Barcelona, el dolor de la misma gente

Transeuntes en Barcelona, después del atentado del 17 de agosto de 2017. Foto: David Armengou/EPA.

A las cinco de la tarde del jueves 17 de agosto de 2017, un terrorista arrasa La Rambla, atropellando con una furgoneta a decenas de personas. A medianoche los heridos son más de ochenta, los muertos trece. El ISIS asume la autoría del atentado. Y Barcelona se convierte en el centro de un mundo terriblemente doloroso.

El 14 de julio de 2016, un terrorista mataba a 85 personas en Niza, embistiendo un camión contra la muchedumbre del paseo marítimo, en plena noche de la fiesta nacional francesa. Era el primer atentado yihadista que utilizaba el método del atropello masivo. Hasta Barcelona, poco más de un año después, se sucedieron otros tantos ataques más de este tipo en Europa: en un mercadillo navideño en Berlín, de nuevo un camión en Estocolmo, o los varios ataques que sufrió Londres con coches y furgonetas. En todas las ocasiones el ISIS terminó reivindicando el atentado. Aunque fuera dos días después de los hechos, como en el caso de Niza, cuando declaró que el ataque era obra de uno de sus ‘soldados’, aunque no tuviera conocimiento alguno del ‘soldado’ en cuestión. En la situación actual se dan realidades como esta: no son necesarias directrices, solo inspiraciones. El horror puede funcionar sin método. O al menos sin la apariencia de uno.

Según los datos recogidos por Global Terrorism Database, en lo que va de siglo XXI se han producido más de 2.500 atentados yihadistas por todo el mundo, dejando por encima de 70.000 muertos. Casi el 90% de ellos se produjeron en países de mayoría musulmana. Los atentados en Europa Occidental significan alrededor del 0,1% del cómputo mundial. Los datos sirven para vislumbrar la magnitud del problema. Un mundo que está cien veces peor de lo que reflejan las tragedias de nuestro entorno. 

Después de Barcelona, volverán a sonar las trompetas del “choque de civilizaciones”, el discurso de quienes tienen sus intereses al alza en un mundo en guerra. Tras el atentado de Niza —un día antes del intento de Golpe de Estado en Turquía—, decíamos que las contradicciones del imperialismo alcanzaban un punto dramático. Las potencias capitalistas alimentaron al monstruo yihadista, y ahora el monstruo, desatado, exporta el horror para el que le entrenaron. 

Nos encontramos en un mundo tremendamente complejo, como el grado de degradación del sistema que lo domina. Lo único sencillo en el análisis de la situación mundial resulta identificar a las víctimas. Siempre las mismas, siempre igual: el pueblo. En Nueva York y en Bagdad, en Madrid y en Kabul, en Londres y en Casablanca, en Berlin y en Yakarta, en París y en Beirut, en Manchester y en Estambul, en Damasco, Mogadiscio, Garissa, Teherán, en Barcelona, en todas partes la sangre es la misma, la de los trabajadores. El dolor es el mismo. Es en ellos, en nosotros, en quienes está la única solución para poner fin a un mundo organizado sobre la explotación y la violencia. Los que provocaron esta situación, por mucha proclama de paz y libertad que enarbolen, no lo van a hacer.



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