El mejor homenaje para Frank Little

Funeral de Frank Little, 1917. Foto: Walter P. Reuther Library, Archives of Labor and Urban Affairs, Wayne State University.

¿Cuántos lugares habrá en el mundo con el nombre de una persona? Calles, plazas, estadios, aeropuertos, lo que sea con el nombre de alguien a quien se honra de tal manera. ¿Cuántos? Una infinidad, ¿verdad? Y sin embargo, no hay siquiera tal honor para tantos héroes verdaderos. Uno de ellos, de los borrados de la Historia, es Frank Little, sindicalista norteamericano que murió linchado el 1 de agosto de 1917, cuando organizaba una huelga minera en Butte, Nevada.

El asesinato de Frank Little estuvo repleto de misterio, a pesar de que los motivos del mismo siempre se supieron. Cien años después el por qué sigue siendo la única información que no reviste ninguna duda, como dice la inscripción de su tumba: “Asesinado por intereses capitalistas por organizar e inspirar a los hombres”. Es lo único que está claro. Los hechos son imprecisos, fue secuestrado y torturado, pero se sabe poco más. Sólo que sufrió, eso seguro. La gran pregunta, el quién lo hizo, sigue sin responder. Se sabe que fueron seis hombres encapuchados quienes le secuestraron, pero no se sabe  cuáles eran sus nombres ni bajo órdenes directas de quién actuaban. Se ha llegado a especular que la agencia Pinkerton, experta en romper huelgas, estuvo involucrada, y que incluso el propio Dashiell Hammett —que trabajó para la agencia de detectives— pudo tener algo que ver o saber algo. La acusación sobre el escritor tiene un claro objetivo difamatorio y tergiversador. Qué mejor manera de borrar un crimen de represión sindical que involucrando a un conocido intelectual comunista. El rumor se basa en un comentario que incluye la actriz Lilian Hellman en sus memorias, donde dice que Hammett le confesó en una ocasión que le habían ofrecido cincuenta mil dólares por asesinar a Frank Little, pero que, obviamente, no había tomado parte de tal empresa y que tampoco había podido hacer nada por evitarla. No obstante, parece ser que el autor de El halcón maltés sintió siempre un profundo dolor ante tal historia. Cabe recordar que fue uno de los encausados por el Comité de Actividades Antiamericanas que rehusó declarar ante el tribunal y terminó en la cárcel. Su primera novela, Cosecha roja (1929) se ambienta en una pequeña ciudad minera de Montana, de nombre ficticio Personville, que bien podría llamarse Butte.

Frank Little.

Frank Little tenía 38 años cuando fue asesinado. Desde al menos diez años antes era miembro de Industrial Workers of the World, el sindicato más importante del país, ya por aquellos tiempos de sus orígenes. Durante los años de la Gran Guerra, Little era uno de los líderes centrales de la organización, de marcada referencia por sus posiciones antibelicistas. El estallido de la Primera Guerra Mundial y la participación de los Estados Unidos en ella propició un intenso debate táctico en la dirección del sindicato, que sacaba a colación el desarrollo de la organización y su estrategia general. Las posiciones de Little en aquellos debates fueron de un evidente internacionalismo proletario, consciente de que la guerra era una disputa entre capitalistas en la que los trabajadores solo tenían que aportar sus vidas como carne de cañón, y que la única opción era una oposición total a la participación en la misma, y el desarrollo exponencial del sindicato para, de esa manera, obtener un poder de sabotaje determinante desde la propia industria norteamericana. 

Los Estados Unidos entraron en guerra en abril de 1917 —el mismo mes que Lenin, en la otra parte del mundo, sentaba las bases que abrían el rumbo para el estallido revolucionario de Octubre, también con lemas de paz internacionalista, abogando por la salida de Rusia del conflicto—. Momentos clave de la Historia. En Butte, en enero de ese mismo año, solo unos meses antes, un gravísimo accidente en la mina había dejado 168 obreros muertos. Los trabajadores del pueblo se afiliaron masivamente a la IWW después de la masacre. La única opción que vislumbraban aquellos obreros para mejorar sus condiciones de vida pasaba por la unión sindical, por organizarse y luchar contra la compañía minera, Anaconda. Fran Little había llegado al pueblo para organizar esa lucha económica, pero también para extender su sentido de lucha a lo político, contra los intereses capitalistas puestos en liza tanto en las minas de Nevada como en la guerra en Europa. 

El 1 de agosto de 1917, la única persona que testificó haber visto con vida a Frank Little fue la dueña de la pensión donde el sindicalista se hospedaba. Fue ella la que atestiguó que seis hombres encapuchados se lo llevaron. Lo sacaron a golpes de su habitación, en calzoncillos, lo ataron al paracoches de un coche y lo arrastraron a las afueras de la ciudad. Lo encontraron ahorcado de un puente, con un cartel que decía: “Primera y última advertencia”. Y con unos misteriosos números escritos: “3 – 7 – 77”. Entre las múltiples teorías que trataron de explicar el significado de los números, la que más fuerza tiene es que hacían referencia a la identidad de otros líderes sindicales, como velada amenaza. 

Tumba de Frank Little, en Butte. Foto: Rory Carroll/The Guardian.

La brutalidad del hecho, unido al prestigio de la víctima, hizo crecer desde el minuto uno de su muerte la leyenda. Algunas historias cuentan que sufrió terribles amputaciones, torturas extremas. Su entierro, como lo atestiguan las fotos, fue masivo. Y si Anaconda terminó por hacer triunfar el miedo entre la población de Butte y de todas las minas de la zona, desde luego no fue para el día del entierro de Frank Little. Tal vez por aquella demostración, la represión sobre Little no acabó cuando le quitaron la vida, sino que se extendió después de ella a su familia y conocidos, perseguidos durante años. El recuerdo de Frank Little fue borrado a base de terror, el mero hecho de ser descubierto con una fotografía suya era motivo de persecución. Los Estados Unidos, en aquel 1917 que cambiaría el mundo, se demostraban ejemplo de la naturaleza estatal capitalista, una herramienta de represión de clase que adoptaba las medidas necesarias para mantener su poder. Cuando la mentira en los medios de comunicación no era suficiente, cuando la legislación no era suficiente para contener al movimiento obrero, cuando la policía no bastaba, se abrían paso en las sombras los métodos parapoliciales. Así era entonces y así ha sido siempre.

Recordar a Fran Little significa, por estas cuestiones, algo más que el reconocimiento a un héroe. Significa una toma de posición política. Que su nombre siga hoy en el olvido pone de manifiesto que el poder lo siguen ostentando los mismos que dirigían Anaconda o la agencia Pinkerton. Y que, por lo tanto, la única solución es ponerle fin a ese poder, para que las cosas cambien. Ese sería el mejor homenaje a Frank Little, algo mucho más grande que una calle o una plaza, seguir su lucha y hacerla triunfar. Unir y organizar. Ni más ni menos que el futuro en paz del mundo entero.

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