Espejos que se vuelven pantallas en negro

Tony Soprano. Última secuencia de Los Soprano (1999 – 2007) / Imagen: HBO.

Me ha costado una década superar uno de mis mayores miedos. Algo que se convirtió, me atrevería a decir, en toda una fobia. La vida, calladamente, ha terminado por hacer en mí lo que yo mismo no fui capaz. Me ha pasado página. Después de diez años, puedo decir que me atrevo a dar mi opinión sobre Los Soprano. Fuera complejos. Hordas de sesudos teóricos, filósofos, eruditos, cada cual más horadada la barbilla, más dislocados los hombros de aspavientos, han contribuido con sus infinitas gilipolleces a que mis inseguridades se esfumaran. Ahora soy, al fin, uno de ellos. 

¿Hablamos de Los Soprano o hablamos de nosotros? ¿Hablamos de su final? Empecemos por dejar clara nuestra posición en términos generales: la serie es una obra maestra. Por esta vez no voy a acomodarme en la colina del hater —que tanto me gusta—. Las cosas como son, la historia de David Chase sobre estos mafiosos de New Jersey en el cambio de siglo es un hito en el ámbito del audiovisual. Ya no hablo de cine o televisión. Después de Los Soprano las diferencias que existían entre la narración cinematográfica y la televisiva de dramas de ficción se han terminado por confundir en un mismo espacio. Por supuesto, no todo se debe a Los Soprano, pero su irrupción como toque de corneta de un tratamiento cinematográfico de los personajes, la planificación y, sobre todo, de los ritmos del drama televisivo ha servido para que se la pueda considerar como la serie número uno de una nueva época narrativa. La diferencia entre el cine y la televisión está, cada vez más, restringida a una cuestión de centímetros de pantalla.

Sin embargo, aunque Los Soprano sea una obra maestra por lo novedoso que tuvo su propuesta narrativa, no nos vengamos demasiado arriba con esto. Porque lo importante, a mi parecer, no son sus recursos técnico-artísticos. Si Los Soprano tiene el poder de atracción que tiene es por nosotros. Porque Los Soprano es casi un experimento sociológico. Dos preguntas: ¿quién se atrevería a no condenar moralmente a Tony Soprano y a toda su panda?, pero ¿quién no deseó ver un final feliz o una redención para Tony? Pues eso. Que somos algo así como una mierda. La atracción por Los Soprano es, sobre todo, seducción de sus personajes y de su mundo. Unos personajes que asesinan y torturan por dinero, cuando no por diversión o aburrimiento, por capricho. Unos tipos machistas, homófobos y racistas. En su mayoría vagos y estúpidos que viven a costa de extorsionar a honrados trabajadores. Y sin embargo, qué cariño les cogemos, eh, cómo les queremos. ¿Nos cambiaríamos por ellos? ¿Incluso sabiendo, como vemos a lo largo de toda la serie, que raramente llegan a viejos? La verdad es que somos una auténtica basura. Porque sí, no lo neguemos, aunque lo hagamos: nos caen bien. Y de eso va Los Soprano: de nosotros. Ya se sabe que a veces son los espejos deformantes los que nos devuelven las imágenes más veraces de nosotros mismos. Algo mucho más inquietante que una pantalla que corta a negro antes de que todo acabe, o antes de que la vida siga.

Mientras veía Los Soprano no podía dejar de acordarme de aquella secuencia de Una historia del Bronx, en la que el personaje de Robert de Niro —un conductor de autobuses— le dice a su hijo pequeño, que está seducido por la figura del jefe gánster del barrio: «No hace valor para apretar un gatillo, pero sí para madrugar cada día y vivir de tu trabajo […] El obrero es el auténtico tipo duro». En el film de Robert de Niro es ese niño que gana más con propinas de la mafia que su padre conduciendo autobuses el objeto de estudio. En Los Soprano es el espectador. Pero como ya somos mayores, David Chase nos deja solos, sin un padre que nos de una bofetada para que espabilemos y nos diga quién es el bueno de la película. 

Mi teoría —ya les dije que ahora yo también era un teórico— es que por eso, para no tener que aceptar el reflejo que nos devolvía el espejo, nos pusimos a hacernos pajas con el final de la serie. A mi me parece un muy buen final, totalmente acorde con la propuesta integral de la serie. No es un final abierto, tampoco un final cerrado. Porque no es el final de lo que habría de ser la vida de los personajes. Es el final pertinente para una serie que va sobre hacer sentir al espectador contradicciones. Y la secuencia hitchcockiana en el diner es la traca final. Porque todo lo que deseamos es salvarnos o saber. Y de lo que se trata es de preguntarnos por qué necesitamos eso. A lo largo de ochenta y seis capítulos hemos visto pasar la vida de unos seres, despreciables, pero que nos han hecho sentir cosas, hacia ellos y sobre nosotros mismos —quienes se hayan atrevido—. Si una historia, ya al margen de su propósito sociológico —más o menos catártico—, depende enteramente de su final para considerarse determinante, entonces lo más probable es que no nos haya contado nada. Los Soprano fue prolija en historias, infinidad de conflictos que planteaban cuestiones morales, a lo largo de sus seis temporadas. ¿Su validez como obra habría de depender enteramente de sus cinco minutos finales? Da igual si a Tony le meten un balazo o no. La vida, mientras dura, no tiene un solo final. Son seres que pasan, incertidumbres, espejos que se vuelven pantallas en negro.

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