Rafael Nadal, explorando los límites de una isla solitaria

Rafael Nadal ganó su décimo Roland Garros y demostró que nadie sabe estar solo como él. Se puede tener un saque inapelable, un resto expeditivo, un drive de vértigo, un revés imprevisible. Se puede contar con unas piernas de titanio y un corazón mastodóntico. Pero si no sabe qué hacer con la soledad, un tenista está perdido. 

En el primer capítulo de sus memorias —Open (2009)—, Andre Agassi, con la inestimable ayuda del escritor J.R. Moehringer explica por qué el tenis es el deporte más solitario:

«En el fragor de un partido, los tenistas parecen locos en un plaza pública, que despotrican y maldicen y celebran debates con sus álter ego. ¿Por qué? Pues porque el tenis es un deporte muy solitario. Solo los boxeadores pueden entender la soledad de los tenistas, y aun así ellos tienen a sus asistentes sentados en las esquinas, además de los mánagers. Incluso el oponente del boxeador le proporciona una especie de compañía; es alguien a quien puede encararse y al que puede gruñir. Pero en el tenis te plantas frente a tu enemigo, intercambias golpes con él, pero nunca lo tocas ni hablas con él, ni haces nada con él. Las reglas prohiben incluso que el tenista hable con su entrenador cuando se encuentra en la pista. A veces se compara la soledad del tenista con la del corredor de fondo, pero yo no puedo evitar reírme. Al menos ese corredor puede oler y sentir a sus contrincantes. Se encuentra a escasos centímetros de distancia. En el tenis, estás en un isla. De todos los deportes que practican hombres y mujeres, el tenis es el más parecido a una reclusión en régimen de aislamiento que, inevitablemente, propicia la conversación con uno mismo».

Rafael Nadal, segundos después de ganar su décimo Roland Garros.

Yo no sé qué cosas se dirá Rafael Nadal cuando está en su isla, pero hacen que no sucumba a la soledad. A juzgar por los resultados, más bien parece que disfrutara de ella. Mira al horizonte, contemplando la belleza de las vistas y se alegra de tener esa atalaya para él solo. Después de ganar su décimo Roland Garros está en lo alto de una montaña con vistas a los cuatro mares. Pocos han visto lo que él ve, porque se cuentan con los dedos de una mano los jugadores que pueden decir que salieron triunfadores en los cuatro Grand Slams, aparte de Rafa: Roger Federer, Novak Djokovic, Rod Laver y Andre Agassi. Los mejores, o al menos los más versátiles. Los que fueron capaces de llegar hasta el final y vencer sobre cualquier superficie. El mérito se entiende mejor si se atiende a las ausencias de tan selecto grupo. El enorme Pete Sampras —tercer jugador con más Grand Slam— no fue capaz de tomar la tierra batida de París. Bjorn Borg no pudo hacerse jamás con un Open en pista rápida. A Ivan Lendl le faltó la hierba de Wimbledon. A McEnroe se le resistió Australia durante veinticuatro años de carrera.

Las estadísticas y las clasificaciones, en todo caso, importan poco. Se puede atender a los jugadores que lo ganaron todo, o a los que más títulos de Grand Slam suman, o al número de semanas en el número 1 de la ATP. Los mejores tenistas, a fin de cuentas, son los que son y todos se caracterizaron por combinar talento y fortaleza mental. Cuando Nadal cerró 2015 sin conquistar ningún Grand Slam, rompiendo una tradición de diez años, muchos pensaron que el fin del de Manacor estaba cerca. Las lesiones “corporales” le habían terminado por arruinar una temporada entera. Pero una lesión “mental”, como él mismo la calificó, puso en riesgo la continuidad de su carrera. Sin embargo, una vez más, Nadal se repuso. Es esa capacidad de saber estar solo en una isla, con todo en contra, y salir adelante, lo que caracteriza a los grandes tenistas. 

Cuando Agassi se proclamó campeón del Open de Australia en 2003, con 33 años, fue el tenista de más edad que lograba un Grand Slam. Cuando con 35 años se plantó una vez más en la final del US Open se consideró una anomalía absoluta. Pero la anomalía más grande del tenis estaba por llegar. En las páginas finales de sus memorias, el de Las Vegas define claramente lo que el tenis estaba alumbrando por aquellos días de su final: una hecatombe con nombres y apellidos, los de Roger Federer y Rafael Nadal. Sobre Federer dice: «casi todo el mundo tiene puntos débiles; Federer no». Sobre Nadal: «Nadal es una bestia, un fenómeno, una fuerza de la naturaleza, el jugador más fuerte y a la vez el más grácil que he visto en mi vida». 

Al final resultó que Federer sí tenía un punto débil: Rafael Nadal. Pero igualmente Agassi tiene razón en lo que dice. El asunto es que el Open de Australia 2017 lo ganó Roger Federer, con 35 años, disputando cinco sets frente a Rafael Nadal. Y que el Roland Garros 2017 lo ganó Nadal, con 31. Son los dos jugadores que más Grand Slam tienen de la historia, los dos mejores de todos los tiempos. En esto no hay duda. Y han coincidido en el tiempo. A ambos, como a Agassi en su momento, los desahuciaron y ahora están de vuelta. Lo que hubiera hecho cada uno de ellos si no hubiera existido el otro podría presuponerse una auténtica escabechina en esta última década. O quizás no. Quizás sin el otro, ni Nadal ni Federer hubieran sentido ese afán de superación. Por si fuera poco, cabe decir que el cuarto tenista con más Grand Slam de todos los tiempos también ha coincidido con ellos, Novak Djokovic —que acaba de cumplir los 30—. Es la era más bestial, más loca y más hermosa de la historia del tenis. Por eso mismo adquiere extraordinario valor cada uno de los títulos que suman estos grandes tenistas. Es muy posible que jamás se vuelva a ver nada igual.

El espectáculo que dio Nadal en su décima final y décimo triunfo en París define bien el tipo de deportista que es y el paradigma de tenista genial que ha encumbrado esta época: jugadores que son Robinsones. Nadal jugaba al tenis frente a un oponente experimentado y talentoso, como Stan Wawrinka, que sabe lo que es ganar más de un Grand Slam. Y sin embargo Nadal devolvió golpes ganadores a la carrera y sin mirar, dando la vuelta a todo lo esperado, explorando los límites de la pista y yendo más allá de otros, los mentales. Fuerte y grácil. Joven aún, en su isla.

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