Chasin’ the bird

I

Pasaron unos cuantos días, y todo parecía ir bien, pero eso no me gustaba. Eso no indicaba nada bueno. Cuando las cosas parecen encaminarse hacia la dicha es cuando de verdad estás jodido, porque ni las cosas están en el lado bueno ni tú estás verdaderamente preparado para el golpe que vas a recibir. Es pura lógica, es pura ley matemática, no hay error. Es como si alguien se encargara de convertirlo todo en una tragedia, pero yo no soy un estúpido, y mucho menos un imbécil. Sé de lo que va todo esto.

La racha de buena suerte se alargaba; en el trabajo todo bien, el jefe era un buen tipo, aunque odiaba que llegase tarde. Yo siempre llegaba tarde, pero a mí no me importaba.

Por otro lado, había conocido a una chica en un club de la ciudad. Era una cantante de jazz muy buena, aunque trabajaba en una librería. Ella me regalaba libros de Artaud o de Gingsberg y en su tienda siempre sonaba Chasin’ the bird, y yo me sentía exactamente así estando con ella. Cuando podía, me quedaba allí simplemente hablando, y, a veces, incluso me bastaba.

Joder, incluso habían abierto recientemente un bar y un teatro justo al lado de mi casa, todo estaba bien, todo estaba demasiado bien. Tristán Vico venía de vez en cuando a casa, y yo iba más a menudo a la suya, y hablábamos de filosofía, de epicureísmo de existencialismo, o de Schopenhauer y bebíamos whiskey o ginebra o vino. Con nosotros, por aquellos días, y hacía ya un tiempo, conversaba y enriquecía nuestras iluminaciones Arthur F., un tipo algo atormentado, que intentaba por todos los medios conocer cualquier cosa que le resultase interesante. Arthur F. era un regalo del que él mismo no era consciente. Sin duda un tipo excepcional capaz de introducir un torbellino en tu memoria.

Un día, sin embargo, me sentí atado, y sólo quería desaparecer y hacer que el polvo de los andenes de las estaciones se convirtiera en fuego. Quería que los pájaros explotaran y se convirtieran en electricidad a punto de destruirme. Quería que sucediese algo, pero, al a vez, no quería que nada fuera capaz de tocarme o hacerme sentir nada. Quería ser un barco a la deriva. Comprendía en ese momento que el castigo estaba innato en todos nosotros. Simplemente no me sentía bien. Maldita sea. Me conocía demasiado bien a mismo. O al menos eso creía.

Chasin’ the bird nunca volvió a sonar, escapé de ello porque era lo que verdaderamente pensaba que me vendría bien, como una locomotora hambrienta que se lanza a una vía que cree suya. No sabría explicarlo, todo se acabó en ese sentido porque supuse que era lo que de verdad tenía que pasar, aunque a veces dudaba de ello. La mayoría de las veces no me importaba.

Un día desperté en casa, era fin de semana, y no tenía que trabajar, y no quedaba café y los cristales estaban empañados. Joder, menuda putada todo. Eso se empezaba a parecer de verdad al color de las cosas. Me vestí para bajar a por mi café, me miré en el espejo  y vi los mismos ojos hundidos de siempre. Me sentía a gusto. Traté de fumarme un cigarrillo pero todos los mecheros de mi casa estaban jodidos. Maldita sea, aquello era mi vida. Saqué cerillas de un cajón y procedí.

Acto seguido abrí la puerta, bajé a la tienda de la esquina, allí vendían café. Yo quería beberme mi café en mi casa y en calzoncillos, a gusto, mirando como la ciudad se tuerce a través de la ventana de mi habitación mientras escuchaba a Wagner. Conseguí mi café y subí las escaleras que conducían a mi hogar. Introduje la llave en la cerradura  y de repente no giraba. Me aseguré varías veces, esa era la llave correcta. No entendía qué demonios hacer. Volví a intentarlo en varias ocasiones, pero nada surtía efecto. Comencé a pensar en echar la puerta debajo de un golpe.

     —¿Qué haces tú aquí?

Miré a mi espalda. Era ella. En mi cabeza sonaba de nuevo la dichosa melodía.

     —¿Y tú? ¿Qué haces tú aquí?

