Viejos palacios de la música negra

Caminas con la intención de llegar a ciertos lugares y unas personas te raptan. No puedes evitarlo. Por mucho que el deseo consista en sentarte solo en la última fila, al final de la barra o en la mesa más desapercibida del local, para mirar desde una atalaya introspectiva, no puedes evitarlo, los del escenario te raptan. Te sacan de tu escondite, hacen que te olvides del ambiente. Te exigen que les mires a ellos. Son ellos son los que generan la atmósfera y no el lugar el que les condiciona. Es ella, una cantante melancólica con su grupo de músicos sombríos, la que hace que te olvides de todo excepto de las cosas que te convendría olvidar. Ella manda en aquel lugar que es todo lo que es por gente como ellos. 

Billie Holiday en el Cafe Society
Billie Holiday, sesión #36 en el Cafe Society. 20 abril 1939.

1. Primeras noches de no dormir

En 1939, Barney Josephson, el regente del Cafe Society, en el Greenwich Village, decidió que no hubiese más canciones después de una en concreto, que el local se quedara en silencio para que los presentes pudieran pensar en las frases entonadas que acababan de escuchar. Mientras tanto, una joven de 24 años, Billie Holiday, lloraba y vomitaba en el baño. El exceso esta vez no estaba provocado por el alcohol o las drogas, sino por las emociones. Acababa de interpretar por primera vez Strange fruit, y el público quedó petrificado ante la doliente interpretación de una canción que se iba a convertir en un himno desgarrador contra el racismo. La intensidad de la joven Billie Holiday al cantar el drama de los negros ahorcados, extraña fruta que cuelga de los álamos, había raptado para siempre una parte íntima de la poca gente que aquella noche estaba en el local. 

El Cafe Society llevaba ese nombre cargado de ironía, porque Café Society era un expresión muy común en los años en que el local estuvo abierto, entre 1938 y 1948, una expresión que definía a un tipo de gente, lo que hoy se conoce como Jet Set. En un momento en el que algunos clubs de música negra, como el Cotton Club, practicaban una política de segregación racial, el Society abrió sus puertas a gente de todas las razas. En los diez años de vida del local, su lema fue: The wrong place for the right people. Algo así como “el lugar equivocado para la gente correcta”. Actuaron todos los grandes nombres de la música negra, desde Miles Davis a Django Reinhardt, pasando por Dinah Washington, Ella Fitzgerald o Mary Lou Williams. Y tuvieron lugar multitud de actos de marcado compromiso político, con actuaciones de Pete Seeger y Paul Robeson. Precisamente su cierre estuvo relacionado con el encausamiento de su fundador por parte del Comité de Actividades Antiamericanas

Pero si un club cerraba en el Greenwich Village la escena no moría, el barrio era un hervidero de artistas y pequeños locales que apostaban por ellos. En 1935 se fundó el Village Vanguard, que comenzó como escenario para veladas poéticas y se fue decorándose con carteles de solidaridad con la República Española, donde comenzarían a despuntar talentos como Thelonius Monk, antes de convertirse en pianista titular del legendario Minton´s Playhouse. Lorraine Gordon, esposa de Max, propietario del club, convencida del genio de Monk, le consiguió una semana en septiembre de 1948 para que tocara todas las noches. El día del estreno y los sucesivos apenas generó atención, con poco público y menos críticos que pudieran descubrir al último hallazgo del club, no obstante, el apoyo a Monk continuó por parte del local y de la señora Gordon. La historia que sigue ya se sabe. 

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Tommy Potter, Charlie Parker, Dizzy Gillespie y John Coltrane en Birdland. Nueva York, 1950.

Otro genio con casa —en todos los sentidos— en el Greenwich, fue Charlie Parker, el mejor saxo alto de la historia, mesías del bebop y yonqui devenido en joven cadáver. En 1955 contaba 34 años y ya lo había hecho todo. Era un viejo prematuro que compartía piso con el joven poeta Ted Joans en Barrow Street, justo enfrente del Cafe Bohemia, un local que estaba preparándose para abrir y en el que Charlie se había ofrecido a tocar. Nunca llegó a hacerlo, pero el halo de sus imposibles planes de futuro debieron impregnar sugerentemente el ambiente, porque por allí terminaron pasando el quinteto de Miles Davis y grabaron Mingus y Roach.

