Hijas del calvario

El despertador había sonado una hora antes de lo habitual. La alborada primaveral anunciaba una forzosa disminución de las heces que acumulan los ácaros del polvo en el colchón, en las alfombras, en las cortinas y en el relleno de los almohadones. Elmer masticó galletas de avena apoyado en el marco de la ventana y, muy a su pesar, no pudo evitar sentirse un urbanita dichoso; por los meses de encierro que llegaban a su fin y porque allí abajo se extendía una necrópolis de guía turística: diecinueve hectáreas de árboles frondosos, esculturas, cruces y lápidas alineadas en el monumento a la perpetuidad de los ilustres.

Destapó el telescopio que tiene apuntando hacia la tumba del rumano insoluble, arrimó el ojo al ocular, y la inscripción seguía allí: Emil Cioran. Rasinari 1911 – París 1995. Los amargos aforismos del autor influyeron en la elección del apartamento; el sepulcro donde reposa la osamenta del último valiente, a esa proximidad, le transmite más confianza en sí mismo que toda la bazofia buenista que le inculcaron sus padres.

Ayudado por la llama de un mechero agostado, con las yemas del dedo índice y pulgar, se aplicó a desmigajar una piedra de polen. El pedrolo de hachís, tamizado en seco, ligeramente prensado y de un marrón amarillento, se descomprimió con gracia y fue esparcido en el lecho de tabaco en hebras acomodado sobre el papel de talla regular que había en el pico de la encimera; fuera, las nubes ennegrecían encapotando el ombligo de la patria gala.

Colocó la boquilla de cartulina en el extremo derecho y la goma arábica fue activada por un lengüetazo comedido. Dedicación en el sellado, culminación de la manualidad y otra vez la flama débil. Expulsó bocanadas evanescentes, derribó barreras perceptuales, cedió el mando a la intuición extática.

La impresora seguía averiada. Elmer disponía de veinte minutos, más la media hora que le tomaría detenerse en la copistería de camino al trabajo. Comprimido de desloratadina, cápsula de espirulina y zumo de pomelo recién exprimido. Abrió el portátil, modificó la fuente y el color del título, verificó los retoques llevados a cabo el día anterior en el IV y VII acto, suprimió un personaje secundario, lustró rasgos morales de los protagonistas, descartó una semblanza apresurada, perfiló detalles del epílogo, guardó los cambios y me envió por correo electrónico las páginas funestas que tanto se había replanteado. Extrajo la memoria USB con la minuciosidad que aplican los recolectores de moras a los frutos maduros y la metió en el bolsillo interior del maletín, dispuesto a desencadenar una carambola improbable.

Más tarde, mientras el resto del equipo creativo nos escurríamos los sesos en lo que prometía ser la borrasca de ideas más convulsa del año, a unos pasos de la agencia, Elmer y Judith agotaban los minutos de su pause-café bebiendo bière de garage en la terraza de un bar. La plática fluía con naturalidad hasta que Elmer le extendió la centena de folios anillados que había hecho imprimir y encuadernar horas antes -Es una pieza teatral con aires de musical burlesco, está dividida en quince actos, mi gran salto, de espectador pasible a dramaturgo contrariado. La he titulado Grumos Agrios. Puedes quedarte con ese ejemplar, hay una dedicación dentro.

Judith, presa del pánico, tras prometer tartamudeando que se lo devolvería al final de la semana junto con una crítica constructiva al respecto, guardó inmediatamente las copias en su bolso y tras dedicar improperios al servicio meteorológico nacional, cambió de tema y pidió la cuenta. De vuelta a la faena, arrastraron sus Vans por el parquet del open space indiferentes a las miradas inquisidoras de los que no tenían derecho al reposo. En el despacho se disculparon con quien debían por el retraso y al poco tiempo de haberse reincorporado, como de costumbre, remataron en un ping-pong dialéctico de complicidad inhibidora el brainstorming en el que estábamos encallados yo y otros tres incompetentes.

A día de hoy, la crítica constructiva al respecto se ha quedado en promesa incumplida. No la culpo. Grumos Agrios, la farsa antropológica escrita por Elmer, va de una etnia autóctona del Cuerno de África que a mediados del mil ochocientos se destacó en la región por su música. Según cuenta, la tradición impuesta por la sociedad tribal dictaba que al llegar a la adolescencia los varones que mostraran aptitudes para el canto serían forzados a engullir a diario una descarga de su propio esperma, extraído a pulso por las veteranas de la aldea.

