‘Berlín’, 1973, la vida debería ser algo más que esto

Portada de Berlin (1973), de Lou Reed.

Lou Reed siempre me pareció un capullo, pero creo que, por su forma de adelantarse a todo, podía permitírselo. Siempre consiguió hacer algo, en casi todas las ocasiones, que hasta el paso de un buen puñado de años no se reconocía ni se valoraba de forma acertada.

Cuando hace frío y me imagino a Pessoa paseando por la Rua dos Douradores, sintiendo pena de sí mismo y de todo lo que le rodea y ese sentimiento de ser impropio a uno mismo, me gusta escuchar Berlín. Es sólo una forma de intentar verme y reconocerme.

El álbum fue un gran fracaso, Lou quiso despegarse del Transformer, del éxito, de su imagen glam, de la tutela, en cierta forma, de Bowie, quien aparece omnipresente en esta década maravillosa, y contó con la participación de gente tan importante como Bob Ezrin, en este trabajo que sobrepasa lo meramente musical contando la historia de la fatalidad de una pareja de drogadictos, Jim y Caroline, quienes se conocieron en el Muro, sumidos en la más absoluta miseria. Podría ser perfectamente una novela de William Burroughs, solo que alejándose más de la parte cínica y negra del mismo. Esa es la genialidad de Lou, quien quiso convertir al rock siempre, y lo intentó hasta la muerte, en un asunto de adultos, en arte, en un cuadro de Francis Bacon, en una forma de ver la vida, en filosofía, en existencialismo, en la figura maldita del perdedor.

La brutalidad de las palabras de Reed le granjeó graves problemas, llegando a calificarse el disco como un desastre esquizofrénico, paranoico, anfetamínico y degradante. Algunos de los ejemplos los vemos en Caroline Says, Oh, Jim!, Sad Song o una de las más duras, si no la más, The Kids, en la que el llanto de unos niños arrancados de su madre sobrecogen hasta hacer llorar.



Lou estaba pasando por un momento complicado en su vida, se sentía fuera de sí mismo, se sentía deprimido, y como dice el productor Bob Ezrin, anteriormente mencionado, aquellos fueron días muy difíciles para todos, porque la sombra de Lou acabó abarcando el estudio, a los músicos, a todo aquel que estaba con ellos. Lou envenenó de nubes grises a todos. El fracaso que supuso el álbum no hizo sino empeorar esto, hasta el punto de que el álbum no fue enteramente presentado en directo hasta 2007.

Es inevitable comparar los dos primeros discos de Velvet Underground con Berlín, por la temática de canciones como Heroin, White light/White Heat o Venus in furs, todas ellas una clara declaración de intenciones del punto de vista de Lou, de sus ganas vanguardistas de convertir la música rock en algo más que un baile adolescente, pero la diferencia que hay entre esos dos discos reside en la forma. Fuera de la extravagancia sonora, en Berlín encontramos formas clásicas, con arreglos convencionales, y magistrales por otro lado, en su mayoría, salvo en un par de excepciones, como los coros wagnerianos de The Bed y Sad Song.

La nostalgia parece otro instrumento en este disco, porque, detrás de todo el malditismo y de todas las sensaciones terribles que se instalan dentro de la música, la voz de Lou parece ciertamente añorar tiempos pasados, oyéndolo susurrar «Estuvimos en un pequeño café / Tú pudiste oír las guitarras tocar / Era algo bonito / Oh, cariño, era el paraíso».

Sin duda una de las obras de arte menos valoradas de los últimos tiempos, un disco con el que alcanzó la más absoluta de las profundidades, llevándolo a Berlín sin haber estado nunca, cruzando sus calles, entrando en sus bares, certificándolo como artista underground, un artista de verdad, lo que sigue siendo incluso después de muerto. Gracias Lou.

«Carolina dice, mientras se pinta los labios, la vida debería ser algo más que esto». ♦︎

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