No todo pasaba en el Greenwich. Harlem, el barrio negro por excelencia, acogía los tugurios más palaciegos. El famoso Apollo Theater abrió sus puertas a todos los públicos en 1934 y patrocinó noches de talentos emergentes, en las que se vería a jóvenes cantantes como Ella Fitzgerald. El Lenox Lounge, abierto en 1939, otro de los lugares míticos de la geografía jazzistica neoyorquina, tuvo que trasladarse en 2013 a otro local cercano por problemas con la renta del alquiler. Sus paredes decoradas con tapiz cebreado se levantan hoy a un par de minutos andando de donde tenía mesa reservada Billie Holiday. El mencionado Minton´s Playhouse, hoy reabierto, estuvo cerrado cerca de tres décadas, después de más de treinta años de jam sessions en las que se batieron tipos como Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Ben Webster o Lester Young. Los lunes, después de la actuación del Apollo, tenía lugar el verdadero concierto en Minton´s, así lo recordaba el propio Dizzy. Pero los duelos y competiciones espontáneas no era asunto de solistas y pequeñas agrupaciones, en el Savoy las grandes bandas también se enfrentaban mientras los asistentes bailaban como malditos. 

Billie Holiday en el Lenox Lounge, en Harlem (New York)
Billie Holiday en el Lenoux Lounge.

Harlem y el Greenwich eran los territorios de la Reinassance y la bohemia, pero la música sonaba en todas partes, y una calle, la 52, se convertiría en eje de la música negra. El primer Birdland —local  que hacía explícita su razón de ser por la impronta de su principal estrella, Charlie Parker, apodado Bird— se ubicaba en Broadway con la 52. En plena arteria tendrían su remite el Jimmy´s Ryan, Kelly´s Stables o el Onyx Club. 

Nueva York, en la esquina Este del país, era el centro, pero no todo pasaba en la isla de Manhattan. De hecho, los orígenes y los primeros lugares convertidos en fuerte de los sones negros seguían el curso de sus intérpretes, los esclavos del sur, y su emigración al norte industrial durante las dos primeras décadas del siglo XX. El itinerario que sale de Louisina, con capital en el embriagador y peligroso barrio de Storyville en Nueva Orleans, lleva a Chicago y a Detroit, llegando hasta Boston por el lado Este; y a Los Ángeles y San Francisco por el Oeste.

En Chicago, los primeros clubs no emergen, más bien se sumergen. Locales clandestinos durante la segunda década y los años veinte, los de la Ley seca, en los que el hampa y la música acuerdan una tácita unidad de acción. Lugares como el Friar´s Inn dieron trabajo como bailarina a una joven Joan Crawford. El Club DeLisa abría sus puertas en 1934 y durante más de una década permaneció abierto las veinticuatro horas del día. En 1915, bastante antes de abrir en Nueva York, Bert Kelly, un blanco que tocaba el banjo, inauguró en Chicago el Kelly´s Stables, un pequeño local en la primera planta de un edificio en Rush Street, que la policía terminaría por cerrar en 1930. En aquellos años, con orígenes similares pero mayores ambiciones y a la postre más significante, destacaría el Sunset Cafe, donde tocaron Louis ArmstrongBix Beiderbecke y Earl Hines. El jazz iba a todas partes y podía surgir en cualquier momento, en cualquier habitación donde recién se despertase un músico conservando su instrumento a mano. El Hotel Sutherland, en el barrio de Kenwood, albergó durante años a los más grandes talentos de la música negra. En sus habitaciones y el lounge del hotel tocaron todos los grandes. Como en London House, un precioso local que acogió actuaciones y grabaciones de Oscar Peterson o Sarah Vaughan y que terminó convertido en Burger King.

Club DeLisa, Chicago Jazz
Club DeLisa, Chicago, 1942. Foto: Jack Delano.