Como consecuencia de esta ingesta, sus golas relucían henchidas, de sus entonaciones emanaban notas sobradas de preñez y sus aptitudes para la percusión y la danza se desarrollaban hasta la exuberancia. Ingerir las secreciones blancuzcas propiciaba el virtuosismo musical, mas el precio a pagar por el talento eran madrugadas espantosas ya que los divos de la tribu sufrían pesadillas recurrentes en las que se veían embarazados de sí mismos, hinchadísimos, a punto de parir, rodeados de familiares que instigaban a empujar bruscamente sin dilatación progresiva, defecando criaturas inertes que luego abandonaban a la descomposición, bajo las acacias.

En ese contexto transcurre la pieza con tintes de musical cochambroso que Elmer le endosó a Judith. Un culebrón de pasiones no correspondidas en el que, de llevarse a cabo, abundaría la lencería masculina, el cuero sintético, unos novedosos arbustos-vagina e inverosímiles figuras de tigres a escala representando en dudosa porcelana la ferocidad sabanera. ¡Diálogos elegíacos tramados para sacudir el patio de butacas! ¡Sutil moraleja contra-hegemónica que sabrá a miel artesanal cuando el mensaje alcance a los gourmets retraídos que piden la Sixième République!

Para llevar a cabo este espectáculo sólo haría falta un elenco de quince actores afro-descendientes, músicos y vocalistas, profesionales o amateurs, que asumieran las injurias que pudieran llover desde la platea cuando integristas de la moral manifestasen su desacuerdo. ¿Qué más? A ver. Un actor de doblaje para la voz en off de abuelillo afable que guiara al público con timbre cándido y un director dispuesto a sucintar la ira de ciertas ONG y de la prensa especializada, que de seguro, tacharían la obra de panfleto neo-colonialista sin sustancia. 

La puesta en escena correría a cargo de un escenógrafo curtido en la guiñolesca, las coreografías las idearía un devoto del método paranoico-cítrico, y lo más complicado de conseguir: un mecenas sin escrúpulos que se sacrifique en pos de la mismísima Comedia, un visionario al que no le importe quemar algo de dinero en una inversión osada, quizá con beneficios sí, pero a muy largo plazo.

La única crítica constructiva que recibió Elmer fue mi consejo: limítate a contemplar. Judith esquiva los prólogos, escoge lo que lee de manera aleatoria y entrelaza lecturas sin discriminar géneros. Del culteranismo al conceptismo y de lo épico a lo lírico, se adapta sin esfuerzo a las turbulencias súbitas, atraída por vaivenes estilísticos que marearían a los lectores precavidos de su entorno. Cuando entró a trabajar en la agencia consumía únicamente novelas gráficas, hoy por hoy, devora lo que le recomienden. Los de la estantería beige, tratados de arquitectura moderna y mucho diseño gráfico, son de Kibro, su novio. Los de ella están organizados por orden cronológico en el mueble que hay junto al gramófono de corneta desorbitada que preside el salón. Hoy Judith cumple años. Francamente, no entiendo por qué nos invitó. Elmer me pasó a buscar en scooter y aquí estamos, incrustados en una velada selecta donde mentones altivos discuten la legítima belleza del Kinbaku y bravucones ilustrados se acomodan insistentes sus vertiginosas cabelleras si alguien osa poner en tela de juicio el talento de Nobuyoshi Araki.

En el borde de la mesa, un sapo del desierto sonorense aguarda inmóvil. Kibro pide silencio absoluto y se sube al pozabrazos del sofá. La lengua látigo del anfibio revienta las pompas de jabón que su amo le sopla desde las alturas. Aplaudimos chasqueando los dedos. El sapo alvarius es devuelto al terrario. Trasladamos el recipiente a la habitación de invitados. Judith pide un aplauso atronador para el chef singapureño que ha contratado para la ocasión. Los compromisos sociales me quitan el apetito. Vibraciones ensordecedoras y cuerpos bailones me separan de las copas de Champ. Atravieso la masa de concurrentes.

Ni yo ni Elmer hemos tenido el detalle de gastarnos treinta euros en una botella de Champ, somos despreciables, con lo animada que se está poniendo la velada, ni siquiera un crémant de esos que por ocho euros ya quedas bien. Un lambrusco a tres monedas, un lambrusco rosado, un rosado y un tinto o un pack de gaseosas de marca blanca, cualquier líquido efervescente hubiera sido mejor que llegar con las manos vacías. Basta de lamentos, a Judith no pareció importarle. Me sirvo cinco copitas hasta arriba de burbujitas y pido prestada la bandeja. Para disipar las sospechas del nacionalsocialista que se encarga de vigilar las bebidas, le aclaro que mis amigos, pendientes de mi regreso, charlan y fuman sedientos en algún lugar de la casa. El truco está en poner cara de buscar a conocidos entre la gente, de este modo nadie que te esté viendo sospechará de tus intenciones y podrás beberte una a una esas flautas de brut en un rincón oscuro de la fiesta, repitiendo para tus adentros: No me inquieta la deriva radical del feminismo. Quien esté libre de autocosificación, que lance la primera piedra.

La sed persiste, es tiempo de recurrir a un destilado. Los hielos ¿dónde estarán los hielos? El nacionalsocialista hace cola para entrar al cuarto de baño, ha desatendido el atalaya, le urge vaciar su musculosa vejiga. Mis deditos escarban en el cartón de los rones, sustraigo un Diplomático Ambassador sin abrir; pas mal quand même. Oigo sentencias antiacademicistas germinando en la boquita morada de la japanese vampidoll. Veo rabia irresuelta en el jactancioso que me estrecha la mano sistemáticamente. Huelo a las devotas lúbricas que se agolpan en torno a una reproducción a escala de La bohémienne endormie del aduanero Rousseau. Y se danza, como si el hecho de pertenecer a esta ciudad constituyera una cualidad humana, se danza. Intimidado por entidades envolventes, avasallado por los rayos LED que despide la bola giratoria, me depuro en la humareda de palo santo evocando los médanos blancos de su mirada siberiana, y rozo la catalepsia, oyendo a la melodía descalabrarse. Sombras, nada más.

Elmer se percató de que por allí están debatiendo lo de la sumisión química. Se inmiscuye en el rebaño, le prestan atención, lo toman en serio, habla en primera persona, miente, que si la burundanga bla bla bla que si un amigo de su amigo la consigue bla bla bla souffle du diable bla bla bla mirad como enturbio mi charco para parecer profundo bla bla bla con unas llamadas tengo acceso a escopolamina bla bla bla ¿puedo ser vuestro amigo? bla bla bla, etcétera. Le cuesta poco estrechar vínculos con desconocidos cuando va como va, habrá quien sostenga que es un comportamiento patétique para alguien de su edad, pero yo que compartí piso una temporada con él, sé que sin esos momentos de comunión con sus semejantes, Elmer estaría perdido. Bienaventurados los de su especie, que en pleno subidón se lanzan desde lo más alto de sus propios egos; respiran la brisa que sopla en la cumbre, se desdoblan y a  confraternizar se ha dicho: Demasiado gozo para mis sentidos, no lo merezco, repartir me librará del remordimiento. Bienvenido seas altruista dopado, no te preocupes, voy bien servido, métete eso, te pertenece.

Oh dios, por dios, no. Ni en la cocina puede uno estar tranquilo. A este larguirucho lo conozco, es el ex de Judith, un as de la post-producción, otro mocoso megalómano financiado por los aristócratas del underground. Curiosos de todas las índoles se agolpan a su alrededor. Los retratos digitales en los que las postulantas a musa han posado con aire desalmado, aparecen y desaparecen de izquierda a derecha en su móvil. Me llama especialmente la atención uno en el que la más barely legal de las suicide girls se introduce una escopeta en su flor de loto. El huesudo dedo del artista continúa deslizándose por la pantalla. Acaba de autoproclamarse creador sin tabúes, asegura que a partir de otoño le lloverán los pedidos, admite resignado que la difusión de su obra no pasaría la censura que aplica la cultura oficial y que es injusto, porque, según atestigua, sus ilustraciones son un lubricante social determinante que bien podría ser reembolsado por la seguridad social debido a sus efectos desinhibidores en las lolitas deprimidas. Su trabajo es grotesco y no por ello arriesgado. A primera vista, estos collages gestados para alborotar son perversiones recurrentes en el maremagno del libertinaje cortesano. Desde mi posición, los residuos de la revolución sexual huelen a proselitismo siniestro y son comidilla para los acérrimos de la iphonéographie presuntuosa. Los oportunistas que dedican guiños a la ficción de explotación recurren a la falsificación en aras del morbo explícito mediante una oratoria en la que prima el efectismo, seguros de que nosotros, las pécoras contestatarias, sucumbiremos más temprano que tarde, plácidas, al anzuelo de lo POPlíticamente incorrecto.

El cabronazo se detiene a explicarnos uno de sus retratos, sus trazos son el remedo de hecatombes erógenas inspiradas en los traumas psíquicos de las ninfas que integran su séquito, estiércol millennial concebido por un exagerado que finge intolerancia a la incertidumbre. ¿Acaso malgasta sus madrugadas comiendo techo, enzarzado en elucubraciones eminentes? ¿Será que le atañe la tragedia cómica del vertebrado? ¡Pero si huele a sándalo destilado en alambiques de cobre y los mocasines de charol que lleva puestos cuestan al menos cuatrocientos cocos! ¿Será éste el espécimen contracultural definitivo? Recupero la media botella de ron que había escondido en la nevera de los anfitriones, una astucia provechosa cuando el hielo escasea.

Malas nuevas, Elmer tiene la totalidad de sus expectativas puestas en que hoy Kibro lo penetre. He intentado persuadirlo pero está demasiado motivado, viene de confirmarme que irá a saco. Enumera los atributos del deseado con devoción de beata pirada, está fuera de sí, su realidad ha pasado a ser lo que pretende abarcar y no se trata de un capricho repentino ya que lo arrastra desde aquella tarde en que Kibro vino a la agencia y Judith nos lo presentó. Grumos Agrios comenzó a gestarse a partir de ese encuentro. El criterio de la lectora Judith le es indiferente, ella fue un mero medio logístico, una excusa para hacerle llegar a Kibro esa pieza profana.

El objeto de deseo conversa con una amiga a escasa distancia. Me acerco ofreciéndoles un bol con chips de tubérculos y rechazan los aperitivos con gesto nublado, alegan que con la fritanga de raíces y las flores de calabacín rellenas de queso en tempura han tenido suficiente. Elmer está en la otra punta del recibidor hamacándose en una silla, me juego el cogote a que ya se tragó las seis dosis, y encima, con el estómago vacío. Apuesto a que ese tinto del que está prendido no hará más que empeorar los síntomas del mid-week blues que se le avecina: just another manic Wednesday, mon pote, te compadezco. La amiga de Kibro opina que mi profesión es para mercenarios de la comunicación. Su descaro me seduce. La noche cobra sentido. Elmer se ha puesto de pie y me hace señas desde la otra punta. Se dirige hacia donde estamos estrictamente fiel a su estilo, con ojazos de insensato y zancadas de peregrino en Pandemonium. Por el bien común, me planteo saltarle encima antes de que llegue hasta aquí, reducirlo, cargar su cuerpo en un Uber, someterlo a una ducha y prestarle mi cama, para que cuando al fin se manifieste el hambre y consiga desayunar, pegue ojo y duerma como un sultán hasta el lunes. Es ineludible, se acoplará a nuestro grupo e irá al grano.

Al final resulta que Kibro, a diferencia de la burlada Judith, sí leyó Grumos Agrios. Encontró la pieza mientras limpiaba el revistero, admite que le pareció una obra maestra, que no acostumbra a leer teatro pero que sí, que ce truc est un putain de chef d’oeuvre! Hay que joderse, encantado el uno con el otro, brota la ternura. Procuro no ahondar en las dimensiones de esta carambola maquiavélica. Hasta aquí he intervenido.

Un vecino  amenaza con llamar a los guardianes del orden público. Va siendo hora de escampar. Judith reposa en el cuarto de invitados, la mezcla de ansiotrópicos&bebercio ha interferido en su sistema nervioso central jugándole una mala pasada, su ex la está reanimando, han echado el cerrojo. Es cuestión de minutos para que afloren en Kibro las ganas reprimidas de empotrar a Elmer, de hacerlo cagar para adentro de una vez por todas, y que él, rezagado, le recite alejandrinos simbolistas entre arremetida y arremetida. Detalles del cortejo carnal del todo probables cuando un parisiense como Elmer se confronta a la hipermasculinidad marinera irradiada por Kibro el sureño, que, de concretarse la jodienda, de tan envenenado por los anabólicos que va, ya sobrepasado por su propia testosterona y con los años de yugo heteropatriarcal que llevará conteniéndose, antes de introducir su garrocha agarrotada en el anillo de mi inexperimentado amigo Elmer, dudo mucho que se ande con florituras.

En el peor de los casos, pediremos una ambulancia. ♦︎

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies