Amanece la noche

Romansordo tiene una ermita encaramada a un cerro, antigua morada de la santa Santísima Virgen de los Montes.

En lo concerniente a dicha ermita, los archivos de Fontalejo, ciudad a la que administrativamente pertenece Romansordo, no conversan más que los duplicados borrosos de algunas fotos y los informes periciales de su última restauración. No se hace mención alguna al papel desempeñado por la ermita, y más concretamente a su por entonces inquilina, en las dos catástrofes que sacudieron al pueblo de Romansordo en los primeros años de la década de los cuarenta, siendo alcalde del mismo el Excmo. Señor don Florido Pérez Carrascosa.

Para documentar ambas catástrofes, legítimamente me sirvo de las líneas escritas por el autor fontalejense Nemesio Reyes en su libro Un siglo de calamidades públicas en Fontalejo, donde recoge diferentes sucesos acaecidos en la comarca desde la  proclamación de la Primera República hasta los últimos días de la dictadura de Francisco Franco. Como impronta personal, convengo ampliar la crónica con los extractos de la narración que el recientemente fallecido Onofre Saiz, vecino vitalicio de Romansordo, relatara a mi abuelo bajo secreto íntimo, y cuya difusión me ha sido confiada y aprobada por este último, considerando que la privacidad del secreto ha prescrito con la muerte de su principal valedor.

En lo referente a la primera de las dos catástrofes, las dos fuentes aluden a la misma devastadora sequía que asoló durante años la comarca, secando ríos, arrasando cultivos y mermando la subsistencia del ganado; si bien sólo el testimonio de Onofre Saiz ofrece los hechos que, a su juicio, motivaron el final de tal catástrofe provocando una catástrofe aún mayor.

En la actualidad, Romansordo es uno de esos villorrios del interior condenados a desaparecer, hábitat natural de seis familias fragmentadas y tres viudas; pero en 1941 era un municipio activo con un censo estimado de cuatrocientos habitantes. La ermita, aunque sigue en pie y de una pieza, está desmantelada y abandonada y cerrada con una cancela de hierro que permite ver en su interior algún resto inservible de retablo y una mala réplica honorífica de cartón piedra de la santa Santísima Virgen de los Montes. La talla original fue trasladada a finales del pasado siglo a un lugar mucho más adecuado para su culto y conservación: una pequeña capilla reformada en la plaza 1 de Mayo de Fontalejo.

A este respecto, sólo queda añadir que la Virgen reubicada ya nada tenía que ver con la Virgen de la historia de Onofre Saiz, aquella cuya sola presencia representaba el sustento pasional de Romansordo y de muchos peregrinos de los alrededores que acudían en día patronal con sus ofrendas y sus promesas y sus peticiones de socorro.

Teniendo en cuenta que en sus años de esplendor la fama de la Virgen se debía a su ineluctable condición de milagrosa, y si nos trasladásemos al Romansordo de aquellos años y nos pusiéramos en la piel de su alcalde, no sería difícil comprender la decisión del Excmo. Señor Don Florido Pérez Carrascosa de requerir a sus habitantes que acudieran en masa, una calurosa noche de noviembre, a rogar a la santa Santísima un milagro en forma de lluvia que paliara de una vez semejante —dramática e inagotable— sequía. Como fuera que todos los vecinos respondieron al llamamiento, la ermita se quedó  infinitamente pequeña, por lo que hubo que sacar a la Virgen al soportal de la ermita e  improvisar asientos en la ladera del cerro a modo de anfiteatro circense. Ofició la misa a la intemperie el señor párroco del pueblo, Don Vicente G. Linares, que procedió a la lectura de los versículos más pedigüeños de la Biblia con un fervor nunca antes visto, exigiendo a los asistentes que aclamaran al cielo en voz alta y repitieran sus amenes al unísono, como el espectáculo propagandístico de un predicador evangelista.

La imploración se repitió en las mismas condiciones durante cinco días, de los cuales los cuatro primeros resultaron infructuosos. En la quinta misa, sin embargo (y aquí es dónde me hago cargo de las palabras de Onofre Saiz), se prendió la mecha de los acontecimientos. Uno de los vecinos más ancianos, Justo Menéndez el sopero, de ochenta y siete años de edad, sufrió un ataque al corazón mientras arengaba las plegarias del párroco y quedó muerto en el acto sobre los rastrojos fosilizados de la ladera. Varias horas después, levantado el cadáver y disuelta la congregación, empezaron a caer unas finas gotas de lluvia que apenas llegaron a tocar el suelo, pero que no pasaron desapercibidas para los sedientos vecinos, muchos de los cuales habían permanecido expectantes por la repentina aparición de algunas nubes oscuras desplazándose lentas bajo el tapiz trémulo de estrellas.

