La ejecución

Curiosamente nadie se dio cuenta de que yo era un personaje absolutamente anacrónico allí sentado, las gentes parecían estar a otra cosa y no era para menos. Aquello era un bullicio infernal de griterío y hambre (era el espectáculo), de hombres y mujeres arrancándose las vestiduras, clamando por el comienzo de todo, por la llegada de los trágicómicos actores, por el derramamiento de la sangre, por la arena sagrada cubierta de tripa y deshecho. El anfiteatro respiraba impaciencia.

No era extraño suponer que el espectáculo comenzaría con algún tipo de ejecución. Casi siempre era así con objeto de calentar al público antes de sacar a escena los platos fuertes: las luchas entre gladiadores, los leones, las naumaquias y todo el repertorio de entretenimientos tan icónicos y amados en estos tiempos y sobre todo aquí (todavía no acabo de sentirme cómodo). En efecto anunciaron que habría tres ejecuciones y que cada condenado gozaría de una oportunidad y una espada enraizada en el firme convencimiento de que, al final, solo los dioses pueden decidir sobre el destino y la vida de un hombre. Cuán irónicos me parecen a veces.

El público los recibía entre abucheos, silbidos e improperios que resonaban en todas las paredes y las gradas, desde el gallinero, desde la cávea, el propio anfiteatro rugía. Traidor, asesino, ladrón o cualquier palabra que se adecuara al reo cruzaba de un lado al otro de la arena haciéndole cortes en la piel como agujas saladas. Era doloroso incluso a la vista, incluso al punto de llegar a dudar seriamente de que pudieran sobrevivir a semejante tormenta verbal, pero, por supuesto, lo hicieron. Al menos por el momento.

El primero lloraba y corría como intentando encontrar la salida a un laberinto infinito, como perdido en algún lugar de su mente buscando la respuesta a cómo había terminado allí. Acabó empalado en el tridente de un reciario, nadie lo lamentó y nadie iba a hacerlo, no hay lugar para la lástima, desde luego, no aquí. Al segundo lo devoraron tres leones, no hubo opción de combate, no perduró en el tiempo. En cuanto el digno organizador (senador romano o cualquier nobilísimo cargo de turno) ordenó dar comienzo, uno abordó su yugular  y en los sucesivos minutos los aplausos y gritos de las gentes acompañaron el festín de las bestias. Esto debe ser el hombre.

El tercero me despertó una especial simpatía, era un hombre menudo y delgado, casi esquelético. Era quizás más débil, quizás más niño, y había en él algún tipo de resquicio de vagas ilusiones, de sueños de huida o escape o plumíferas alas ardiendo con el látigo del sol pero, por supuesto, yo ya sabía que era inservible. A él lo esperaba un murmillo, no muy alto, corpulento y con un gran escudo con un escorpión purpura en posición de acecho. De nuevo volvió a empezar.

 La escena era, como poco, trágica. El reo rodaba por la arena, trataba de alcanzar con su espada las debilidades o grietas invisibles del escudo del gladiador. Erraba, escupía arena y dientes y sudores fríos, recibía aperturas, agujeros infinitos entre la cintura y las rodillas, se descosía como un manto de rosa y rojo,  cada vez más lento, cada vez más frágil. El público volvía a rugir, la hora era próxima, y el gélido llamaba. Y cuando quise darme cuenta yo estaba también allí dentro, riendo a carcajadas y ovacionando cada momento en el que el gigantesco escorpión golpeaba y arrastraba la sangre de la nariz de aquél hombre que cada vez tenía menos, ya arrodillado y con las entrañas colgándole del ombligo como una cuerda de salvamento que ya para nadie. Y yo ya no pude hacer otra cosa que sumarme al grito final, al rebuzno de la gente sedienta de muerte con el último blandir de la espada, con el último hacer justicia de la manera más natural y salvaje y tétrica, y quizás justa, pero qué sé yo. Al final, era uno más.

Y curiosamente nadie se dio cuenta de que yo era un personaje absolutamente anacrónico allí de pie, tan lleno de alegría y carne y vísceras, contemplando con satisfacción cómo brillaba, triste, sobre la arena, mi propio cráneo partido en dos. ♦︎

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