Mirando al mar

Nunca he tenido claro cuál es el momento preciso para tomar una decisión. Creo que es algo que nadie sabe con la suficiente seguridad y nos movemos en un estado de equilibrio e incertidumbre que sólo el destino nos puede aclarar. El azar me ha llevado a acertar unas veces y otras me ha lazando hacia un estrepitoso fracaso.

Hace cinco años que tomé la decisión de cambiarlo todo. Acabar con lo que había sido toda una época y empezar otro capítulo. Sin nada planificado, sin previsiones, intentando restar futuro al destino, si es que eso puede llegar a hacerse más allá de una entelequia, un deseo o un espejismo. Pero necesitaba un cambio radical y mirar en otra dirección. Cambié la ciudad por la playa, el bullicio diario por el silencio, el paso de los minutos por el de las horas. La velocidad por la calma.

Fue una tarde del mes de noviembre, en la que había caído un torrente de lluvia y yo estaba terminando de dar la clase de Literatura a mis alumnos de tercer curso. Un golpe de viento abrió la ventana y entró un potente soplo de aire, dejando un fuerte y agradable olor a tierra mojada. La asociación de ideas, que coge caminos imprevisibles para la mente del hombre, trajo a mi memoria algunos versos del Himno a la noche, de Novalis. Entonces salí del aula sin decir nada y no he vuelto a regresar.

Fotografía de Harry Gruyaert, Magnum Photos.

Un poco de literatura no viene mal a los recuerdos. Realmente no se abrió la ventana de golpe, sino que literalmente se descolgó el marco casi tirando media pared sobre los alumnos. Tampoco entró olor a tierra mojada porque llevábamos más de cinco meses en los que no caía ni una gota de agua y, por otro lado, la gran cantidad de metros de asfalto que rodean al edificio en el que impartía clase, lo hacía prácticamente imposible. Y lo de Novalis… Lo cito porque era el libro que tenía sobre mi mesa de trabajo cuando me marché. Así es que no hubo nada extraordinario. Todo es siempre mucho más simple de cómo lo explicamos o lo recordamos. Pero de cualquier forma, ese fue el momento en el que lo dejé todo atrás y llegué hasta aquí. Alquilé esta casa en las afueras del pueblo, que está a cien metros de una playa intransitable y por cuya puerta pasa un camino mal dibujado entre arena y pedregales. Así es que no corro el riesgo de estar obligado a prestar atención a la buena vecindad. Sólo conservé mi viejo coche para poder acercarme al supermercado más cercano y coger víveres. A partir de aquí una rutina diaria y continuada. Una extraordinaria rutina que me ha proporcionado tranquilidad y equilibrio.

Al amanecer siempre me siento en el porche con una taza de café largo y todo el mar enfrente, hasta donde alcanza la vista. Podría decir que me quedo hipnotizado con el resbalar de las olas en la playa, pero eso sería disfrazar mis pensamientos de imágenes que sólo viven en las postales para turistas. La verdad es que ni las oigo, incluso hay días que ni tan siquiera miro al mar y, si lo hago, ni lo veo. Lo único que gasto es tiempo y consumo mucho silencio. Todo el que puedo. Cuando empieza a calentar el sol, a eso de las diez de la mañana, me doy una ducha fría. Es el resultado de muchos años de autodisciplina y que hoy se ha convertido en una costumbre a la que le encuentro cierto placer, sea la época del año que sea. Finalizada la ducha regreso de nuevo al porche, pero esta vez con un vaso de ginebra en una mano y, en la otra, la botella para ir reponiendo. Antes era más exquisito, pero ahora me da igual. Consumo de la que esté de oferta en el supermercado y, si no hay oferta, de la más barata. A cierta edad hay quien cree que han de cuidarse las calidades. Siempre hay opiniones para todos los gustos. Y así hasta que me vence el sueño y llega la hora de comer. Y se pasa el tiempo y se acaba el día, y llega la noche y punto y final hasta tener que comenzar de nuevo en tan sólo unas pocas horas.

Pero hasta la más simple rutina tiene fecha de caducidad. Siempre había alguien que pasaba en dirección a la playa y  pretendía iniciar una conversación que yo, con la más absoluta amabilidad, declinaba. Así, poco a poco, el contacto con los que iban en una dirección u otra fue limitándose a saludos cordiales y punto. Pero llegó el día en que eso también se acabó.

Siendo aún casi de madrugada, cuando la luz del sol empieza a salir y se mezclan los negros con los azules y los rojos, pasó por delante de la puerta una mujer caminando hacia la playa. Me dijo buenos días y yo la saludé haciendo el gesto de levantar la taza de café que estaba tomando en ese momento.

     —¿Eso quiere decir que me invitas a un café? Gracias, voy a darme un baño. Quizás a la vuelta, si todavía sigues ahí sentado. Me contestó mientras se perdía en el camino. Entonces oí las olas, me di cuenta de que hacía algo de calor y que el mar estaba tranquilo. La seguí con la vista hasta que dejé de verla y, enseguida, me levanté y volví a llenar la taza de café.

Yo sólo había levantado la taza para saludar, para no tener que articular ni una sola palabra, para dar muestras de indiferencia sin llegar a ser grosero. Pero ella lo tomó por todo lo contrario. Si llego a ser algo más explícito, hubiera sido capaz de preguntarme por la habitación de invitados. Así estuve unas dos horas, dándole vueltas a la cabeza, intentando dejar pasar los pensamientos, pero sin poderlos evitar. Mirando de vez en cuando al camino como si tal cosa para ver si la veía aparecer. Creo incluso que llegué a quedarme dormido en algún momento. Cuando ya había salido el sol, pero aún no había comenzado a apretar la luz del día, volvió a pasar en dirección contraria. Yo esperaba que dijera algo, que recordara lo del café, aunque también deseaba que pasara sin decir nada. La verdad es que me había despertado una cierta curiosidad. Pero pasó sin mirar a ningún sitio concreto y se perdió en dirección al pueblo. No dijo nada ni esbozó ningún gesto. Yo estuve forzosamente indiferente, pero con una atención que me tensaba todos los músculos. ¿Cómo es posible esto? Y así me perdí en las horas del día dando vueltas en mis pensamientos a esa mujer que había cruzado de madrugada por la puerta de mi casa.

Pasaron tres días antes de que la volviera a ver caminando en dirección a la playa. De nuevo al comienzo del día, cuando las luces y los colores empiezan a asomar. Yo casi había olvidado ese incidente que, de alguna forma, había roto mi rutina interior y exterior, pero esta vez no articulé ni un músculo ni hice ningún gesto a su saludo. Realmente me estaba escondiendo, como un crío, en el silencio. Pero eso no fue suficiente.

     —Esta vez te acepto ese café. Hoy va a hacer un buen día. Y sin más, haciendo caso omiso a mi indiferencia, entró en mi porche y se presentó—. Hola, me llamo Irene. Me gusta darme un baño de madrugada, cuando no hay sol ni nadie con quien compartir la playa. Ya veo que a ti también te gusta madrugar o ¿no te has acostado todavía? 

     —Siempre me levanto antes de que amanezca. Espera, te saco un café. 

     Solo y sin azúcar.

Se me había colado sin haber podido evitar que cruzara cualquier muro que yo hubiera podido levantar, pero reconozco que despertó en mí bastante interés. Una mujer de unos treinta años, ni muy guapa ni muy fea. No estaba delgada, pero tampoco puedo decir que estuviera gorda. De amplia sonrisa y ojos muy negros, que parecían atraparlo todo con la mirada. Entré en casa y saqué una taza de café para Irene, que se había sentado en los escalones del porche, a los pies del sillón que yo solía utilizar para vigilar cómo el tiempo iba pasando de un lado a otro desde que llegué a la orilla de aquella playa. No podría decir exactamente de qué hablamos. Seguramente de esas tonterías incómodas que se utilizan cuando no se tiene nada que decir pero tienes interés en decir algo. Terminó el café, se levantó y se marchó a darse un baño.

     Bueno, gracias. Voy a darme un baño. Por cierto, este café está horrible, mañana te traeré un café un poco más bebible, si aún estás por aquí. 

     Siempre estoy por aquí. Contesté con una suficiencia que ya a mí me pareció artificial. Y seguramente a ella también, pero discretamente esbozó una sonrisa y se marcho. La seguí con la vista mientras se alejaba por el camino en dirección a la playa. Justo cuando iba a desaparecer, se giró y se detuvo mirándome. Me saludó con la mano y se marchó.

Terminé el café y esta vez no me quedé en la puerta esperando a que volviera a pasar. Me metí dentro de casa, cerré puertas y ventanas y me tumbé boca arriba en la cama. No sin antes prepararme un vaso de ginebra para que, al menos, me marcara un poco el paladar, alejando el amargo sabor del café. Y así me quedé dormido hasta pasado el medio día. Al caer la tarde salí de nuevo al porche y me senté indiferente al sonido de las olas, al calor, a una pareja que pasaba y me saludó muy amablemente. Indiferente a todo menos al brillo del cristal del fondo del vaso de ginebra que sujetaba en mi mano.

No sé a la hora en la que me fui a dormir, pero a las cinco de la mañana ya estaba levantado. Me di una ducha fría para quitarme la capa de sudor húmedo de la noche, me preparé un café y salí de nuevo al porche. No me lo podía creer. Allí estaba Irene esperándome.

     Pensé que no te ibas a levantar. Toma, tira ese café y prepara este otro, verás qué diferencia.  Me  dijo mientras me entregaba un paquete de café en el que podía leerse: Made in Sumatra.

     Vaya, con exquisiteces tan temprano. ¿Esto qué es? ¿El recuerdo de algún viaje?

     Yo no viajo nunca. Me lo trajo un buen amigo. 

     ¿Sabías que el mejor café de Sumatra pasa por los excrementos de un animal antes de llevarlo a tostar?

     Civeta, se llama ese animal. 

     Veo que sí lo sabes. Entra si quieres o ponte cómoda, vuelvo enseguida. 

     Me quedo aquí. Tienes un porche que es mejor que cualquier interior de cualquier casa. 

El mar, la brisa, el blanco de las olas, el silencio de la madrugada, las primeras luces que empezaban a asomar. La historia no cambia nunca y siempre con el mismo decorado. No tardé en salir con dos tazas del café que Irene trajo. La diferencia con la chicoria que yo le había ofrecido era evidente. Sólo el aroma que despedía fue llenando todos los rincones de mi casa.

     —¿Se nota la diferencia?

     —Se nota. —Contesté  sin querer ser muy explícito, pero el placer de su sabor se me tenía que notar en la cara porque ella se dio cuenta.

     —¡Claro que se nota!, si tienes una cara de gusto que ni te lo crees. Este café me fascina, pero es el último paquete que me queda. 

     —Pues tenías que haberlo guardado. Realmente yo no sé apreciar muy bien las diferencias. 

     —Mentira. Seguro que sí las aprecias. Te empeñas en ocultar que hay cosas que te gustan. 

     —¿Como qué? —Contesté.

     —Tú sabrás lo que escondes o de lo que te escondes. Cada uno tenemos nuestro lado secreto. —Y  guardó silencio. Yo se lo agradecí porque ahora sí que estaba escuchando las olas y el aroma del café me estaba transportando a espacios indefinibles. La presencia de Irene había abierto una puerta que yo creí haber cerrado para siempre hacía mucho tiempo. 

     —Voy a darme un baño. ¿Seguirás en el porche cuando vuelva?

     —Seguiré en el porche. 

     —Y si no estás en el porche, ¿puedo llamar a la puerta?

     —Puedes llamar a la puerta. 

     —Y si llamo a la puerta, ¿me abrirás?

     —Si estoy, sí. 

     —Y si me abres, ¿me dejarás entrar? No me contestes, deja la respuesta en el aire, así es más emocionante. 

Se puso en pie, cogió sus cosas y salió corriendo en dirección a la playa dejándome allí, en el porche, con la palabra en la boca y una taza con un excelente café en la mano. Y pasaron al menos dos horas y regresó y se sentó junto a mí sin decir ni una sola palabra. Encendió un cigarrillo y aspiró el humo como si fuera lo último que iba a hacer en su vida.

     —Hasta mañana. —Se  levantó acariciándome descuidadamente la mano. Me sonrió y salió caminando tranquilamente en dirección al pueblo.

Fue uno de los peores días de mi vida. Una angustia tremenda, una ansiedad agonizante, un deseo casi irrefrenable. No me la podía quitar de la cabeza. Sólo un par de horas repartidas en dos días habían sido suficientes como para destrozar el muro que tanto tiempo me había costado construir. Yo sabía perfectamente que no debía cruzar la línea, pero eran tantas las ganas que tenía de abrazar a aquella mujer de la que no sabía absolutamente nada y que, de una forma tan sigilosa y atrevida, había invadido mi espacio, que creí romperme en mil pedazos.

Antes de que cayera el sol cogí mi viejo coche, una pequeña maleta y me marché de aquella casa. No podría soportar un nuevo y fugaz encuentro, una nueva invasión que yo no fuera capaz de controlar. Puse muchos kilómetros de por medio. Cada cien metros hubiera dado la vuelta para volver a su lado. Pensamientos encontrados, falsas justificaciones y una angustia agonizante me acompañaban en el trayecto. ¿Por qué huir de alguien que te puede proporcionar unos minutos de paz, o unas horas, o unos días? ¿Tan terrible es? Yo sé muy bien dónde están mis límites y lo que me ha supuesto siempre remontar el espacio de mi soledad. Por eso no estaba dispuesto a cruzar aquella frontera.

De aquella playa y de Irene hace ya más de un año que huí. Es muy fácil escapar de las geografías y de las personas, pero hay recuerdos que se fijan de tal forma que es imposible dejarlos atrás. No hay ni un solo día que no tenga que luchar conmigo mismo para no pensar en ella. Y desde entonces lo hago en silencio, sentado en un porche, otro distinto a aquél en el que la conocí, mirando a ningún sitio y con un vaso de ginebra sin hielo, sin aditivos, tan sólo con los sabores destilados que se pierden en el paladar. ♦︎

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies