J.R. Moehringer, la cercanía y el misterio

J.R. Moehringer, en Barcelona, septiembre de 2015. Fotografía: Ricard Fadrique.

La Gran Novela Americana es como Bigfoot, un mito, algo fantástico que perseguir infructuosamente. El término, desde que lo acuño John William De Forest en 1868, ha mutado en monstruo legendario, de rasgos confusos. Como Bigfoot o Nessie, tiene más  de marketing que de otra cosa. En cualquier caso, por vano o fraudulento que sea el monstruo misterioso, hay cazadores que terminan por creer en su existencia, aunque no lo reconozcan, y todos sus esfuerzos parten en dirección al bosque donde creen se toparán con el ser maravilloso. En esa búsqueda consciente o inconsciente de la Gran Novela Americana anda metida desde hace décadas la generación de los Roth, Pynchon, DeLillo o McCarthy. Todos octagenarios ya. La generación de los Foster Wallace, Eugenides y Franzen les tomó el relevo en la tácita responsabilidad histórica de encontrar al bicho. El caso es que siglo y medio después de que se comenzara a hablar de la Gran Novela Americana, la pieza central de un canon tan absurdo e interesado como todos, es un mito tras el que se han perdido numerosos escritores, legiones de críticos y miles de lectores. Los lectores han salido beneficiados en esa búsqueda, han disfrutado con infinidad de buenos libros por el camino. Los críticos han encontrado algo que les diera de comer, bastante frugalmente, a cuenta de las editoriales. Pero los escritores… ay, pobres escritores, ellos han sufrido como nadie en la absurda aventura. Muchos se han terminado por convencer de que lo que persiguen no existe. Otros reniegan, pero siguen obsesionados, creyendo. Para unos y otros, no obstante, debe resultar una presencia incómoda la de un tipo de apellido poco americano que, sin escribir estrictamente ninguna novela, es posible que haya cazado al monstruo, que incluso lo haya hecho varias veces, que esté escribiendo con cada uno de sus libros la Gran Novela Americana. El nombre del discreto cazador es J.R. Moehringer, periodista, escritor.



En su país no le prestan demasiada atención, quizás por eso su presencia, fantasmal, no propicie un final de tragedia griega para varias generaciones de escritores estadounidenses. J.R. Moehringer (1964) ha escrito, hasta la fecha, solo cuatro libros, y uno de ellos ni siquiera lo firma él. El primero es un reportaje periodístico sobre un viejo campeón de boxeo que, en su vejez, anda en la indigencia. La historia periodística que narra y la experiencia personal de su investigación conforman un todo literario titulado Resurrecting the Champ —El campeón ha vuelto, en su edición española—. Moehringer tenía 33 años, era 1997, cuando escribió el reportaje. Alrededor de ochenta páginas de periodismo narrativo con el estilo, la estructura y la lírica de una novela de ficción, pero con la diferencia de que todo lo relatado era absolutamente verídico. En diciembre de 2016, con motivo de la primera edición en castellano de El campeón ha vuelto (Duomo Ediciones), Moehringer escribió un prólogo específico para la ocasión, donde dice: «Por primera vez comprendí que en realidad sólo hay dos tipos de historias en el mundo: las que los demás quieren que cuentes y las que quieres contar tú». El proceso —la aventura— de investigación para el libro y su publicación le cambiaron la vida a J.R. Moehringer, de periodista sin demasiadas perspectivas de futuro, en plena crisis existencial y temiendo cada día por conservar su puesto de trabajo, a escritor profesional y periodista de cierto éxito. Tres años después, ganó el Pulitzer por otro reportaje narrativo, igual de cuidado periodística y literariamente que el anterior. Crossing Over —sin edición en castellano aún, se puede leer en inglés en la web de Los Angeles Times— cuenta la historia de Gee’s Bend, una pequeña aldea en Alabama compuesta únicamente por descendientes de esclavos, que había permanecido aislada por el río desde que un tal Joseph Gee estableciera su plantación de algodón en 1820. Ciento ochenta años despues, la llegada de un servicio de ferry anuncia al fin el aislamiento de Gee’s Bend. El reportaje que Moehringer escribió al respecto toma como protagonista y guía a Mary Lee Bendolph, una mujer de 63 años, con tres nietos, seis vacas y un cáncer, que ha vivido lo suficiente en Gee’s Bend para ver a Martin Luther King llegar a sus calles una noche lluviosa de 1965; y para ver, medio siglo después de aquella noche casi fundacional, la llegada de un ferry en el que no acaba de creer, hacia el que no sabe qué sentir. Estructurado en diez capítulos, Moehringer cuenta en el primero de ellos: «A Gee’s Bend la Guerra Civil llegó y se fue, pero los esclavos se quedaron, y sus hijos se quedaron, y sus nietos se quedaron, y sus bisnietos, y así sucesivamente, hasta hoy». El reportaje son, en total, algo más de diez mil palabras, un par de horas de lectura sosegada, un paseo crepuscular por casi dos siglos de historia de los Estados Unidos, que finaliza con las frases: «Algo llega. Algo grande. Tal vez un ferry, tal vez la muerte, tal vez el final del único lugar que ha conocido como hogar. Es difícil saber la diferencia cuando el sol cayendo inunda los campos con una luz blanca tan hermosa». 

Cuando J.R. Moehringer ganó el Pulitzer por Crossing Over, ya estaba escribiendo su gran libro, un enorme roman à clef autobiográfico que titularía The Tender Bar. En España editado como El bar de las grandes esperanzas. Una novela en la forma. Una autobiografía en el fondo, un reportaje de sí mismo, desde niño hasta los 25 años —más un fogonazo a sus 37 en un breve epílogo—. J.R. Moehringer creció sin padre, un locutor de radio musical al que apenas vio a lo largo de su niñez y juventud, al que llamaba La Voz, por ser lo único que conocía de él, a través de las ondas. La ausencia de esa figura paterna le condujo a una búsqueda de lo que creía referentes masculinos, valores o formas de ser que han de definir a un buen hombre: honor, lealtad, honestidad, coraje. Un llanero solitario que dice las palabras justas, pero adecuadas. Otro mito, como el Bigfoot, como la Gran Novela Americana. El niño y joven Moehringer encontró en el bar donde trabajaba su tío Charlie —primero el Dickens, luego el Publicans—, las figuras que le parecían representantes de aquel ideal. 

El primer párrafo del libro es una de esas aperturas limpias y perfectas:

Íbamos para todo lo que necesitábamos. Cuando teníamos sed, claro, y cuando teníamos hambre, y cuando estábamos muertos de cansancio. Íbamos cuando estábamos contentos, a celebrar, y cuando estábamos tristes, a quedarnos callados. Íbamos después de una boda, de un funeral, en busca de algo que nos calmara los nervios, y siempre antes, para armarnos de valor tomando un trago. Íbamos cuando no sabíamos qué necesitábamos, con la esperanza de que alguien nos lo dijera. Íbamos a buscar amor, o sexo, o líos, o a alguien que estuviera desaparecido, porque tarde o temprano todo el mundo se pasaba por allí. Íbamos, sobre todo, cuando queríamos que nos encontraran.

Para ser más precisos, no solo el primer párrafo, sino toda la primera página —tres párrafos en total— es una nuestra magistral sobre cómo lanzar una historia. Las más de cuatrocientas cincuenta páginas que la siguen son de una perfección literaria casi insoportable. La estructura, organizada en cuarenta y cuatro capítulos —más prólogo y epílogo—, obedece a un desarrollo cronológico que reparte los momentos clave de su vida de acuerdo a desarrollos dramáticos perfectamente dibujados y equilibrados. La descripción del bar, como un personaje más, no entrando en escena propiamente hasta bien avanzada la historia, su familia, el personaje fuerza de la naturaleza que supone su madre, todo el contexto social de Manhasett, un barrio obrero a las afueras de Nueva York, el padre ausente y sus fantasías sobre la masculinidad, la compañía, la camaradería, la soledad, el amor y el desamor, el alcohol, la pérdida de confianza en sí mismo ligada a sus inicios profesionales, el periodismo, el New York Times, la literatura… El bar de las grandes esperanzas es la historia de su vida y a la vez la historia del propio libro. Moehringer comenzó a escribirlo, soñándolo, en aquellos años de su juventud. Durante años lo tuvo abandonado. Tras los atentados del 11 de septiembre lo retomó. Más de cincuenta vecinos de Manhasset fallecieron en el atentado contra el World Trade Center. Muchos conocidos, algunos viejos amigos del escritor, incluso. Aprovechando un permiso que su periódico le había dado para escribir un reportaje de fondo sobre los efectos de la tragedia en su pueblo, Moehringer retomó el libro sobre su vida en esos meses posteriores al 11S. Había tomado notas sobre el bar y sus pobladores durante toda su juventud. Retomó la historia, su historia, entonces, trabajándola con las herramientas del periodismo. Pidió permiso para incluir en el libro a todos y cada uno de los personajes del Publicans, exactamente igual que si escribiera un reportaje. Estaba trabajando con hechos y personas reales, convertirlos en literatura exigía ese compromiso ético. Su prosa, dotada de la misma apabullante simplicidad que su estructura, está pulida hasta el brillo más limpio. Se trata de una escritura tan perfecta que resulta casi imposible aprender de ella. No se le ve el truco. El resultado es un relato perfecto, madurado durante años, que deja el dibujo preciso y emotivo de una época, de unos hombres, de un lugar. ¿Estamos hablando, tal vez, de la Gran Novela Americana?

El bar de las grandes esperanzas se publicó en castellano en 2015, diez años después de su publicación en los Estados Unidos. Mucho tiempo de espera para un libro y un autor de tal calibre. Misterios de la industria editorial. Aún más llamativo —hiriente— resulta pensar que si finalmente tenemos la suerte de poder leer a Moehringer en todas las latitudes fue, precisamente, por un libro que escribió pero que no lleva su firma. En 2009 se publicaron las memorias de Andre Agassi, tituladas Open, firmadas por el propio tenista. La historia de otra niñez y otra juventud en los Estados Unidos de finales del siglo XX, con forma de novela pero transcripción de hechos reales. Hay que terminar este libro tierno, emocionante, honesto, para entender una de las muchas sorpresas que presenta, la de la pericia literaria que demuestra el tenista de Texas. La página de agradecimientos abre diciendo: «Este libro no existiría sin mi amigo J.R. Moehringer […] Nos reuníamos todos los días y seguíamos una rutina estricta: tras zamparnos un par de burritos, hablábamos durante horas, y J.R. grababa aquellas conversaciones […] Transcurridos muchos meses, J.R. y yo contábamos con una caja llena de cintas de grabaciones: para bien o para mal la historia de mi vida. Kim Wells se atrevió a transcribir esas cintas que, de alguna manera, J.R. transformó en relato». El nombre de Moehringer, sin embargo no aparece en ninguna parte del libro, más allá de estos agradecimientos. Agassi explica el por qué: «Le pedí en numerosas ocasiones a J.R. que firmara este libro. Pero a él le pareció que solo un nombre podía figurar en la cubierta. Aunque se sentía orgulloso del trabajo que habíamos hecho juntos, me dijo que no concebía que su nombre apareciera en el relato de la vida de otro hombre». Hay algo en esa actitud, bastante, de aquellas virtudes que el escritor persiguió durante toda su infancia, buscándolas en los hombres de un bar de su barrio, y encontrándolas allí, pero sobre todo en casa, maravillosamente integradas en una sola persona, que no era un hombre: su madre. Las memorias de Agassi, como las de Moehringer, hacen disfrutar de ese mismo encanto de literatura pluscuamperfecta, limpia, sin aditivos.

Duomo Ediciones, que ha venido publicando las versiones españolas de El campeón ha vuelto, Open  y El bar de las grandes ilusiones, ha anunciado que publicará en breve el último libro de Moehringer: Sutton (2012, Hyperion), una biografía con elementos de ficción sobre Willie Sutton, uno de los ladrones de bancos más legendarios de los Estados Unidos. La editorial, fundada en Barcelona en 2009, ha tomado al autor como uno de sus buques insignia. Un acierto absoluto. 

Moehringer ha llegado a los 50 con cuatro libros en su haber. Uno ni siquiera lo firma. Ninguna novela propiamente dicha. Sin embargo, es una de las grandes referencias de la literatura de nuestro tiempo. Un gran cazador de historias que, sin proponérselo, quizás ha hecho blanco sobre el gran monstruo literario norteamericano. O terminado por poner en evidencia que solo era un mito, y que la gran literatura, como la vida, es algo más cercano y más misterioso. ♦︎

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