Aquel espurreo intrascendente fue interpretado como una señal divina. Por la mañana, reunidos en consejo el Excmo. Alcalde señor Don Florido Pérez Carrascosa y los vecinos más pudientes del pueblo (bajo la orientación extrema del señor párroco Don Vicente G. Linares), se decidió por unanimidad que la Virgen de los Montes estaba necesitada de almas, y que los habitantes de Romansordo que sobrepasaban los ochenta años de edad ya habían cumplido con creces el periodo de existencia terrenal que la santa Santísima había tenido a bien otorgarles. En consecuencia, se resolvieron los siguientes pasos:

1º: Se  escogería a un número indeterminado de octogenarios (cinco de momento), estableciéndose un irrecusable orden de longevidad, de mayor a menor.

2º: Delante del soportal de la ermita se erigiría un altar de maderos y clavos (nada alejado de lo básico y lo rudimentario) cuya altura no sería superior al pecherín de la Virgen de los Montes.

3º: Sobre el tablero superior del altar se colocaría, tumbado bocarriba, al primero de los ancianos designados, que sería sacrificado ante los ojos de la santa Santísima del modo más misericordioso y pacífico que podía hacerlo un ser humano: el desangrado extravenar. El proceso se repetiría en noches sucesivas hasta que la máxima autoridad en la causa, en este caso el propio Consejo de Decisiones, estimase satisfecha la carestía de la santa Santísima.

4º y último: Se adecuarían pozos, albercas, aljibes, tanques y embalses para el inminente raudal de agua con el que sería bendecido el pueblo de Romansordo.

Aunque el asunto conllevaba, al menos, las lógicas dudas humanitarias, fue tal la expectación creada por las impalpables gotas de lluvia caídas la noche anterior que todos los vecinos, incluidos los futuros mártires, vieron con buenos ojos las medidas decretadas por el Consejo. Seguidamente a la lectura del bando, se pusieron en marcha los preparativos y recién llegada la noche todo estuvo dispuesto.

La ladera que rodeaba a la ermita se llenó con el color físico de la piel estimulada y el vello erizado. La platea frente al soportal acogió a las personalidades más acreditadas del pueblo (alcalde y familia, en esencia), y la figura de la santa Santísima Virgen de los Montes prevalecía inmutable, altiva, luciendo sus mejores galas. Al alcance de sus ojos, en el altar precipitado, reposaba el habitante más anciano de Romansordo, Juan Padregón el Murciano, de noventa y un años de edad. Junto al altar, vociferante detrás de un atril blanco extraído también del interior de la ermita, el señor párroco iniciaba una insólita homilía de juicios finales y redenciones mientras el médico del pueblo, doctor Pinera Jaén, y el matarife del pueblo, señor Ramón Soler, le administraban una dosis de soporíferos al viejo mártir y le insertaban una aguja hipodérmica en cada brazo. Ambas agujas estaban conectadas a dos tubos de goma que conducían la sangre hasta un cubo de metal colocado en la base del altar. Cuando la sangre hubo alcanzado la mitad del cubo, Juan Padregón El Murciano, en un profundo sueño, exhaló su último suspiro, y el doctor Pinera Jaén certificó la muerte y el señor párroco Don Vicente G. Linares, haciendo la cruz en señal de absolución, decretó  un minuto de silencio, al cual puso fin con un imperioso amén que halló eco en todos los presentes. Tres horas después –las que se precisaron para, en medio de un crepuscular silencio, retirar los restos de la ofrenda y devolver a la Santa Santísima al interior de la ermita– la congregación bajó del cerro en procesión mortuoria y se apostó en la plaza del pueblo, a la espera de recibir noticias del cielo.

Por la mañana, en lugar de las primeras luces del día, amaneció la noche.

El cielo apareció completamente cubierto de nubes negras, y las nubes despedían un vaho ventoso con olor a lluvia, y el latigazo sordo de un relámpago abrió una herida entre las nubes. Una tromba de agua surgió entonces de la herida y cayó sobre la comarca, dejando en apenas una hora 215 litros por metro cuadrado. Esto provocó que una acumulación de ramas, troncos y piedras cubriera el paso de un cauce extinguido en la cabecera del barranco de Guarenas, muy próximo al pueblo de Romansordo. El amontonamiento formó un embalse de agua que llegó a alcanzar los siete metros de profundidad. Cuando la pared de escombros no pudo sostener más agua acumulada, se desmoronó, y una riada de agua y escoria arrasó en cuatro minutos el pueblo de Romansordo, dejando a su paso una devastación de 62 muertos y 113 heridos.

Las investigaciones oficiales, una vez aliviada la tragedia y establecidas sus causas, se centraron en inspeccionar las estructuras naturales que rodeaban al pueblo, tales como cerros, collados, cañadas, desfiladeros y demás, con el fin de evitar nuevos accidentes en el entorno. En ningún momento se preocuparon en buscar otras causas externas a lo ocurrido. Según las palabras de Onofre Saiz, los vecinos supervivientes (entre los que se contaban todos los integrantes del Consejo de Decisiones) optaron por mantener un prudencial silencio, a pesar de que, quien menos, había perdido a algún ser querido en el desastre. Si se les preguntaba, como sin duda había hecho Nemesio Reyes para documentar su libro, lo más que lamentaban era su condición de víctimas en las dos catástrofes que en tan poco tiempo habían asolado despiadadamente el pueblo de Romansordo. ♦︎

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