en las reglas. Dos sujetos del mismo peso, sin nada más que sus manos enguantadas con el mismo material, uno frente al otro. No hay ventajas o desventajas impuestas por el dinero. Las diferencias que determinan el resultado de la competición son fruto del saber hacer y el esfuerzo de cada uno de los púgiles. El trabajo y el talento acumulado son lo que determina quién sale vencedor sobre un ring de boxeo. Pocas veces un golpe de suerte cuestiona lo que sería justo. Por esto mismo, el espectáculo montado en Las Vegas en la noche del 26 de agosto de 2017, con Floyd Mayweather y Conor McGregor de protagonistas tuvo poco o nada de boxeo. Más allá del evidente circo, la farsa resultaba igual de burda, porque no había igualdad de inicio. Un campeón del mundo invicto contra un hombre que ni siquiera es boxeador, aunque sepa pegar de otras maneras. Hicieron diez asaltos, porque menos no hubiera sido rentable para las televisiones. {Seguir leyendo}

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