John Keats: entre el amor, la poesía y la muerte

John Keats, por William Hilton. Hacia 1822.

Los que no estéis muy familiarizados con la figura de John Keats a lo mejor conocéis Oda a un ruiseñor, uno de sus poemas más famosos. Y los que sí lo estéis perdonad este tonillo paternalista del texto. El caso es que Keats es uno de los más grandes escritores de la segunda generación de poetas románticos ingleses, engrosando con pleno derecho el triunvirato que completan Shelley y Byron.

Como buen romántico que se precie, murió muy joven, antes de cumplir la treintena, de tuberculosis, dejando una brillante estela de escritos que a mi juicio supera en calidad la obra de los citados Percy B. Shelley y Lord Byron. La complejidad formal y la perfección de los versos de Oda a una urna griega, por poner un ejemplo, considero que no tienen parangón entre las letras de su época.

Sin embargo, y a pesar de lo atractivo de las citadas odas o de sus grandes poemas como Endymion, siempre he sentido una especial debilidad por el poema La Belle Dame Sans Merci, un relato de amor y dolor de carácter alegórico con escenario medieval.

En sus versos, el narrador se dirige a un caballero armado que parece penar en soledad, preguntándole sobre el origen de su tristeza. El guerrero comienza el relato de su historia describiendo cómo se encontró con una hermosa dama en una pradera, a la que describe como hija de hada (faery´s child) de la que se enamora casi de inmediato. Comienzan ambos un juego de amantes en el que él le hace a ella una guirnalda, brazaletes y un cinto de flores y ella parece caer seducida de amor. Posteriormente, el caballero, cuyo nombre permanece en el anonimato durante todo el poema, monta a la belle dame en su corcel y ambos parten guiados por ella.

El destino es una «gruta de duendes» (she took me to her elfin grot) en donde él consuela con besos sus suspiros, aparentemente de enamorada. Con los arrullos del hada el caballero se queda dormido (el poema no dice nada pero sobreentendemos que han realizado el acto sexual) y le sobreviene una terrible pesadilla en la que ve a reyes y guerreros de aspecto enfermizo gritarle la belle dame sans merci, la bella sin piedad, «como esclavo te tiene». Y despierta solo en la ladera de la colina en donde le encuentra el narrador.

Indudablemente es un poema heredero del folclore ancestral de las Islas Británicas: las hadas seductoras que hechizan con sus encantos y desaparecen sin dejar rastro, las cuevas encantadas en donde tienen lugar hechos sobrenaturales, el caballero errante tan común en la tradición artúrica… No obstante, el escritor Robert Graves (The White Goddess: a Historical Grammar of Poetic Myth, 1948) explica esta pieza asociándola a distintos aspectos de la vida de John Keats desde una triple perspectiva: el amor, la poesía y una enfermedad mortal.

Empezando por el amor, Keats escribió La Belle Dame con veinticuatro años, en una época en la que estaba perdidamente enamorado de Fanny Brawne, una chica pizpireta y algo frívola. El problema es que el rapsoda acababa de dejar los estudios de medicina para dedicarse a la literatura por completo y no estaba en condiciones económicas de hacerle a su amada una propuesta seria de matrimonio.

Ella toleraba su galanteo, incluso parece ser que le respetaba como poeta, pero no acababa de tomarle demasiado en serio como pretendiente, algo que mortificaba al posesivo y celoso joven. Estaríamos ante la primera explicación del poema. El hada sería una figuración poética de Fanny que, tras seducir y esclavizar al escritor o caballero con sus encantos, se muestra despectiva hacia él y le rechaza, sumiéndole en la desesperación.

El segundo elemento citado por Graves es el tormento que la poesía, o el mero acto de escribir, infligía en Keats. Tanto su pasión amorosa como la enfermedad que le aquejaba, de la que hablaré más adelante, le impedían a su juicio desarrollar su escritura en todo su esplendor. Su ilusión era escribir largos poemas como John Milton para crear un acervo literario lo suficientemente sólido como para garantizarle la fama, pero el intento que había iniciado al respecto con Hyperion no llego a convencerle, como le reconoció a su amigo Woodhouse. La belle dame sería desde esta perspectiva la ingratitud del arte poético que no se dejaba dominar por él.

Finalmente, el poema tiene una lectura mucho más siniestra que identifica a la dama con la tuberculosis, la enfermedad que le llevó tan joven a la tumba. En este sentido, las idílicas escenas de amor en las praderas pueden corresponder a las visiones que causa el delirio producido por las altas fiebres.

En la época de escribir el poema, Keats se hallaba en las primeras fases de una tuberculosis adquirida seis meses antes, en una excursión a Escocia. Como antiguo estudiante de medicina sabía que era un mal que no tenía cura y conocía los síntomas de primera mano, pues su hermano Tom había muerto de eso mismo. De hecho, hay una estrofa en el poema que remite directamente a esta enfermedad: «veo en tu frente el lirio de la muerte / con rocío de fiebre humedecida / y en tus mejillas una rosa ajada, / pronto también marchita». Todos ellos son síntomas, si bien decorados con metáforas, que presentan los enfermos de tuberculosis.

Sería por tanto la última perspectiva de La Belle Dame Sans Merci; la dama representa a la tuberculosis, que a través de las fiebre altas produce en el poeta un delirio que dibuja curiosas imágenes en su mente para luego sumirle en el dolor y que, finalmente, le lleva a la muerte. Robert Graves concluye que probablemente este poema responda simultáneamente a las tres explicaciones relacionadas con la vida de John Keats.

A continuación reproduzco el poema completo. Me he tomado la libertad de traducirlo yo mismo, así que confío en la benevolencia del lector para no ser juzgado demasiado severamente.

LA BELLE DAME SANS MERCI

¿Oh, qué puede afligiros caballero armado

solitario y pálido penando?

¡El junco se ha podrido en el lago

y los pájaros no cantan!

 

¿Oh, qué puede afligiros caballero armado

tan demacrado y perseguido por la pena?

El granero de la ardilla está repleto

y la cosecha ha concluido.

 

Veo en vuestra frente el lirio de la muerte

con rocío de fiebre humedecida

y en vuestras mejillas una rosa ajada,

pronto también marchita—

 

Me encontré con una dama en las praderas salvajes,

tan bella, la hija de un hada,

su cabello era largo, su pie ligero,

y sus ojos eran agrestes

 

Construí una guirnalda para su cabeza,

y brazaletes también, y fragante cinto,

me miró como si amase

y emitió un dulce gemido—

 

La monté en mi corcel de paso firme

y  nada más vi en toda la jornada

porque de lado se inclinaba y cantaba

una canción de hadas—

 

Buscó para mí raíces de dulce sabor

y miel salvaje y rocío de maná,

y en un idioma realmente extraño dijo

te quiero de verás—

 

Me llevó a su gruta de duende

y allí lloró

suspiró con gran dolor,

y allí cerré sus agrestes agrestes ojos

con cuatro besos—

 

Y allí me arrulló hasta dormirme

¡y allí me aconteció un sueño de dolor!

El último sueño que soñé

en la fría ladera de la colina.

 

Vi a pálidos reyes, y también príncipes,

pálidos guerreros, pálidos de muerte estaban,

que gritaban La belle dame sans merci

te tiene esclavizado.

 

Vi sus labios hambrientos  en la penumbra

en horrible aviso abiertos de par en par

y desperté y me encontré aquí

en la fría ladera de la colina.

 

Y es por ello que permanezco aquí

solo  y pálidamente penando;

a pesar de que el junco se ha podrido en el lago

y de que no cantan los pájaros—…

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