‘Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band’, o el fin y nacimiento de The Beatles

En siete años, solo siete, grabaron trece discos de estudio. Y lo cambiaron todo, en lo que se refiere a la música popular, y también en algunas otras cosas más allá de los estribillos pegadizos y los gritos afinados. Son los Beatles. En presente, nunca en pasado. De hecho, mientras estuvieron activos en aquella vertiginosa década breve de sus años 60, bastantes veces en futuro.

Desde el lanzamiento de su primer álbum de estudio, el Please Please Me —año 1963, vociferando “que venga, que vamos… que Twist and Shout!”—, hasta Revolver, tres años después, los definitivos cuatro de Liverpool no habían parado de dar vueltas por el mundo, volviendo loco a buena parte de éste y a la industria discográfica en concreto, a parte de la cual, ya de paso, habían hecho muy rica. Después de casi cuatro años de giras sin descanso, los muchachos se habían hecho casi hombres y empezaban a estar un poco hartos de sí mismos. Necesitaban dejar de ser The Beatles, aunque aún no lo sabían. La ira de Imelda Marcos y el Ku Klux Klan quemando sus discos les hicieron decir: Stop! Y cada cual se fue unos meses por su lado, George se fue a la India a tocar el sitar, McCartney se puso a hacer bandas sonoras para el cine —nunca ha perdido el tiempo—, Lennon se fue de museos y se encontró con Yoko Ono, y Ringo —siempre el mejor— se fue de vacaciones con su mujer y su hijo. ¿Quién era el puto genio? Bueno, ese es otro tema… El caso es que el fin de la gira y el par de meses de desconexión les vinieron de perlas para dejar de ser ellos mismos. Sin vuelta atrás. Se metieron en el estudio con fuerzas, a por su octavo álbum. Allí murieron los Beatles, allí nacieron los Beatles: los cabronazos hicieron un disco tan diferente a todo, tan diferente a ellos mismos, que incluso cambiando de nombre —conceptualmente— crearon el mito que son hoy. Los Beatles se convirtieron en Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. El álbum fue considerado, en 2003, el mejor de todos los tiempos por la Rolling Stone.

Portada de Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band, por Peter Blake.

Importan poco los títulos póstumos, siempre tan caprichosos, siempre tan interesados. Hay que escucharlo. Y ya está. Ahí se encuentra todo y se comprende lo que significó entonces, lo que significa hoy y lo que significará mañana el Sgt. Pepper’s. Ya lo dijimos, nunca en pasado, siempre presente y futuro. Sus trece canciones incorporaron, en conjunto, lo que empezarían a ser los álbum-concepto de corte narrativo. Ya en Revolver los Beatles habían avisado del cambio, de su maduración; es más, lo habían empezado a hacer en Rubber Soul. Había ido avanzando la psicodelia y una instrumentación exótica. En Sgt. Pepper’s se confirmó y explotó todo, trastocando mucho más que la música. No solo eran nuevas las canciones, sino todo lo que rodeaba al disco. Revolver había incluido en su portada un dibujo, rompiendo ya convenciones sobre el uso de fotografías. Pero Sgt. Pepper’s dinamitaría todo lo visto en el revestimiento de un álbum pop, con la portada collage de Peter Blake, la más famosa y emulada de la historia.

Los acordes de la hermosísima With a Little Help from My Friends quedarán para siempre. No habrá nadie en el mundo que no sienta la tentación de cantarle, a la mínima ocasión, el estribillo de Lucy In The Sky With Diamonds a alguna Lucía. Cómo no sentirse mejor, en efecto, al escuchar Getting Better. Y cómo no echar a soñar con la grandeza de A Day In The Life y pensar que ojalá todas las cosas del mundo acabaran tan bellamente como este disco del Sargento Pimienta y su banda de corazones solitarios, también conocidos como The Beatles.

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