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Como cada mañana desde que él se fue, Jade fregaba los platos al levantarse. La ausencia le quitaba el hambre, no había otros desayunos que preparar ni tampoco sábanas que cambiar tras quedar empapadas por el sudor de los amantes. Fregaba la copa de vino de la noche anterior, los platos donde se había servido alimentos sintéticos y un biberón que le había regalado su médica, por si acaso. Al verlo entre sus manos, lo apuntó hacia la panza de cinco meses que comenzaba a pelear con el borde del fregadero. “Apuesto a que cuando nazcas él no estará”, dijo en voz baja sin poder contenerse, perfeccionando el arte de hablar consigo misma.

Después contempló el cielo azul, engañándose al pensar que él también estaría viendo el mismo, tumbado en alguna selva lejana a muchos kilómetros. Seguidamente acarició con su mano la maceta de hierbabuena que reposaba en un estante y roció su nariz de aquel aroma que, potenciado por el viento que penetraba por la ventana, la sumergía en algún momento de su infancia, libre de tensiones y crueldades, de los amores que siempre necesitaban poner distancia de por medio en aquel tiempo, aquel de pesimismo, de incertidumbre, de sueños compartidos. Por las venas de Jade corría sangre nigeriana, inglesa, nipona, francesa… Apenas lo recordaba, especialmente en una época en que el mundo parecía más lejano y confundido que nunca.

La noche había caído sobre la playa y la naturaleza parecía ser una vieja anfitriona que había conseguido echar a unos huéspedes insolentes. Aquel respiro le permitía desplegar su vestido por el mundo, sorprendiendo a los visitantes con nuevas flores y aromas. Tras la espalda de Gabriel flotaban luciérnagas, y el mar parecía teñirse de brillos azules a pesar de la oscuridad de la noche. En ocasiones, olvidaba llevarse la mascarilla a los labios, recordando que más de un compañero pereció durante la expedición a causa del mismo despiste. En aquel único momento de descanso, cuando las plantas medicinales que vinieron a buscar no eran visibles entre los manglares y palmeras, Gabriel recordaba los dos moños trenzados que Jade lucía en la cabeza y sus dientes blancos, fosforescentes entre las mejillas tostadas. Era entonces cuando parecía arrepentirse de su ambición, de la responsabilidad que él creía meritoria en lugar de estar allí, esperando junto a la mujer de su vida el resultado de sus pequeños triunfos.

     —Cuantas veces te habré dicho que tú y yo somos el presente, que ese lugar ya no nos pertenece —le decía Jade muchas noches, hasta volver a caer prisionera de sus ojos verdes. Sólo entonces ellos eran el presente, escocidos de placer y felicidad, sin preguntarse por los lugares que abandonaron o que, quizás, nunca visitarían. Como consuelo, Jade esperaba que, al menos, su marido pensara en ella desde aquella selva. “Vuelve pronto para quedarte”, volvía a susurrar, con los ojos perdidos en el cielo sospechoso. Sí, el amor parecía ser algo mucho más poderoso en Ciudad Incertidumbre y, como tal, más necesario. Al mismo tiempo, la ambición también lo era, aunque el número de la insignia de Gabriel demostrase que seguían siendo títeres de un Dios más ocioso que nunca.

Durante aquellas noches solitarias en los contornos de una selva perdida, Gabriel parecía aceptar la naturaleza de la situación. Llevaba muchos años esforzándose con tal de sentirse orgulloso de sí mismo e inspirar confianza en unos ancestros cuyos fantasmas debían vagar por algún lugar bajo aquel mismo cielo. Y ahora, sin embargo, él sería padre de un bello mulato de ojos verdes; estaba seguro. Pero le podía la ambición, la obsesión por el progreso que aún arrastraban los hombres, llevándoles a reducir el amor a un segundo plano sin saber que era lo único que les quedaba. A medianoche, su cabeza era un huracán de culpa y verdades; entonces miraba al cielo, esperando ver uno de aquellos destellos. Cuando conseguía verlo, Gabriel suspiraba y volvía a pensar en Jade, quien desde aquella astronave de cielos teñidos que ansiaba un planeta a miles de kilómetros de distancia seguía diciéndole que el presente allí era más valioso que nunca, pues la Tierra era un juguete roto y el futuro quedaba a años luz de sus posibilidades. ♦︎

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