Santos locos: seis escritores en el frenopático

Antes de inmortalizarlo en el Max Estrella de Luces de Bohemia, Valle-Inclán dijo de Alejandro Sawa, maldito patrio por antonomasia, que había muerto loco, ciego y furioso. Como él, muchos otros escritores acabaron sus días perdidos en las tinieblas de la vesania. Se trata de un destino bastante común en el seno de la profesión. Dejo la elucidación de las razones para ello en manos de los especialistas. He aquí solamente una nómina, en absoluto sistemática, de algunos de los más renombrados chiflados que habitan el Parnaso literario.

Antonin Artaud / Foto: Man Ray.

El Divino Marqués de Sade pasó los últimos años de su agitada vida en el manicomio de Charenton, previo paso por el de Bicétre —y por casi todas las cárceles de la Francia prerrevolucionaria, revolucionaria y napoleónica—. Si bien es cierto que hay documentados unos cuantos episodios paranoides, éstos no se antojan tan extraños habida cuenta de la implacable persecución a la que se vio sometido desde casi todas las instancias —incluida, y con especial inquina, su suegra, a iniciativa de la cual fue encerrado durante trece años, primero en Vincennes y luego en la Bastilla—. Si Sade dio con sus huesos en Charenton, diagnosticado de demencia libertina [sic], no fue porque estuviese aquejado de una enfermedad mental propiamente dicha, sino a causa de la peligrosidad de unos escritos en los que, más allá del detalle con que desgrana la variada gama de perversiones y parafilias que le han dado fama, hace una sátira corrosiva de la sociedad de su época, atentando contra la virtud, sí; pero, sobre todo, contra el pensamiento dominante del que ésta siempre es hija.

Quien sí dio motivos médicos sobrados para su confinamiento en el frenopático fue Guy de Maupassant. La sífilis contraída a raíz de una vida plagada de excesos devoró la mente del más aventajado discípulo de Flaubert, notable representante —aun a su pesar— del naturalismo, y maestro del relato corto. Tras intentar degollarse fue internado en la clínica del Doctor Blanche. Hay quien afirma que convendría conceder buena parte del mérito de su impagable aportación a la literatura de terror —El Horla, entre otros— a su progresiva caída en los abismos de la locura. No sé si por mi parte diría tanto; aunque permítanme añadir un rendido que le quiten lo bailao.

Otro al que la sífilis convirtió en una acelga fue Friedrich Nietzsche. Y eso que el filósofo del martillo albergaba una inclinación muy relativa, por no decir nula —por no decir que la mera idea le horrorizaba— hacia las relaciones sexuales. Abundan, de hecho, las especulaciones acerca de una posible homosexualidad reprimida. Aparentemente, sólo tuvo conocimiento carnal en una ocasión, durante la visita a un burdel con sus camaradas del servicio militar. La experiencia le repugnó. Y cogió el chancro. Como se ve, los hay con puntería —francotiradores, pentatletas, los arqueros ingleses de Crécy—, y ya fuera de concurso tenemos a Nietzsche. Tras el sonado incidente del caballo, su madre primero y después su hermana se hicieron cargo del infeliz profeta del superhombre, cuyo reino fue cada vez menos de este mundo, hasta expirar casi con el siglo.

Falso loco igual que Sade fue Edgar Allan Poe. Porque la fama de borracho perturbado que le ha acompañado desde el día mismo de su muerte es fruto de la difamación llevada a cabo, de modo sostenido y sistemático, por su albacea literario (!), Rufus Wilmot Griswold, resentido con Poe tanto en lo profesional —también él era escritor— como en lo personal —estaba celoso de la relación, en principio meramente platónica, de éste y Frances Sargent Osgood—. Sin importar la mucho mayor credibilidad de que se adornan las decenas de biografías posteriores, la interesada y deliberadamente manipulada semblanza que realizara Griswold parece haber quedado en el imaginario colectivo para siempre. Claro que, el enigmático final de Poe —desorientado y errabundo por las calles de Baltimore, vestido con ropas que ni siquiera eran suyas—, no ayuda, precisamente, en la rehabilitación que todavía se le debe.

Francés como Sade y Maupassant es el penúltimo de los santos locos traídos hoy a colación. Si esta nacionalidad es mayoritaria en nuestro breve catálogo, ello responde exclusivamente a una casualidad estadística; nada más lejos de mi ánimo que establecer relación de causa-efecto alguna. Hablo del dramaturgo Antonin Artaud. En su creación del llamado teatro de la crueldad sí parece haber jugado un papel fundamental su propia, terrible peripecia vital —una inacabable procesión por instituciones mentales, terapia electroconvulsiva y adicción a una heteróclita gama de sustancias nefandas— que se remonta a una más que probable neurosífilis heredada de sus progenitores. Precursor del teatro del absurdo, su revolucionaria aportación al género parece querer hacer pasar al espectador por una experiencia torturadora si no similar, sí al menos análoga a los reiterados suplicios a que él fue sometido por una cáfila de encarnizados psicópatas amparados bajo el turbio manto de esa psiquiatría primera que tanto tenía de curandería.

Una admiradora y traductora de Artaud constituye el punto final del artículo. El de Alejandra Pizarnik es un nombre habitual  en cualquier ranking de modernos malditos que se precie. Atormentada por una avalancha de complejos desde muy niña, creció como adolescente (especialmente) problemática —más aun en la Argentina de los 50— hasta convertirse en una adulta maníaco-depresiva enganchada a todo tipo de psicofármacos. Tras dos intentos frustrados de suicidio, ingresó en el psiquiátrico de Buenos Aires. Aprovechó un permiso para hacer honor al dicho de que a la tercera va la vencida. Tenía 36 años.

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