Tour 2017: la belleza de la incertidumbre

Tour de Francia 2017, final de la 9º etapa (Nantua – Cahmbéry). Foto original: Le Tour de France/Alex Broadway.

Ha vuelto a ganar Chris Froome, pero todo ha sido diferente, imprevisible en el Tour de Francia 2017. A la etapa 20, contrarreloj decisiva el penúltimo día, los tres primeros clasificados de la general llegaban con menos de 30 segundos de diferencia. Los cinco primeros estaban en menos de dos minutos. Nunca antes el Tour había estado tan igualado entre tantos corredores. Ha sido emocionante, como en años no lo era. Y lo ha sido hasta el final, en la propia crono el francés Romain Bardet, que defendía el segundo puesto, salvó el tercero por ¡solo un segundo! 

Chris Froome, Rigoberto Urán y Romain Bardet han terminado por conformar el pódium en los Campos Elíseos. Han sido los más fuertes y la clasificación es justa. Pero el Tour ha dejado otros campeones y muchas lecciones sobre ciclismo. Ha sido el Tour de confirmación de toda una generación de ciclistas, aquellos nacidos en las postrimerías de 1990, año arriba, año abajo: Fabio Aru, Mikel Landa, Romain Bardet, Simon Yates o Warren Barguil.  

Fabio Aru (1990), después de la gran temporada del 2015, vuelve a tomarse en serio como líder para grandes vueltas. Su ataque a dos kilómetros de meta en La Planche des Belles Filles puso de relieve que este Tour iba a ser diferente. Vistió su primer maillot jeune, pero la enorme competencia de esta edición le ha terminado por pasar factura en los últimos días. 

Mikel Landa (1989) ha “disfrutado” de sus últimas etapas de gregario de lujo antes de tener que dar el salto a una jefatura de filas. Los rumores apuntan que será en Movistar, que habrá de gestionar la cohabitación del de Murgia con Nairo. ¿Uno al Giro y el otro al Tour?En cualquier caso, de ahora en adelante Landa habrá de hacer frente a las tres semanas partiendo como uno de los favoritos, con la presión que eso significa. Y si no que se lo digan al propio Nairo después de este Tour.

Romain Bardet (1990) es la última “gran esperanza gala”, y parece que la más cercana a cumplir ese sueño para el país anfitrión de la gran ronda de ver a uno de los suyos de amarillo en lo más alto en los Campos Elíseos. 2017 es su tercer año consecutivo en el pódium —aunque por los pelos—, y todo indica que debería ser un punto de inflexión en su carrera. Es uno de esos corredores talentosos sobre la bici y valientes, como demostró en el descenso y final de la trepidante etapa alpina del Colombier y Mont du Chat. Pero el pódium no le vale más veces, no por la “responsabilidad histórica” que la afición gala ha depositado en él, sino por su propia asunción de tal cometido, que le hace aparecer casi exclusivamente en el Tour, sin haber rodado jamás por el Giro ni la Vuelta. 

De entre los jóvenes que se han colado en el top ten del Tour 2017, dos nombres más: Simon Yates (1992), que se ha llevado el maillot blanco, constata que es el futuro del ciclismo británico y, posiblemente, el corredor con más estilo sobre la bici de los grandes nombres del pelotón; y Warren Barguil (1991), quizás el gran triunfador de este Tour después de Chris Froome, el joven francés se hace con el prestigiosos maillot de la montaña, se lleva dos etapas y entra en el top ten, demostrando que en el futuro próximo puede tenerlo todo al alcance de la mano, y que si Bardet se duerme en los laureles, quizás sea él el francés que le tome el relevo a Hinault y Fignon

De esa generación del 90, solo ha fallado el adelantado, su gran y más pronta referencia, Nairo Quintana. El ganador de Giro y Vuelta, el dos veces segundo en el Tour, que venía este año de ser segundo en el Giro, ha sido el gran derrotado. Si alguien podía ganar a Froome, ese era él, fundamentalmente porque ya lo hizo en la Vuelta 2016. Sin embargo, llegó fuera de forma. Su participación en el Giro, dicen, le ha pasado factura. Lo cierto es que tampoco es excusa, porque todos los grandes han ganado Giro y Tour en el mismo año, o Tour y Vuelta. Sin embargo, se ha visto a otro Nairo, y no precisamente por su rendimiento físico, sino por su madurez mental. Cuando lo que esperaba todo el mundo en un corredor especialmente hermético y calculador era un abandono de la gran ronda, el colombiano ha seguido en carrera, dejándose ver y saltando —lo nunca visto en él— siempre que sus fuerzas se lo permitían, y resistiendo en solitario la soledad de los puertos. Después de llegar a París, el domingo 23 de julio, el ciclista escribía en su cuenta de Twitter: «De mi campo aprendí que no se deja de cosechar porque una siembra no salió». Bella sentencia que refleja bien la dureza de este deporte y la necesaria humildad que han de aprender los grandes ciclistas. Nairo, más después de este Tour, es uno de ellos. De nada se aprende tanto como de la derrota.

Otro de los aparentes derrotados es Alberto Contador. Con 34 años es el más viejo de los diez primeros clasificados. Ha sido noveno y no se ha llevado ninguna etapa. No veremos más a Contador de amarillo en el Tour, eso parece claro —aunque nunca se sabe—. Pero precisamente por tal certeza resulta aún más maravilloso lo que hace. El día después de que los 300 metros finales de Peyragudes pusieran de manifiesto que a Froome también le tiemblan las piernas, si se le ataca con convicción, y el de Sky perdiera por vez primera un maillot amarillo, Contador atacó a 70 kilómetros de meta, llevándose a Landa y metiendo casi dos minutos a Froome, Aru y el resto de favoritos. Fue la enésima cabalgada del último gran ciclista de todos los tiempos, quizás el más soñador y valiente de todos ellos, el único que ataca con más frecuencia cuando va mal que cuando va bien. Un talento que determina el destino de las grandes carreras incluso cuando no puede disputar su triunfo.

La gran sorpresa, entre tantas, ha sido Rigoberto Urán, uno de los grandes talentos de la historia de los “escarabajos”, renacido. Es su tercer segundo puesto en una gran ronda —pisó el cajón en los Giros de 2013 y 2014—. Un corredor dotado de toda la clase del mundo pero, a la vez, de una cierta indolencia. Parecía haber sucumbido a ella definitivamente,  sin embargo ha emergido inesperado, como un ciclista nuevo, agraciado con la perspicacia que antaño le faltó. A sus 30 años es posible que le haya llegado la hora de ganar una gran vuelta, siempre que no se olvide del nuevo ciclista que es después del Tour 2017.

No sería justo dejar de mencionar a los grandes damnificados por las caídas en este Tour. Alejandro Valverde se fue al suelo y se rompió la rótula el primer día de carrera, sin llegar a hacer diez kilómetros, una verdadera pena para el gran veterano, que pudiera haber encontrado su última gran oportunidad de disputar un Tour como líder, visto el estado de forma de Nairo. Richie Porte se cayó a 70 kilómetros por hora bajando el Mont du Chat, en una espeluznante caída que se llevó por delante a Daniel Martin; Porte abandonó y, a juzgar por su cómodo semblante subiendo aquel día, bien podría decirse que el pódium hubiera sido otro en París si la suerte le hubiera acompañado. El mencionado Martin, encorajinado irlandés, perdió más de un minuto después de la caída con Porte, siendo en la clasificación final sexto a algo más de cuatro minutos de Froome, un corredor valiente que también podría haber estado en ese pódium con algo más de suerte sobre la carretera. Porte y Martin no fueron los únicos en caer la lluviosa y peligrosa etapa 9, en una de las primeras bajadas se rompió la clavícula Gerain Thomas, segundo clasificado de la general hasta ese día y gran apoyo de Chris Froome. Qué hubiera sido este Tour de locos con su concurso hasta el final es una inquietante incógnita.

El de 2017 ha sido un Tour emocionante, divertido, imprevisible. Una carrera con regusto a otros tiempos. Y es de justicia, para acabar esta crónica, reconocer su mérito precisamente al campeón de la misma. Chris Froome no sigue siendo solo el más fuerte cuando se rueda por Francia, sino ya uno de los grandes de siempre. Es un líder acostumbrado a estar arropado por equipos fuertes, pero no por eso deja de ser un corredor valiente. Siempre que ha necesitado irse en solitario lo ha hecho, cuando ha tenido que atacar lo ha hecho. Su cuarto Tour lo ha ganado sin hacerse con ninguna etapa, más mérito aún, porque significa que ha sabido aguantar en condiciones de enorme hostilidad. Este Tour ha pasado de ser un “¡Todos contra Froome!” a un “¡Todos contra todos!”. Pasó casi todo lo que no estaba previsto. Un choque de generaciones. Fue una incertidumbre diaria. Una locura en la que hay que ser muy fuerte para salir vencedor. Honor al campeón.

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