Me miró como incrédula, y yo no entendí absolutamente nada. Todo aquello me parecía una obra folletinesca y cómica, una bufonada sin sentido.

     —Entrar a mi casa —abrió la puerta que yo, incesantemente, había intentado penetrar y se introdujo dentro.

     —¡Eh! ¿Qué coño haces? Abre la puerta, maldita sea —grité mientas nada sucedía.

No podía ser. ¿Qué hacía? Todo era muy raro. Bajé las escaleras del edificio y cuando llegué a la puerta había un gran abismo que no me dejaba proseguir. Traté de mantener la calma. ¿Quién era esa chica realmente? No la conocía.

     —¿Quién es esa chica realmente? No la conoces.

Unos ojos azules me hablaron, pero realmente no estaban en ningún lado, aunque sabía que esas palabras tenían lugar y se dirigían directamente a mí.

Se me acababa la saliva en el vértice del infinito.

     —¿Quién es esa chica realmente? No la conoces —repetían aquellos ojos

     —¿Y tú? ¿Quién eres tú?

     —Ojalá pudieras verlo como puedo verlo yo —me respondían esos ojos que en realidad eran ella.

Golpee de nuevo la puerta, traté de abrirla una vez más, pero no había manera.

Si había alguna forma de convertirse en el rayo, debía de encontrarse muy lejos.

II

Cuando llegué a casa ya no era hora de beber café. Ya no era hora de hacer absolutamente nada.

El aire se agolpaba minuto a minuto en los suspiros de la boca del estómago. También hacía frío y los lugares de la memoria se mezclaban con el estupor del medio día gris.

Había llegado hasta allí, pero el camino había sido largo, y casi sentía una orden superior que me mandaba desfallecer, pero me negué a aceptarlo.

Esperé a mi brebaje. Me senté junto a la ventana y empezó a dolerme la cabeza. Maldita sea, aún no se había ido aquello, pero podía ver la carretera contorsionarse al paso desde allí. Podía sentir la tensión a cada centímetro.

Aquella era la historia de siempre, y la puerta de casa, al no cerrarse bien, golpeaba una y otra vez. Pum. Pum. Pum…

Traté de que no me importara, nadie iba a entrar allí. Hacerlo podría costar la locura.

En ese momento comencé a oler a gas, y pensé que, quizá, no había puesto bien el café a hacer. Por un momento vi cómo mi casa saltaba por los aires. Puede incluso que lo llegase a sentir, aunque no estoy del todo seguro.

Se encendió la radio: This is Charlie Parker’s band, this is Chasin’ the bird.

En ese momento comprendí que jamás podría escapar de toda aquella puta mierda, y que, realmente, no era aquella chica lo que me gustaba. Algunas farolas, a lo lejos a través de la ventana, se encendían, como una extraña señal.

Las calles se volvían oscuras. Joder, ¿Qué hora era? Me levanté y fui a la cocina. El café seguía sin hacerse. Me aproximé a la puerta de casa y entró un extraño olor alcantarillado, gas y electricidad. La cerré y volví a mi lugar. Tenía hambre y la puta radio se había apagado. En ese momento me sentí más solo que nunca en mi vida. Un directo al esófago. Maldito seas Bird. Out of nowhere. 

Entré al cuarto de baño, me eché agua en la cara y me senté en el wáter. Aquella fue mi mejor obra de arte en mucho tiempo, sin duda. Me lavé las manos cuidadosamente y vislumbré todos mis movimientos como los de una tormenta a punto de arrasar la ciudad más bella del mundo, si es que eso existe.

Al salir, alguien forcejeaba la puerta como tratando de introducir una llave en la cerradura. El dolor de cabeza incrementó junto con el olor a gas. Apagué la cafetera y pegué la oreja al pecho de la muerte. No oía nada, nada iba a emanar de ahí, y, por otro lado, no iba a oponerme a que nadie entrase.

A través de la puerta oí la voz de un hombre conversando con una mujer:

     —¿Qué haces tú aquí?

     —¿Y tú? ¿Qué haces tú aquí?

     —Entrar a mi casa —dijo la mujer.

En ese momento la puerta cedió, y no había ojos azules por ningún lado ni ninguna explosión que lo desintegrase todo. Me sentí muy decepcionado con todo. Maldita sea, había vuelto a perder. ♦︎

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies