Va sopa…

Taje miró el reloj por quincuagésima vez aquel día. La esquina se presentaba triste, cansada, aturdida y melancólica. Era una buena esquina después de todo. Vaciló un momento mientras recordaba los días pasados en aquella esquina, mientras veía acercarse, cual bólido, a la última combi de la tarde. Su turno ya había terminado, las dos monedas de 20 céntimos de sol cayeron pesadas sobre sus manos, pero por fin, había completado los 20 soles diarios necesarios para la casa. Total, mañana sería otro día.

La taciturna apatía del mundo a su alrededor ya lo había contagiado. Su rutina se le presentaba amorfa, gris, lineal y vacía. Qué podía esperar de aquella esquina, más que las monedas doradas que poco a poco iban configurando la diferencia entre comer y mendigar, vestirse o desnudarse, beber o morir. Tenía sentido aquel trabajo que le había deparado el destino de una frustrada carrera universitaria y la necesidad perentoria de supervivencia. El proveer lo necesario a su familia le había impuesto la necesidad de entregarse por completo a aquella ocupación de apuntador de combi, que le permitía ir más allá de la simple necesidad vital de subsistencia.

El calor había estado fuerte, cansado, hiriente por la mañana, le había dejado secuelas en los jirones de camisa que llevaba. El sudor fuerte había traspasado ya la delgada tela y junto a la piel tenía una sensación de suciedad y angustia. Ya en la tarde, la ligera brisa limeña empezaba a castigar inclemente, empezando a perforar con impiedad los poros de su piel, que poco a poco se iban llenando de humedad y frío. Nunca había podido evitarlo, el calor inexorable en la mañana y el frío de la tarde, eran una combinación inexorable a la enfermedad, como si la calle se hubiera propuesto atacarlo inmisericorde para que abandone aquel puesto, ya profanado.

Se divertía mirando con detenimiento los rostros de aquellas personas aprisionadas en aquellas combis. Jamás había podido encontrar una sonrisa, jamás había podido encontrar una esperanza. La desazón en aquellas miradas era notoria, la presión, la angustia, el miedo se reflejaban. Era como estar sentado frente a una gran vitrina en movimiento, por la cual desfilaban todos aquellos seres anónimos, siempre mirando al vacío, absortos en su propia individualidad, renegando del otro, como si el largo camino se hiciera cada vez más extenso y el descenso de aquella prisión era lo más parecido a la libertad que alguna vez pudieran experimentar.

Tenía fe sin embargo, que algún día, según palabras del poeta, iba a encontrar la irrupción de lo maravilloso en su vida. Confiaba entonces en que aquello sucedería alguna vez, determinando tal vez, el cambio tan anhelado en su diminuta existencia. Esperaba que de repente surgiera de las profundidades del vacío que lo rodeaba, una luz, una señal, una esperanza que le devolviera un halo de significado a su monótona rutina. Nunca supo por qué siempre se abandonaba a estos pensamientos. Sus amigos, sus pares de esquinas similares, disfrutaban encandilados sus pingües ingresos que les permitían disfrutar de las necedades y placeres mundanos. Era suficiente pensaban. Pero Taje quería más.

Una pequeña corazonada lo hizo detenerse, suspiró profundo y dirigió la mirada como siempre a las ventanas de aquella combi. Una más, vieja, destartalada, inhumana, casi un traste con ruedas, y fijó la mirada en la que por entonces se le antojo una de las mujeres más hermosas que había visto. Se fijó con detenimiento en los delicados contornos de su rostro, la mirada que con suavidad se proyectaba en el vacío, el pelo negro, azabache, recogido en cola de caballo, la perfección de la silueta, la ternura del conjunto lo dejó por un momento petrificado.

Imaginó entonces mil y una situaciones en su vida, parecidas a esta, la muerte tal vez, podría comparársele. Detenido, inmóvil, los pocos segundos que sabía que iba a durar el éxtasis de la contemplación, los disfrutó a plenitud, ya que ese instante, como todo en la vida, sería destruido por el tiempo. Su corazón quería detenerse en aquel momento, quería que el mundo a su alrededor se detuviera, para en su contemplación, perennizar todo el placer y el goce que una existencia banal puede experimentar. Sabía que la irrupción de un ser tan irreal y etéreo, sería fugaz.

Por un momento, empezó a transmitir mensajes mentales a aquel divino ser, asumiendo, como asumen los amantes, que podría comunicarse con ella, evitando el engorroso y aburrido uso de las palabras. Se asombró de aquel profundo efecto que había tenido aquella experiencia y se resignó a su pronto final.

La combi acabo de desembarcar y embarcar pasajeros, ¡Va sopa! escuchó a la distancia, mientras sentía que el vehículo se empezaba a mover. Taje suspiró sin apartar la mirada de aquel ser, cuando de pronto, aquella mujer, con un mohín de coquetería, le dirigió los ojos en abierto desafío a su atrevimiento. Taje consideró que si la muerte tendría que venir a terminar la apatía de su vida, ese era un buen momento. Más, los pocos segundos de aquel instante podrían aún depararle una sorpresa. La combi empezó a moverse alejándose inexorablemente de Taje. Estuvo tentado a correr, a seguirla, a intentar alcanzarla, a postrarse de rodillas y convertirse en un nuevo adorador de aquella divinidad etérea y diáfana que ante él se presentaba; pero algo entre su razón y sus rodillas se lo impidió.

Algunos metros más allá, la seria mirada imperturbable de aquella aparición, se transformó en una coqueta y delicada sonrisa, que convirtieron aquellos pequeños segundos en un instante interminable de placer casi cercano al pecado. La mirada penetrante, y la sonrisa transparente y lúcida le eran devueltas como un presente inconmensurable que convirtieron aquel instante en infinito, un momento que en su simplicidad, justificaba el difícil trance de estar vivo.

Taje asimiló aquel instante, aquella sonrisa, aquella mirada, se regocijó asimismo y pensó que tal vez la irrupción de lo maravilloso, en su vida, era posible. Todavía temblando, recobró poco a poco el dominio de su ser, y entendió por qué el destino lo había llevado a aquella esquina, tal vez para experimentar en una mirada y una sonrisa, todo lo bueno que el mundo puede revelar.

Taje volteó, otra combi se acercaba, se acercó a la puerta y dijo: ¡Va sopa con 20! ♦︎

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