El último vuelo

El tablero de las salidas confirmaba su vuelo. “Otra vez hacia la muerte”, pensó. Y buscó señales entre la multitud que lo persuadieran de que su vida no terminaría al montarse en ese avión; la sonrisa de un niño, la estampa de una familia feliz que se va de vacaciones, un cura o algún grupo de azafatas impolutas y de paso apresurado y seguro que le quitaran el punto trágico a un acto que, al parecer, para todos menos para él, era tan normal como ir en autobús. 

Todavía tenía tiempo para desayunar algo antes de pasar los controles de seguridad. Se acercó al McDonald’s y ordenó un café con leche y un muffin de manzana. Realmente no tenía hambre pero, cada vez que iba a coger un avión, tenía que tomar su “último café”. Siempre llevaba un libro que nunca leía. Imposible concentrarse sabiendo que cuando viajas, existe la posibilidad —aunque sea mínima— de que te lleve Pateco. Así que dejaba el libro sobre la mesa, como una suerte de bastón emocional y, entre sorbo y sorbo, observaba a la gente comer, conversar, reír, discutir, leer o mirar absortos su celular. La cotidianidad de los viajeros lo tranquilizaba tanto como lo inquietaba. “¿Cómo pueden estar tan normales?”, se preguntaba mientras aprovechaba para tomarse las pastillas de valeriana con las que siempre cargaba en estos casos. Prefería aplacar su terror con productos naturales y menos invasivos según él por miedo a quedarse atontado, no reaccionar a tiempo y morir absurdamente por culpa de un diazepán. Se imaginaba, por ejemplo, que era el único que no salía del avión en un amarizaje y moría irremediablemente ahogado. Para él, la peor muerte posible. 

En la mesa de al lado había tres chicas veinteañeras. Su vitalidad era envidiable; nada en sus rostros tersos y expresivos que indicara angustia o preocupación. Qué suerte tienen, se decía, y las observaba como intentando descifrar el misterio de aquella felicidad. Todas iban a juego: pantalones cortos de jeans, sandalias de cuero y camisetas holgadas que caían sin dificultad sobre la circunferencia perfecta de sus pechos. Irán al Caribe o a las Pitiusas, o quizás a Bali, da igual; lo importante es imaginar que la vida no se detendrá para ellas porque todavía son jóvenes y hermosas. “Ojalá vayan en mi vuelo”, pensó como si su juventud fuera una especie de talismán de la buena suerte. Tenía 38 años, pero cada vez que iba a viajar en avión, sentía un repentino cansancio vital comparable al del anciano que, habiendo vivido todo y dejado una estela de familia y amigos en el camino, solo desea morir lo antes posible. Mientras tanto, la cajera del Mcdonald’s, sudamericana por su acento y aspecto andino, intentaba lidiar de la manera más diplomática posible con un cliente iracundo que había pedido un descafeinado y, en su lugar, le habían dado un café normal. “I am very sorry, sir”, le decía ella en un inglés correcto al gringo exacerbado, y sin perder la compostura a pesar del papelón. “Stupid bitch”, susurró el hombre con cara de shar pei cuando ya se había dado la vuelta con el pedido correcto, y a lo que ella contestó en el mismo tono con un “Tu puta madre”. Había intuido con acierto que el tipo había mascullado un insulto. “Siguiente, por favor”. 

La mesa vacía de las veinteañeras le recordó que ya debía ir yendo hacia la sala de embarque. Agarró su mochila y su libro, botó las cosas de la bandeja y caminó hacia los controles de seguridad, el Cerbero del inframundo aeroportuario. A partir de ese momento, su voluntad funciona por inercia y comienza entonces la etapa de resignación. “Ya está. Tampoco he vivido tan mal”, y su cabeza se vuelve un batiburrillo de imágenes y recuerdos propios del Bruce Willis de Armageddon justo antes de su heroica desaparición en el espacio sideral.

La cola era larga pero avanzaba con regularidad. Todavía le faltaban un par de curvas en el laberinto de cintas negras que aunque mantiene en estricto orden a los viajeros, no evita el odioso estancamiento momentáneo producido por algún despistado que se queda mirando a la parra en busca de un último gesto de su ser querido. Cierto que le producía inquietud cómo su agonía se prolongaba por culpa de situaciones como ésta; sin embargo, aquellas miradas distraídas lo enternecían. 

