Por qué Drive es la mejor película (comercial) de la década

Ryan Gosling, en Drive (2011). Imagen: FilmDistrict/Bold Films/Odd Lot Entertainment/Marc Platt Productions.

En 2011 Nicolas Winding Refn nos dejaba el culo torcido con Drive. Más de un lustro y muchas películas después, este sofisticado neo-noir apunta a convertirse en la mejor de la década, sin perjuicio de lo que pueda estrenarse durante los dos años y medio que todavía le quedan por delante.

Tras varios títulos rodados en su Dinamarca natal —Pusher (Pusher: Un paseo por el abismo, 1996) o Fear X (ídem, 2003), entre otras— Winding Refn dio el salto a las grandes ligas con Bronson (ídem, 2008). En ella las señas de identidad de su cine ya están presentes de manera inconfundible, aunque Tom Hardy encarna a un personaje tan pasado de rosca que acaba por eclipsarlas. Riesgos de trabajar con un actor para el que la participación en cualquiera que sea la obra —también la función de fin de curso de tercero de primaria— implica canibalizar todo a su alrededor, attrezzo incluido. Quizá por eso mismo fue que, previo regreso a Dinamarca para rodar la incomprendida Valhalla Rising (ídem, 2009), asignara al lacónico Ryan Gosling el papel protagonista de su debut en Hollywood.

Pero, ¿qué tiene Drive de especial? ¿Qué la hace sobresalir de entre las decenas de thrillers de acción producidos cada año, diríase que a peso, por la paquidérmica industria americana? En primer lugar su buen gusto. Desde los títulos de crédito, en audaz rosa ochentero que remite sin pudor al hortera chic de Miami Vice (Corrupción en Miami, 1984-1990), hasta la banda sonora, delicia retro-electro posteriormente imitada ad nauseam por cualquier cinta con aspiraciones “modernas”. El Nightcall de Kavinsky, la dulce voz de Lovefoxxx en los estribillos, es un monumento al synth pop. No se quedan atrás A Real Hero y Under Your Spell de College & Electric Youth y Desire respectivamente, verdaderas obras de orfebrería. 

Está la brillantez narrativa también. El fraseo cadencioso que permite una atención entomológica, casi mórbido recreo en el detalle. Y, de pronto, la explosión de violencia extrema, resolución de una terribilitá igualmente característica, súbitas fracturas discursivas venidas de no se sabe bien dónde y que hacen las veces de puntos y aparte en la prosa impertérrita de su director.

Y cuenta, claro, con el antedicho Ryan Gosling en estado de gracia. El Steve McQueen de su generación —que es la nuestra— desborda las hermosas imágenes de que está hecha esta cinta, aceradas como su mirada. Secas como sus silencios. Porque, en efecto, miradas y silencios conforman la materia prima de Drive, en las antípodas del The Fast & The Furious (A todo gas, 2001; y sus, hasta la fecha, siete secuelas) con que más de un zopenco esperaba topar cuando accedió a las multisalas deglutiendo palomitas. Así, mirándose nada más, Carey Mulligan y Ryan Gosling construyen una callada historia de amor platónico, a todas luces —tenues— imposible. Con el mismo sigilo, el conductor sin nombre cumple turbios encargos sobrevolando las calles de Los Ángeles al volante de coches de alta gama. No descompone su circunspección ni golpeado, apuñalado o tiroteado. Lo que en muchos otros resultaría incluso ridículo, es en Gosling tour de force admirable. Minimalismo interpretativo, la sobriedad hecha chupa. Y qué chupa, vaya must. Con Drive se hace perdonar definitivamente The Notebook (El diario de Noa, 2004). 

La misma sutileza manifiestan un Bryan Cranston entrañable en su pésima suerte y Carey Mulligan, creíble en su rol de madre de familia desestructurada pese a que no acaba de desprenderse del aroma a colegiala que destila desde An Education (ídem, 2009).

No así Albert Brooks y Ron Salvatore Perlman, algo sobreactuados. Sobretodo el dulcinista, quien lleva el exceso pintado en el insólito rostro. O Christina Hendricks, que  mece las apabullantes caderas lo justo para aparecer en los citados, deliciosos títulos de crédito. Los tres aportan el contrapunto bizarro —aunque en el cine de Winding Refn los elementos extravagantes siempre lo parecen menos— que ayuda a resaltar la ternura irradiada por los protagonistas.

Un reproche recurrente que suelen hacerme es mi —muy natural, por otra parte— tendencia a sobrevalorar todo aquello que me gusta en general y esta película en particular. En aras de la ecuanimidad y por si en su día la hubiera visto con una predisposición especialmente favorable, he revisitado Drive justo antes de escribir estas líneas. Confirmado: me ha gustado aun más que la primera vez.

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