Odette

Tras setenta y ocho días dejó de llover. El asfixiante manto de nubes fue desapareciendo lentamente como si alguien tirara de él; la luz comenzó a hacerse más cálida.

Odette abrió la ventana, asomó la cabeza y le sorprendió comprobar que su pelo azabache no se movía porque el viento había cesado. Se percibía un cambio en la atmósfera, ahora se respiraba de otra manera, el mundo olía diferente. Miró hacia el pedazo de cielo que se colaba a través de los edificios como por una grieta y una tímida e insegura sonrisa se dibujó en su rostro terracota al ver que entre las manchas de nubes que aún flotaban estaba aquel azul ya casi olvidado. Cerró los ojos y respiró.

Fotografía de Peter van Agtmael, Magnum Photos.

Dejó la ventana abierta y fue recorriendo el pequeño apartamento con entusiasmo abriendo las demás. Era imprescindible que el aire y la claridad llenaran la estancia. A continuación, se metió bajo la ducha. Después de frotarse a conciencia se quitó la espuma, que cayó resbalando por su piel. Cerró el agua, corrió la cortina, cubrió su cuerpo con una toalla blanca y enrolló otra más pequeña en su larga cabellera negra como el carbón. Al salir del baño caminó por el pasillo hasta el lugar en que se proyectaba un haz de luz, se detuvo allí durante unos segundos sintiendo el calor en sus pies desnudos y húmedos; las motas de polvo flotaban con parsimonia y por un momento imaginó que ella también acabaría flotando.

El sonido del interfono la devolvió a la realidad. Era el cartero. No entendía por qué le timbraba a ella a pesar de que nunca le traía una carta o una postal, ni siquiera un recibo del banco. Después de pulsar el botón del interfono que abría el portal, regresó con pasos ágiles por el pasillo y caminó hasta la habitación. Allí se vistió con lo primero que encontró; luego dejó las toallas colgadas en el lavabo y atravesando de nuevo el pasillo llegó al recibidor. Cogió las llaves, el móvil y salió dispuesta a caminar bajo el sol hasta que su cuerpo sintiera que comenzaba a realizar la fotosíntesis.

Todo estaba encharcado. Más de dos meses y medio de lluvias ininterrumpidas habían dejado un saldo de avenidas anegadas, coches sumergidos bajo el agua, casas inundadas e innumerables desperfectos ocasionados por filtraciones y goteras, además de cortes en el suministro de electricidad. El agua continuaba cayendo de los edificios, de las farolas, de los árboles. Algo llamaba especialmente la atención: había tanta luz, tanto color que parecía estar caminando por un mundo desconocido.

Se había mudado al barrio hacía exactamente setenta y ocho días, es decir, el mismo día que comenzó el diluvio. Ya no era una recién llegada, no obstante, sus vecinos continuaban mirándola de manera arisca, incómodos, siguiendo con atención sus movimientos; intentaba pensar que era debido al color de su piel, su altura inusual, la profundidad abismal de sus ojos, los destellos imposibles de su oscuro cabello.

Continuó caminando acariciada por el sol, dando pasos cortos y lentos, midiendo la distancia entre ellos y contando el tiempo que transcurría entre uno y otro. Era una mañana radiante; la temperatura, agradable. Se le hacía raro recorrer las calles de esa pequeña ciudad sin mojarse, sin que el viento la zarandease, sin ver los rostros de resignación de las personas con las que se cruzaba, cabizbajas y malhumoradas bajo la lluvia persistente.

Cuando se dio cuenta, ya era casi mediodía y decidió regresar. Al entrar en el edificio se dirigió a las escaleras pasando inevitablemente por delante de los buzones. Puso un pie en el primer escalón y se detuvo. Dio media vuelta. Del buzón correspondiente al apartamento 3-B asomaba un sobre marrón. Era su buzón. Extrajo el sobre y comprobó que, en efecto, iba dirigido a ella. Su nombre y dirección se habían imprimido en una etiqueta blanca que alguien había adherido al sobre. Lo giró, pero no había remitente.