En Detroit, la otrora ciudad del motor, los negros que emigraban a las cadenas de montaje invitaron a la apertura de algunos de los más importantes locales de la música popular estadounidense. El Baker’s Keyboard Lounge abrió en 1934, haciendo famoso un piano Steinway tocado por Art Tatum; en 1961 presentó a una desconocida Barbra Streissand; en 2011 echó el cierre, contagiado de la epidemia que ha convertido la ciudad del motor en una ciudad fantasma. Otro de los sitios alcanzados por el abandono en Detroit ha sido Blue Bird, el mítico club que Miles Davis frecuentó durante los 50. Hoy, su fachada mantiene la pintura azul, cada vez más desconchada sobre el dibujo de un par de gorriones, con los hierbajos creciendo alrededor de los candados que cierran la ruina.

Por Boston, ciudad de espíritu universitario, la dinámica ha sido menos dramática que el caso extremo de la industrial Detroit, pero similar al resto de capitales del jazz. Se mantienen con buen tono lugares históricos menores, como Wally’s Cafe, fundado en 1947; pero otros, como Storyville, por donde pasaron Duke Ellington o actuó con asiduidad Dave Brubeck, son hoy franquicias pizzeras. 

Asociados los viejos palacios del jazz, del soul o del rythm&blues a Nueva York y las ciudades industriales del Este y Norte estadounidenses, la soleada California parecía quedar condicionada por una música que era fundamentalmente nocturna. Sin embargo, Los Angeles, la ciudad donde el sol baña a veces la noche, afloraron lugares donde el lado más dionisíaco del jazz se expandió a sus anchas. Del 10 de diciembre de 1945 al 4 de febrero de 1946, las navidades californianas se dilataron en el Billy’s Berg, donde actuaron por primera vez en aquella costa Charlie Parker y Dizzy Gillespie. De sonoras presencias fue otro local efímero de Hollywood, The Haig: aguantó solo once meses abierto a comienzos de los años 50, pero le dio tiempo a que Chet Baker y Stan Getz grabaran un directo entre sus paredes. Para comer y beber, el Catalina Bar & Grill, considerado uno de los nombres esenciales en la historia del jazz. Y para pasar la noche californiana, más luminosamente americana que ninguna otra, el barrio negro de Los Angeles y, en particular, un edificio, el del Hotel Dunbar, el único para no dormir. El club del Dunbar, fundado por el campeón mundial de boxeo Jack Johnson, acogió a lo más granado de la cultura negra. Billie Holiday, Count Basie, Louis Armstrong y todas las celebridades “no durmieron” allí. Sin embargo, y con permiso de todos los demás lugares, la embajada oficial de la música negra en Los Angeles fue The Lighthouse, con la más abrumadora relación de grabaciones históricas asociadas a su nombre: Miles Davis, Chet Baker y Art Blakey, entre otros.

En San Francisco, a pocos meses de que Billie Holliday y su más íntimo acompañante, Lester Young, ambos arruinados económica y humanamente por el alcohol y las drogas, dejasen de respirar, demostraron por última vez de lo que eran capaces encima de un escenario. Fue en el Black Hawk, uno de esos viejos palacios de la música negra, magníficos tugurios, al que tampoco le quedaba, sin saberlo, mucho tiempo de vida…

Calle 52, Nueva York, 1948. Foto: William P. Gottlieb.

2. Más allá de las noches americanas…

El fin de los alquileres de renta antigua puso contra las cuerdas al Café Central de Madrid, templo del jazz en directo en España desde los primeros años 80. En el país que era un “desierto para el jazz” —según la Enciclopedia de Leonard Feather— tardó años en aparecer un oasis como el Central. El local no fue nunca uno de los adorables antros de los 50 en Estados Unidos o alguna de las grandes capitales europeas. Nació en otra época, la de los bares cada vez más elegantes y el público cada vez más “entendido”. Como sea, es maravilloso. Esperemos que no se convierta algún día en solo un recuerdo de lo que hubo antes de otro McDonalds o un Zara. 

El jazz como culminación estilística de la cultura musical de los esclavos, de la clase trabajadora negra en los Estados Unidos a finales del XIX y principios del siglo XX, se extendió más allá de la población negra estadounidense. Llegó a los oídos de los blancos, saltó las fronteras de su país y fue tomando plazas clandestinas que se convirtieron en lugares de culto de una música que simbolizaba las ansias de libertad no solo de sus creadores negros, sino de todos los oprimidos. Ese ambiente nocturno, peligroso, marginal a menudo, en el que se confundían el lumpen y el obrero, fue de a poco saliendo de los sótanos y callejones, y dejando entrar en él las manos largas de los comerciantes. Pero durante unos años los clubes de jazz fueron palacios de la música negra donde los más grandes artistas dieron sus recitales al alcance de cualquiera que decidiera investigar por esa senda. Hoy salen en las guías turísticas o desaparecieron para dejar sitio a franquicias de multinacional y otros negocios de baja estofa.