     —Pase, por favor —le dijo el guardia que lo esperaba al otro lado del arco.

Y el arcó pitó. “Esto es una señal, puñeta”, pensó preocupado.

     —Vuelva a pasar, por favor. 

Nada, solo unas llaves olvidadas en el fondo de uno de los bolsillos laterales del pantalón. Se puso los tenis, agarró su mochila y volvió a verificar la puerta de embarque. En ese punto, ya había abandonado cualquier esperanza de abortar el viaje. 

Su terror a volar en aviónamaina tan pronto la ballena voladora alcanza la altitud y velocidad de crucero correspondientes. Ahí cuando parece que el tiempo se detiene y el capitán aprovecha para darles la bienvenida a los pasajeros y contarle los detalles del vuelo. Solo hasta ese momento suelta el crucifijo de bronce del tamaño de su mano que era de su abuela. Se lo dio su madre: “Llévalo contigo siempre que viajes para que te proteja”. Desde entonces siempre lo lleva. Él no era creyente, hacía mucho tiempo había dejado de serlo cuando una noche, intentando rezar el padrenuestro, sintió que rezaba al vacío, que esas palabras se habían convertido en migajas que nadie recogía y no volvió a rezar nunca más. Su única religión era su madre. Ahora en vez de rezar, cuenta hasta quedarse dormido. Cuando el peligro ha pasado —dicen que el despegue y el aterrizaje son los momentos más críticos—, respira profundo y se descalza, no sin antes verificar, bajándose como si fuese a recoger algo del suelo, si sus pies huelen mal. Hubo una época en la que tan si quiera se atrevía a viajar en avión. Visto así, que lo haga ahora supone un gran progreso. Junto con un par de amigos había hablado de pasar un mes de verano en París con la idea de escribir un guión entre los tres (quenunca escribieron). Él fue quien se encargó de gestionar el alojamiento a través de una página de internet de alquiler de pisos de particulares. Era un ático de cincuenta metros cuadrados en la rue René Boulanger, muy cerca de la escuela de mimodrama de Marcel Marceau. Más parisino e inspirador imposible. La planificación de aquel viaje lo mantuvo entusiasmado hasta que tocó comprar el billete de avión. En el último minuto, y haciendo oídos sordos a cualquier argumento que lo convenciera de lo contrario, decidió hacer el viaje de Madrid a París en autobús.

     —Estás bien loco, cabrón. Lo que vas a tardar en llegar equivale a un viaje ida y vuelta a tu país. 

     —Me importa un carajo. Al menos voy pegado al suelo y si tengo un accidente, tengo más probabilidades de salir vivo que tú si te estrellas en los Pirineos.

Una lógica un tanto errática pero que lo tranquilizó lo suficiente como para soportar un periplo interminable de dieciocho horas de autobús sentado justo detrás de un magrebí descalzo que había decidido que su comodidad era más importante que el bienestar de su prójimo. El autobús parecía que llevaba un cargamento de époisse, un queso tan apestoso que, según cuenta la leyenda urbana, está prohibido en los transportes públicos franceses. Aquello le impactó tanto que, desde entonces es muy cuidadoso con la higiene de sus pies y el zapato que se pone para viajar y que se quitará eventualmente si las condiciones se lo permiten. Nada más desagradable —y natural— que los olores ajenos en un espacio cerrado.

Su miedo a volar no contradice tampoco el placer que le produce estar suspendido en el aire durante varias horas —generalmente viaja para cruzar el Atlántico una vez al año—, esperando felizmente ansioso el momento en el que el olor a comida recalentada comienza a invadir los pasillos del avión. El delantal de los auxiliares de vuelo le produce una sensación hogareña. Si se puede comer, es porque todo está bien. Hasta el momento del descenso y aterrizaje podrá estar tranquilo, disfrutar de una peli y leer con detenimiento las inútiles instrucciones en caso de un accidente. Su mayor consuelo es saber que los aviones duplican todo su engranaje justamente para evitar una catástrofe en caso de que algo falle (una avión es capaz de funcionar con un solo motor, por ejemplo) y que las turbulencias no son más que huecos incómodos en la carretera aérea. Al menos eso le dice su hermano mayor -ingeniero aeronáutico y piloto aficionado de avionetas- para tranquilizarlo antes de coger un avión.

De camino a la sala de embarque se detuvo en el duty free. Dudó entre comprar un cartón de tabaco o llevarle un orujo de hierbas a su madre. Al final ninguno de los dos. En realidad nunca compra nada en los aeropuertos que no sea alguna revista para mujeres del Relay tipo Marie Claire o Cosmopolitan. Su contenido lo conecta con esa parte leve de la vida con la que nunca, dice, debe perderse la sintonía. Cuando le devolvieron los documentos en el último control, el de los pasajeros que viajaban a Estados Unidos o Puerto Rico (como era su caso), fue directamente al baño. Llevaba dos horas aguantándose y estaba a punto de orinarse. Prefirió entrar a un cubículo con puerta para poder sentarse. Su madre lo acostumbró desde pequeño a orinar sentado para que no le ensuciara el baño. Le desagradaba encontrar la tapa del inodoro subida y los restos de un chaparrón de pis en el suelo. Se lavó las manos, agarró sus cosas cuidadosamente ubicadas en el espacio menos sucio a la vista y se fue a sentar en lo que comenzaba el embarque. Allí, viendo el trajín de la pista a través del vidrio, carritos llevando maletas, mangueras de gasolina, técnicos verificando ruedas y frenos, aviones despegando… le entró el frío olímpico. El viaje ya era inminente y su vida dependía de los pilotos que en ese momento se dirigían al avión con sus maletitas de mentira, perfectamente uniformados y hablando entre ellos distendidamente, con la seguridad de quien conoce su oficio mejor que nadie. Él imaginaba que dentro de esas maletas solo llevaban una muda de ropa, pijamas y el neceser. Para qué más si su vida transcurre la mayor parte en el aire. Mirándolos, intentaba adivinar si habían bebido alcohol o si tenían cara de haber dormido poco.

Para su sorpresa, las veinteañeras de la mesa del Mcdonald’s también iban a Puerto Rico. Entonces se hizo el loco y se fue a sentar más cerca de ellas.Sin olvidar su aerofobia, se entregó por completo a los placeres de esa primera —y posiblemente última— conversación en la que, sabiendo que no hay nada que perder, cualquier relato es válido para crear la mejor versión posible de uno mismo, eso que su mejor amigo suele llamar “el representante”. Como era de esperarse, ellas quedaron obnubiladas ante tanta gracia caribeña y atractivo boho-chic de mediana edad. Un guionista de cine, poeta de puertas hacia adentro y devoto fiel de los malditos y Nick Cave, que prefería las Converse y el romanticismo del viaje largo y tedioso en autobús antes que la modernidad del avión. “Créeme que si existiera una autopista que cruzara el Atlántico, yo sería el primero en usarla”. Y no estaba mintiendo, solo que en el contexto en el que lo decía, parecía más un nostálgico de los roadtrips iniciáticos que un miedoso incurable obligado a viajar en avión.

Para qué decir, tampoco, que era un guionista frustrado, atrapado detrás de una barra sirviendo copas y con un jefe neurótico y negrero que le prometió los papeles de trabajo y nunca se los dio; que compartía un piso con dos estudiantes de licenciatura a los que todavía les iba más el botellón y coleccionar polvos, porque su novia, con la que vivió los últimos siete años, decidió un día que perseguir un sueño era la excusa de los perdedores que todavía a los cuarenta años no sabían qué hacer con su vida. 

Entonces sonó por el altavoz la voz que anunciaba el embarque. Y todos, incluido él y las tres chicas de la mesa del McDonald’s, ocuparon el lugar correspondiente en la procesión que los llevaría hasta el avión. Hacía un día peronista, como decía su padre, un argentino que por circunstancias insospechadas de la vida, terminó en la isla a principios de los setenta. El cielo azul brillaba más que nunca y las alas de los aviones estacionados resplandecían con el sol de mediodía que las bañaba como lluvia de escarcha. Al fin y al cabo le pareció un buen día para volver definitivamente a su casa. ♦︎

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