Subió las escaleras con pasos firmes, con la confianza de quien cree que tiene todo controlado. Abrió la puerta haciendo girar la llave en la cerradura y entró en el apartamento inundado de luz. Se quitó los zapatos y se sentó en el sofá ubicado cerca de la ventana del salón. Albergaba serias dudas respecto a abrir un sobre de un anónimo dirigido a ella, pero finalmente le pudo la curiosidad. Tiró de la pestaña con delicadeza, introdujo los dedos y extrajo un cartón doblado por la mitad y atado con una cinta roja, formando así una especie de carpeta. Lo miró con extrañeza primero por un lado, luego por otro. Tiró de uno de los extremos de la cinta y deshizo el lazo. A continuación, separó ambos lados del cartón y en su interior encontró una figura de origami. La cogió entre sus manos con sumo cuidado y la observó con detenimiento. Se trataba de una rana. Estaba hecha en papel verde y cada pliegue parecía haberse realizado con la máxima precisión y destreza. Dejó el anfibio a su lado, en el sofá, y revisó de nuevo el interior del sobre, pero estaba vacío.

Desechó el sobre, el cartón y la cinta roja y colocó la figura de papel sobre la mesa auxiliar que estaba al lado del sofá. Decidió no darle mayor importancia al asunto, aunque le parecía sorprendente que alguien se hubiese tomado el tiempo y la molestia de modelar un trozo de papel hasta convertirlo en una rana y posteriormente enviárselo.

Los días soleados se sucedieron uno tras otro. Nadie parecía acordarse del larguísimo período de lluvias vivido recientemente. De las grietas del hormigón y del asfalto crecían hierbajos que se erguían hacia el cielo. La gente llenaba las calles y habitaba en ellas hablando, riendo, gritando. La vida era eso: relacionarse en espacios abiertos bajo la bóveda celestial, y respirar.

Unas semanas después, al regresar del trabajo, Odette encontró otro sobre de las mismas características que el recibido anteriormente. Después de emitir un chasquido, lo cogió, se lo puso debajo del brazo y subió las escaleras. Soltó el bolso en el suelo, se quitó los zapatos y tiró el sobre en el sofá. Había sido un día especialmente tedioso, de esos que pensaba que deberían ser borrados para siempre de la memoria. Fue a la cocina. Allí se sirvió una copa de vino y volvió al sofá, en el que se dejó caer derrotada. Se sentó al lado del sobre con las piernas cruzadas y bebió de la copa; retuvo el brebaje unos segundos en su boca, saboreándolo, antes de hacerlo bajar a su estómago.

No le gustaba haber recibido otro sobre igual. La misma etiqueta con idéntica letra, el mismo tipo y tamaño de sobre, el mismo sello y de nuevo sin remitente. Esta vez también pensó en no abrirlo. Tal vez sería mejor deshacerse de él. Le daba mala espina. El alcohol dilataba sus vasos sanguíneos, comenzaba a relajarse, a entrar en un agradable estado de alegre somnolencia. Al cabo de unos minutos decidió abrir el sobre. En su interior encontró otra figura de origami; esta vez, una ballena hecha de manera impecable con papel de color gris azulado. Suspiró, moviendo la cabeza de un lado a otro y luego la dejó en la mesa auxiliar, junto a la rana. Apuró el vino, se levantó, dejó la copa en el fregadero y caminó hasta el baño. Se metió debajo del agua caliente dejando que esta mojara su espesa cabellera y todo su cuerpo. Se quedó inmóvil durante unos segundos con los brazos apoyados en la pared antes de continuar con el ritual que la haría sentirse de nuevo un poco más humana. Salió del baño resuelta a acudir a la policía en caso de recibir otro sobre anónimo. Entró en la pequeña cocina y se preparó una cena frugal.

La primavera se hizo omnipresente. Estalló con toda su fuerza después del diluvio, lo hizo de una manera tan brutal que su sola presencia cortaba la respiración; demasiada belleza e intensidad.

Un día de abril Odette se quedó en casa. A media mañana timbró el cartero. Ella le abrió, como siempre, y momentos después llamó a su puerta. Le traía una carta certificada. Ella dudó antes de firmar y aceptar la entrega al ver que se trataba de otro sobre idéntico a los dos anteriores. El cartero buscó la manera más amable posible de hacerle saber a Odette que tenía prisa. Finalmente firmó y cogió el sobre de manos del cartero, quien se despidió con una sonrisa que duró un segundo.

Odette guardó el sobre en el bolso, cogió las llaves y el móvil y dio un portazo al salir. Atravesó el pequeño pueblo de un extremo al otro a un ritmo acelerado y con una expresión que hacía que sus ojos parecieran aún más profundos; era como la encarnación de una diosa iracunda dispuesta a desencadenar el peor de los tormentos sobre la humanidad. Su cabello parecía flotar en el aire, ondeando por la velocidad. Cada paso era como un trueno que hacía vibrar el suelo.

Las nubes volvían a cubrir el cielo, se movían a toda prisa; olía a lluvia, ese olor característico a tierra mojada que viene desde lejos impulsado por el viento irregular y alocado. Se lo tomó como un mal presagio. Se plantó delante de la comisaría, con una mano dentro del bolso sujetando con firmeza el sobre, sin atreverse a entrar. No sabía cómo le explicaría a la policía que se sentía acosada por un anónimo a quien se le daba muy bien el arte de la papiroflexia. Le parecía tan inverosímil que se quedó allí, como un mimo esperando a que alguien le eche una moneda.

Cayeron las primeras gotas, grandes y dispersas. Odette permanecía inmóvil. Los gritos y las sirenas hicieron que volviera en sí. Levantó la mirada del suelo y descubrió que estaba rodeada de agentes que la apuntaban con sus armas y, detrás del círculo que formaban, gente que gritaba y corría en todas las direcciones. No se dio cuenta de lo que pasaba hasta que un agente con el rostro deformado por el miedo le ordenó en repetidas ocasiones que dejara el bolso con cuidado en el suelo y levantara las manos muy despacio. Ella no reaccionó y continuó aferrada al sobre. Segundos después la abatieron.

Mientras se desangraba bajo la lluvia recordó que alguien le había regalado una grulla de papel cuando era niña. Aquel recuerdo que había permanecido oculto durante años hizo que abriera los ojos, sobresaltada; tosió, manchando sus labios de sangre, roja y brillante, precioso líquido por el que se le escapaba la vida. Había dejado las frías montañas donde habitaba su familia porque necesitaba vivir libre y sin miedo; había emprendido un largo viaje plagado de penurias huyendo del fanatismo y el terror hasta llegar al viejo continente; había conseguido un trabajo y algo parecido a una vida digna y, a pesar de no ser del todo aceptada, se sentía a salvo. Qué equivocada estaba. La sociedad de los derechos humanos, el respeto y la tolerancia la estaba matando. Los prejuicios, las fobias y paranoias de esa sociedad ejemplar la habían condenado a muerte. Esto era Europa.

Respiraba con dificultad, tratando de robar un poco más de aire a este mundo que estaba a punto de abandonar. Lo buscaba desesperadamente, como si de pronto se le hubiera olvidado respirar. Cuánto dolor, nadie es capaz de imaginar un dolor así; y cuánta frustración. Puede que ninguna muerte tuviera sentido, pero menos aun las muertes provocadas por la estupidez humana. Se sentía desvanecer. De un momento a otro desaparecería sin más como la niebla. Silente. Solo tuvo tiempo para un pensamiento más: la vida es una trampa mortal. ♦︎

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