Hacer un recorrido mínimamente justo por la geografía antigua del jazz mundial obligaría a escribir una enciclopedia como la de Feather. No es nuestro objetivo. Tan solo darnos una pequeña vuelta por el mundo…

Canadá, por proximidad geográfica, era la primera conquista lógica de la música negra estadounidense. Una ciudad se prestó gustosa a la colonización: Toronto. En lo que debería ser el 201 y el 203 de Yonge Street hoy no hay edificio alguno, solo un hueco que mella la calle donde antes estuvo uno de los locales de jazz pioneros en la ciudad, el Colonial Tavern. Abrió una noche de 1947 con el pianista Cy McLean liderando la primera gran banda negra de Canadá, un hito no solo musical, sino civil. En el actual vacío ajardinado un placa recuerda los nombres que pisaron el Colonial y se hospedaron en la planta alta del edificio, entre ellos Dizzie Gillespie, Art Blakey, Bill Evans, Muddy Waters, Charles Mingus, B.B. King o Big Mamma Thornton. En la misma calle Yonge, Oscar Peterson grabó con su trío en 1958 On The Town, directo en otro mítico local de Toronto, el Town Tavern. El jazz que llegó a Toronto en los 50 no era de museo ni galería, era una música viva, conectada al mundo. No era un jazz escuchado con la mano en la barbilla, sino comiendo un plato de pasta, por ejemplo, como podía hacerse en el George’s Spaghetti House, mientras se escuchaba a Moe Koffman o a Sonny Rollins. Aquel ambiente aguantó hasta mediados de los 80. Hoy la esquina y el neón de George’s es un café llamado True Love. Y la verdad… podría ser peor.

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Colonial Tavern, Toronto, con actuación de Art Blakey.
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El vacío dejado por el Colonial, en 2011.

El salto oceánico no tardaría en producirse, ya en los años 30 y 40 en Europa el jazz llegaría en su vertiente swing, la operación comercial para las clases medias blancas que acabaría gestando los grandes nombres de la revolución bop. En París, en el ejercicio de este estilo americano, un “negro” de los de Francia —no podía ser de otra manera—, el guitarrista gitano Django Reinhardt se condujo por el mismo camino que los Stan Getz, Coleman Hawkins o Lester Young en América. El swing —sobre todo el de big band— arraigó entre la juventud urbana europea de la convulsa década de los 40. En los 50, una vez comenzando a superarse las secuelas de la guerra, el bebop aterrizó en los barrios estrechos de las grandes ciudades europeas. Inglaterra, Francia, Portugal o Dinamarca albergaron algunos de los locales de jazz más importantes del panorama mundial. 

Sería lógico esperar que fuera París la primera capital del jazz en Europa, allá por mediados del siglo pasado, y quizá así lo sea. Pero una poderosa embajada danesa le disputa el honor a la ciudad del Senna: el Jazzhus Montmartre, en Copenhague, que abrió sus puertas en 1959. Un nombre que supone ya hoy el más representativo reflejo del devenir del jazz y sus lugares en Europa —y en todo el mundo—. El Montmartre de Copenhague pasó desde 1959 por varias etapas, con períodos de cierre prolongado, cambios de ubicación, de gestión y de identidad. Unas veces para bien, otras para mal. Uno de los lugares donde el jazz comenzó a escucharse con la mano en la barbilla. Stan Getz fue el primero de los grandes del jazz que pisó sus tablas, y lo hizo regularmente hasta 1961. Otros emigrados estadounidenses en la ciudad fueron Dexter Gordon y Ben Webster. Casi nada. Ambos dejaron discos grabados en vivo en el legendario local: Cry me a river (1962) de Dexter Gordon & Atli Bjorn Trio (1962) y Live at La Jazzhus Montmartre (1965) de Ben Webster. En 1961 el Jazzhus Montmartre cambió por primera vez de ubicación, lo haría varías veces más. En los años 70 y 80 se consolidó como una de las referencias ineludibles del jazz, pero en los 90 acabó derivando en un local de música techno, hasta su cierre en 1995. En 2010 volvió a abrir de nuevo, convertido en café apacible para gente sonriente y renacido centro referencial de un jazz del más alto nivel.

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Stan Getz en el Jazzhust Montmartre, Copenhague.

En París, en uno de los París de los muchos que hay, el París del jazz, el de Rayuela, uno puede perderse, uno debe perderse. El París del Barrio Latino en los años 50 y 60 mantenía varias guaridas abiertas en la noche para orientar a los perdidos, nada que ver con los locales de la Rue des Lombards abiertos en los 80 y referencia hoy del jazz y el turismo más cool —y no cool en referencia al jazz—. El Barrio Latino eran las cuevas, los subterráneos atávicos donde sonaba la música más radicalmente libre y popular de aquel presente. Como la que podía escucharse en uno de los lugares que hoy pervive: Le Caveau de la Huchette. La batería de Art Bakley, el piano de Count Basie, y todo lo que hiciera Boris Vian. Era la tierra de los personajes míticos, como Madame Ricard, una vieja heroína de la Resistencia, que abrió Le Chat Qui Peche a mediados de los 50, el local donde sonarán las trompetas de Chet Baker o Donald Byrd, que grabó allí uno de sus primeros álbumes como líder de banda.

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Caveau de la Huchette, 1957. Foto: Willy Ronis.
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Caveau de la Huchette, 2011.

En Lisboa, en cuesta —casi inevitable—, desapercibido, oculto, como habían de ser los clubes de jazz, nació el Hot Clube. El 16 de mayo de 1950 una vanguardia lisboeta aprobó los estatutos de un club donde el jazz habría de saltar de los discos al vivo directo. Un club de jazz en primera persona, de tal modo que hoy día es una de las escuelas de jazz de más prestigio. La resistencia de una existencia menos clandestina que lo acostumbrado no negó el capítulo trágico o melancólico por el que todo viejo palacio de la música negra ha de pasar. En diciembre de 2009 un incendio obligó a abandonar el edificio en el número 39 de la Praça da Alegria, para trasladarse a la actual ubicación en el número 48, apenas a unos pasos. Los sonidos de Sidney Bechet y Count Basie reverberan tras las tapias del edificio en ruinas del viejo Hot Clube. 

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Ronnie Soctt’s, Londres.

En 1948 el bebop aterrizó en Londres, de manos de once tipos que fundan el Eleven Club. Solo duró dos años abierto, redadas policiales de por medio, pero fue determinante en la implantación del nuevo estilo de jazz en Inglaterra. “El 17 de marzo de 1962 Alexis Korner y Cyril Davies dieron inicio al Rhythm & Blues británico en este sitio”, así reza un placa de fondo azul en un estrecho callejón con escaleras que abre puertas a varios sótanos en las inmediaciones de la estación de Ealing Broadway de Londres. Uno de esos sótanos fue el Ealing Club Jazz, inaugurado en 1959, que daría pie al R&B inglés y donde se reunieron unos muchachos posteriormente conocidos como los Rolling Stones. Hoy es un puticlub llamado The Red Room. Ronnie Scott, padre del jazz en el Reino Unido, abrió en el 59 su propio club en un sótano del Soho. Ben Webster, Wes Montgomery, Kenny Clarke, Stan Getz, Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Bill Evans, Chet Baker o Nina Simone son algunos de los autores de distinguidos Lives en el Ronnie Scott’s Jazz Club. Qué más decir. 

Miles Davis, en Ronnie Scott’s Jazz Club.

Nuestro recorrido por los viejos palacios llega a su final, pero no termina aquí, si usted lo quiere. Hoy el sótano y la cueva ya no son los viejos palacios que eran. Hubo un tiempo en el que los locales donde se tocaba jazz no aparecían en las guías turísticas. Los de hoy no son peores ni mejores que los de antaño. Solo espacios distintos, para una música y unas sociedades que también son otras. Si quiere seguir viajando, ya sabe, déjese caer en la noche por los lugares equivocados para la gente correcta…

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