Luces y sombras del “escarabajo”: breve historia del ciclismo colombiano (II)

Es 1980 y Jacques Goddet coge el teléfono, que no para de sonar en los últimos días. Vuelve a ser él, el colombiano. Otra vez. «Monsieur, haremos buen papel, le prometo que daremos que hablar, estará orgulloso de habernos dado la oportunidad». Al final la insistencia acaba por ablandar el corazón de Goddet, el viejo organizador del Tour de Francia y del Tour del Porvenir. Está bien, dejará que una selección colombiana dispute su carrera para amateurs. Espero que no me decepcionen. Y, al otro lado de la línea, el hombre de acento dulce sonríe.

Quien pinta la alegría en su rostro se llama Raul Mesa, y es una leyenda en Colombia. Considerado el padre del ciclismo colombiano (al menos el padre del desembarco cafetero en la competición mundial) Mesa tiene experiencia suficiente y sabe de este deporte tanto como para estar confiado. Antes de partir a Francia los técnicos de la Federación le advierten: «dirige usted una selección nacional y no puede hacer el ridículo. Que termine al menos uno de nuestros corredores». Y Mesa, algo picado en su amor propio, responde: «De pronto ganamos».

Y lo hicieron. Los colombianos sorprenden a todos. Patrocinio Jiménez vence en el parcial que termina en Morzine. Y Alfonso Flórez se impone en la general, nada menos que por delante de Sergei Soukhoutchenkov, el soviético que domina la categoría; el que, dicen, podría competir frente a frente con Bernard Hinault si fuese profesional. Todo es alegría entre los escarabajos. Raúl Mesa se acerca a los organizadores, «les dije que podíamos ganar». Europa se prepara para el desembarco de estos nuevos ciclistas.

Martín Ramírez, en la Dauphiné Libere 1984.

Porque son completamente diferentes de todo lo que se ha visto hasta ahora. Pequeñitos, serios, muy morenos. Delgados, extremadamente ligeros. Y todos escaladores, combativos, atacan desde la salida, no entienden de tácticas, se desfondan y recuperan en una misma jornada. Ascendiendo siempre con larguísimos desarrollos (se decía que en vísperas de la Vuelta de 1985 entrenaron la subida a los Lagos de Covadonga con un piñón máximo de 17 dientes, en aquel puerto donde Hinault dijo que haría falta uno de 25 dientes), imponiendo un ritmo sostenido desde la misma base de la subida. Cada col se va a convertir, a partir de entonces, en un infierno para los ciclistas italianos, españoles, franceses. Siempre que haya una pequeña pendiente, allí estará un escarabajo para atacar. La forma de entender la competición se va a ver, forzosamente, modificada.

Los acontecimientos se desencadenan. En 1983 el Tour de Francia abre sus puertas a los corredores amateurs. ¿El objetivo? Atraer a un equipo colombiano. Y ese julio, con patrocinio de Varta y dirección del gran Luis Ocaña, los escarabajos invaden Francia. En las faldas, primer puerto de la primera etapa de montaña, el Aubisque, atacan a la vez hasta cuatro corredores colombianos: Flórez, Corredor, Jiménez y Cabrera. Es su presentación en el mejor escaparate del mundo. Es el prólogo a una imagen que se va a repetir de forma inmisericorde durante los años ochenta. Al año siguiente Martín Ramírez, un amateur, vence en el Dauphiné Libéré nada menos que a Bernard Hinault. La hazaña es apoteósica. Los colombianos parecen preparados para todo con su maillot de Varta que, en realidad, esconde una auténtica selección nacional.

Amarillo, azul y rojo.

El color del ciclismo está cambiando a pasos agigantados.

Jarlinson Pantano (El Cerrito, 1988) nació pocos meses después de que Fabio Parra se convirtiese en el primer colombiano que pisaba el pódium del Tour de Francia. Pantano es un ejemplo de lo que eran los colombianos hasta no hace mucho. Hombres de apariciones esporádicas, que podían aspirar a victorias parciales pero nunca a asaltar los primeros puestos de la general. Es un regusto del pasado, de un tiempo que parece haber quedado tras. Que parecía más romántico, menos programado. Más libre, sí. También, por qué no decirlo, menos exitoso.

A partir de ahí, el delirio. En 1984 los colombianos, colores de bandera en su maillot, dominan en las montañas del Tour. Lo hacen de la mano de un escalador fino, rostro concentrado, casi nunca sonriente, mirada a veces triste, piernas de alambre que encierran dinamita. Luis Herrera, a quien todos llaman Lucho, o “el Jardinerito”, se muestra irresistible para arriba. No es un ciclista de demarrajes potentes, de ataques fulgurantes. No, él sencillamente pone su ritmo cuesta arriba y nadie puede seguirle. Al menos no por mucho tiempo antes de reventar. Herrera conquista la primera victoria colombiana en el Tour, nada menos que en Alpe d´Huez. Al año siguiente repetirá por partida doble, ya con los legendarios colores del Café de Colombia, el equipo que más ha marcado la memoria del país. ¿El primer cafetero conquistador de la Grande Boucle? Durante años Herrera estará señalado entre los candidatos a conquistar el Tour, y durante años será víctima de sus propias dudas, de su irregularidad, de sus defectos en las pruebas contra el crono. Jamás hará sonar el himno en la capital francesa, pero sí en Madrid, al imponerse en la Vuelta a España de 1987. La primera Gran Vuelta en manos de los colombianos. Todo un acontecimiento. Más tarde se impondrá también en etapas del Giro de Italia y conquistará allí el maillot de mejor escalador. Es, aún hoy, el único en toda la historia que lo ha ganado en Vuelta, Giro y Tour, junto con Bahamontes (y aún con más mérito, pues el toledano venció en 1956 un premio especial que no comprendía todos los puertos de la carrera). Palmarés de lustre, pues, pero la gran duda de lo que realmente podría haber conseguido. Y si…

Lucho Herrera.

Fabio Parra parecía la némesis de Herrera. Más serio, más esforzado, más adaptado a los pelotones europeos. Tan potente como “el Jardinerito” cuesta arriba, pero con mayor solvencia en otros terrenos. A la larga podía lograr mayores éxitos. De hecho, fue el primer escarabajo en pisar el pódium del Tour, además de casi levantarle una Vuelta a España a Perico Delgado camino de Destilerías DYC, en una tarde de apoteosis colombiana.

Aquel instante fue el punto álgido del dominio de los sudamericanos en Europa. En 1989 aparecían escaladores colombianos en casi cualquier equipo, en cada carrera, en todas las cuestas. Durante la Vuelta, su número era abrumador cuando la carretera se empinaba. Quizás no rompían, no terminaban de transformar en victorias de renombre su capacidad, pero asustaba la calidad media de sus ciclistas. Nadie se atrevía a afirmar que los años noventa no fueran a ser colombianos, máxime cuando desde la Federación se iba trabajando para crear nuevos campeones más adaptados a las competiciones europeas, a la lucha contra el reloj, a las largas llanadas que habían alejado tantas veces a Herrera y Parra de su sueño parisino. Sí, el futuro podría ser suyo.

Y, después, la nada.

Winner Anacona (Tunja, 1988) representa, quizá, una de las claves de los pujantes ciclistas colombianos en la actualidad: su seriedad. Lejos quedan los tiempos en que los conjuntos americanos eran una reunión de distintos “escarabajos” con intereses propios, donde nadie trabajaba para ningún otro. No, ahora tienen mentalidad más clásica, disciplina férrea. Lo mostró bien a las claras Anacona en la etapa de Alpe d´Huez (nuevamente la montaña sacra para los cafeteros) del Tour 2015, cuando tiró con fuerza de su compatriota Quintana en pos de un sueño que jamás llegó a hacerse realidad. No importaba, era un símbolo, un punto referencial. Tienen piernas, tienen cabeza, tienen estrategia. 

Los años ochenta fueron, también, aquellos en los que la popularidad del ciclismo invadió al público colombiano. Los éxitos de los suyos en el Tour de Francia (considerado desde siempre como la tierra prometida para el escarabajo) atrajeron multitudes a seguir las evoluciones de los mejores pedalistas. Las grandes cadenas de comunicación mandaban ingentes equipos humanos a cubrir el julio francés, los ciclistas protagonizaban publicidad de cualquier tipo, hasta el último de sus entrenamientos era seguido con lupa.

Fabio Parra, en el Tour del 88.

Pero fue, también, una década difícil. Una en la que la realidad social de Colombia aparecía marcada por problemas a los que el ciclismo no era, no podía ser, ajeno. Así, por ejemplo, el narco Pablo Escobar entró en el mundo de la bicicleta (igual que en el del fútbol) con toda la fuerza de sus millones, patrocinando primero un equipo por medio de “su” partido político Renovación Liberal (y haciendo constar su propio nombre en el maillot y el coulotte de sus corredores, para que quedase claro quién mandaba) y creando después un conjunto propio, puesto bajo el mando directo de su hermano, antiguo ciclista y muy aficionado a este deporte. A Roberto Escobar le llamaban “Osito”, pero el equipo (y la fábrica de bicicletas que también gestionaba Roberto) recibirá el nombre de “Ositto”, quizá por italianizarlo un poco, quizá por considerarlo así más serio.

Otro ejemplo de aquella época dura fue la historia de Juan Carlos Castillo, detenido cuando iba a viajar hasta Madrid para defender los colores de su equipo, el Manzana Postobón, en la Vuelta a España de 1991. A Castillo le hallaron cuatro kilos de coca en su maleta. Dos años después sería asesinado. El mismo Alfonso Flórez, aquel que ganó el Tour del Porvenir, también encontró un final violento, aunque su caso jamás fuera esclarecido y no se pueda ligar de forma automática al narcotráfico.

Lo cierto es que las historias sobre ciclistas colombianos utilizados como mulas en los viajes transoceánicos eran frecuentes. Cuadros con tubos huecos rellenados con bolsas de polvo blanco, manillares que escondían auténticos tesoros, coulottes con doble costura… Cierto o no (que seguramente lo fuera, aunque en menor medida de lo que los rumores apuntaban) lo que ejemplifican estas historias es la situación particular de los colombianos en el ciclismo europeo de los ochenta: eran los recién llegados, de un país casi desconocido. Eran los más pobres, los que menos experiencia tenían, los parias. Y surgían voces en su contra. Cada vez que había una caída en el pelotón se culpaba a los escarabajos. Cada vez que las carreras no seguían un desarrollo lógico era debido a sus alocados ataques. Laurent Fignon, quien siempre fue uno de los estandartes de esta visión que mezclaba racismo y paternalismo mal entendido, llegó a decir que era bien sabido que «los escarabajos corren todos cargados de coca», y en su autobiografía afirmó haber visto durante la disputa de un Clásico RCN en Colombia (la mayoría de las carreras, decía el parisino, estaban allí patrocinadas por narcos locales) maleteros llenos de farlopa que corrían como si no hubiera mañana… También escribió que durante la última etapa de la Vuelta de 1987 (donde, según sus palabras, el equipo de Herrera untó a los franceses para que no se movieran) el delirio era tan grande que se repartía coca «a diestro y siniestro, ¡paquetes enteros!». Y no importaba que fuese o no verdad, quedaba la imagen, el icono. La caricatura.

Eran diferentes, distintos. Populares y potentes. En ocasiones estaban mal vistos. Parecían poder dominar este deporte. Hasta que llegaron los años noventa.

¿El último escarabajo? Miguel Ángel López (Pesca, 1994) tiene el cuerpo y los aires de un ciclista colombiano de décadas atrás. Pequeño, ligero, sube como los ángeles y se muestra siempre agresivo. Pero algo ha cambiado. Quien gana una Vuelta a Suiza con 22 años recién cumplidos no puede ser solamente un dinamitero de las cuestas. No, López destaca cuesta arriba, sí, pero es también solvente contra el crono, sabe colocarse en los pelotones, compite contra el viento como si fuera un centroeuropeo. Es, por así decirlo, la mejora de la especie. ¿El campeón definitivo? Puede ser. Pero queda él. Egan.

¿Cuál es el secreto de los colombianos? ¿Cómo surgen tantos ciclistas de calidad, todos con unas características muy similares, todos auténticos bólidos cuesta arriba? El mundo de la bicicleta se hace estas preguntas durante todos los años ochenta. Y la respuesta es casi unánime: la altitud, es por la altitud.

Rominger, Indurain, Mejía y al fondo Bjarne Riis, en el Tour del 93.

Al menos desde el principio de la década se conocían los beneficios del entrenamiento en altura en el rendimiento de deportistas de resistencia. A más altitud mayor transporte de oxígeno en sangre y mayor capacidad para manejar cargas de trabajo (todo ello, claro, forzosamente resumido). Así, ese entrenamiento continuo a muchos metros sobre el nivel del mar estaba detrás de los éxitos de los keniatas en atletismo y de la pujanza colombiana en ciclismo. Los europeos, por muchas concentraciones que hicieran lejos del litoral, jamás podrían igualarse a esas condiciones naturales de los nacidos, criados y residentes en montañas o altiplanos.

De tal forma, si admitimos que el “secreto” de los escarabajos estaba entre las nubes, debemos entender que eliminado ese factor diferencial los colombianos iban a dejar de destacar. Y eso fue, al parecer, lo que ocurrió en los años 90.

Desde finales de los años 80 empiezan a escucharse por el pelotón europeo tres letras que encierran magia y temor. E. P. O. Los primeros en utilizar esta sustancia son los holandeses, y sus efectos pronto se difunden, siempre sottovoce, entre los profesionales. «Tienes que probarlo». «Es como si volaras». «Harás cosas que antes te parecían imposibles». «Eso sí, ten cuidado, es peligroso». Concluyendo la década, varios ciclistas neerlandeses encuentran la muerte en extrañas circunstancias, con diagnósticos siempre relacionados con la trombosis. Hoy está casi asumido que detrás estaba la EPO…

No importaba. Si algo caracteriza a la EPO es que funciona, así que, en un mundo profesional como el del ciclismo, no es de extrañar que en poco tiempo se extendiese hasta su generalización en los noventa. Justo al mismo tiempo que los colombianos desaparecían, casi por completo, de los puestos cabeceros en Europa.

No son pocos quienes ven relación entre estos dos hechos. La EPO logra elevar el porcentaje de hematocrito en sangre muy por encima de sus niveles naturales. O, en otras palabras, logra de forma artificial la cualidad que los colombianos (y cualquiera que haya nacido, viva y entrene continuamente en altitud) tenían de manera natural. Elimina, dopaje mediante, esa ventaja casi genética.

Casualidad o no, en los noventa los colombianos dejan de ser decisivos. La de la EPO es reconocida como causa fundamental de este cambio de tendencia (fulgurante, además, pues en 1989 los escarabajos dominaron férreamente la Vuelta a España, y apenas un par de años después eran meros comparsas en Europa), pero quizá no sea la única. Muchos han apuntado que los ciclistas colombianos de esa generación eran menos serios, menos entregados que sus predecesores. Contratos muy altos a chavales muy jóvenes, pocas ganas de sacrificarse, consideración de estrellas deportivas y sociales. Un cóctel inadecuado que los herederos de Parra y Herrera no supieron digerir. Quizá el mejor ejemplo sea Álvaro Mejía, de quien Raúl Mesa (el mismo que dirigió a Flórez en el Tour del Porvenir… nuestra historia es cíclica) dice que era el pedalista colombiano con más talento de siempre. Pero que no entrenaba, que no estaba dispuesto a rendir los tributos que el ciclismo exige para pasear por la gloria.

Fuera por unas u otras razones Colombia estuvo casi dos décadas en el ostracismo ciclista, asida, tan solo, a ramalazos de calidad individual. Apenas nada para un país que seguía amando con fervor este deporte.

Egan Bernal ha debutado en el profesionalismo este año. En el Androni italiano que dirige Gianni Savio, quien ha dicho de él que es el mejor ciclista que jamás haya pasado por sus manos. «Mejores números que Gianni Bugno». Egan Bernal ha destacado en 2016 en el Giro del Trentino, entre los diez primeros en sendas etapas, 16º en la general. También se le ha visto en la Settimana Coppi e Bartali, en el Tour de Eslovenia, en el Tour del Porvenir. Nada, aparentemente, demasiado llamativo si no fuera por un factor. Egan Bernal (Zipaquirá, 1997) aún no ha cumplido los veinte años. A su edad muy pocos ciclistas han corrido con los pros y absolutamente nadie, desde los tiempos heroicos, se ha mostrado entre los mejores. Como mucho Saronni, pero era otra época, otros recorridos, otros condicionantes. Bernal parece, pues, llamado a hacer cosas grandes. ¿El mejor colombiano de siempre? Es aventurado decirlo, pero sus credenciales son inmejorables, tanto como la planta sobre la bicicleta de este escalador ligero que ha empezado a impactar contra el crono.

El cambio de milenio trajo consigo una nueva mentalidad en los dirigentes del ciclismo colombiano. Sus ciclistas tenían que salir a desfogarse, tenían que conocer Europa, competir con los mejores. Solo de esa forma podrían recuperar la brillantez perdida. Y con esa intención se fueron sucediendo proyectos, el más conocido de los cuales seguramente fuera el Colombia-Coldeportes, que llegó a participar en Vuelta y Giro.

Vinculado o no a lo anterior, lo cierto es que hoy en día el pelotón colombiano es uno de los más pujantes del mundo. Y lo es, además, presentando figuras en una variedad de escenarios insospechada hasta hace unos años. Sprints, clásicas, grandes vueltas y, cómo no, las mejores cimas del continente. Parece difícil pensar que lo mejor no esté, aún, por llegar.

Se convierta Egan o no en la estrella que parece puede llegar a ser, Bernal es ejemplo de una verdad incontrovertible: la fecunda cantera de Colombia está más viva que nunca y no deja de producir nuevos valores. Ciclistas que ahora, además, se han librado de viejos clichés y destacan en todos los terrenos, en todas las etapas. El futuro, ese que llevan dibujando desde finales de los años cuarenta, parece suyo.

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