Luces y sombras del “escarabajo”: breve historia del ciclismo colombiano (I)

El ciclista asciende por un puerto eterno, monstruoso. A ambos lados del camino, embarrado, húmedo de trópico y nieblas, surgen aficionados que parchean aquí y allá el paisaje. Hace calor de montaña, calor de esos que al final acaban helando los brazos de los deportistas, de tan taimados e insidiosos. La naturaleza es amenazadora, abismal. Incomprensible. Es el Páramo de Letras, territorio inhóspito que se pierde en el cielo. Se escuchan jadeos del hombre que intenta oponerse, pedalada lenta pero constante, a pendientes que parecen no acabarse nunca. Encogido sobre su máquina, el rostro mirando al suelo, las rodillas separadas de la barra del cuadro como si alejándose de la simetría lograsen romper algún maleficio. Hombros que se mueven, rítmicos. Un grito de ánimo. Detrás de él va un automóvil, uno que aprovechan algunos periodistas para ver en directo la magia. El esfuerzo. La tragedia, la vida. Cubre tan solo unos kilómetros de la carrera. El resto queda a la imaginación, enardecida, de cada cual. Y así, de un escribiente a otro, la crónica muta en caracteres, en nombres, en detalles, y la realidad se desdibuja como un espejo cubierto de vaho. Un reportero observa fijamente la agonía del pedalista. Brazos largos, piernas largas que sobresalen a ambos lados. Parece un insecto, piensa quien bautizará, parece uno de esos… sí, cómo se llama. Un escarabajo, eso es.

Ramón Hoyos, en la Vuelta a Colombia / Foto: Archivo Mundo Ciclístico.

Jorge Enrique Buitrago, que firma con el alias “Mirón”, estaba imaginando realmente un saltamontes. Pero se equivocó, y llamó a aquel obsesivo trepador “Escarabajo”. El apodo tendrá fama y acabará definiendo a toda una forma de entender el ciclismo, la misma existencia.

Ah, el atleta que asciende se llama Ramón Hoyos. Él fue, por error, el primer escarabajo de la Historia.

Si atendemos exclusivamente al palmarés, Nairo Quintana (Cómbita, 1990) es el mayor ciclista que ha dado Colombia. El único que ha conseguido alcanzar el segundo puesto en el Tour de Francia (por dos veces). El único que pudo imponerse en todo un Giro de Italia. El sucesor de Lucho Herrera, inolvidable Jardinerito, como vencedor en la general de la Vuelta a España, territorio sacro de los escarabajos durante los añorados ochenta. Es fiable, es regular, escala como los ángeles y cada vez se muestra más solvente en las cronos. Y, además, tiene sus mejores años por delante. Pero también es frío, calculador, poco emotivo. Y eso, que es una de sus máximas virtudes deportivas, juega en su contra cuando lo tenemos en cuenta desde la trascendencia. Porque Nairo parece que es menos amado de lo que su hoja de resultados dice. Pese a que gana, pese a que es uno de los mejores ciclistas del mundo, algunos días el escalador más irresistible. Es la paradoja, seguramente, del ciclismo colombiano. Querido tanto cuando eran jóvenes amateurs que animaban carreras por media Europa. Anhelado menos ahora que domina este deporte.

La Guerra de Troya debió ser uno de tantos sucesos bélicos de la Antigüedad. Nada destacable, salvo por una cosa: la cantó Homero. Y el ciego eterno dibujó figuras, mitos, imágenes, que aún se dejan sentir hoy en día.

El ciclismo colombiano tuvo su propio Homero. El mejor posible. Se llamaba Gabriel García Márquez, y de su mano tenemos uno de los relatos más fascinantes, simbólicos y, sí, humanos, sobre el mundo de la bicicleta.

En 1955 el diario bogoteño El Espectador encarga a uno de sus reporteros que escriba una extensísima pieza (en catorce entregas) glosando la vida y la gloria del deportista más popular del país. Que se llama, otra vez, Ramón Hoyos. Y es ciclista, claro.

El García Márquez que habla de Hoyos no es aún Premio Nobel, pero ya deja vivir sus verbos en un lugar llamado Macondo. Ese mismo año publica La Hojarasca, punto fundacional de aquel espacio maravilloso que se podía tocar con la punta de los dedos. Poco después será “exiliado” de su país tras publicar un reportaje criticando el contrabando en la Marina Colombiana. Su título era Relato de un Náufrago.

Pero la biografía que sobre Ramón Hoyos, personaje delicioso, hace el periodista es puro realismo mágico. Con simbolismo telúrico, con fantasmas que se aparecen en las noches para alertar sobre desgracias. Con pistolas, violencia, amor, ternura. Es puro García Márquez. Hoyos, quien habría de vencer en un total de seis Vueltas a Colombia, quedó inmortalizado para siempre como un icono. De ciclista pasó a mito, de ahí a personaje casi de ficción y, de vuelta, terminó siendo leyenda. La del primer escarabajo. La del hombre que recuperaba horas de desventaja en las montañas.

Johan Esteban Chaves (Bogotá, 1990) ha sido uno de los grandes protagonistas de la pasada temporada. Pódium en dos Grandes Vueltas, victoria en Emilia y, sobre todo, el hecho histórico de Bérgamo, cuando se impuso en el Giro de Lombardía convirtiéndose en el primer colombiano capaz de ganar uno de los cinco Monumentos del ciclismo. Todo un hito para este ciclista de sonrisa fácil que va creciendo poco a poco, y del cual ahora mismo es complicado ver los límites. En el Giro de Italia se quedó muy cerca de la victoria final, y solo pudo desbancrle a 24 horas del paseo milanés un Vincenzo Nibali desatado. Venció en la gran jornada dolomítica y suyos fueron los primeros ataques en el Agnello, antes de la caída del líder Kruijswijk que iba a cambiar la carrera. Allí mostró dos de sus características más acusadas: la valentía para realizar ataques lejanos y la pericia en los descensos, tradicional talón de Aquiles de los colombianos y que en Chaves termina convirtiéndose en aliado natural. En la Vuelta logró arrebatar el pódium a Alberto Contador merced a otra ofensiva a muchos kilómetros de meta. Y unas semanas más tarde llegó Lombardía, y con ella, el delirio. En una jornada de frío y lluvia (una Clásica de las Hojas Muertas de las de toda la vida) Chaves lograba una victoria histórica al imponerse al sprint a Diego Rosa y a Rigoberto Urán. Dos colombianos compartían pódium en una carrera de un día marcada por las inclemencias meteorológicas. Martín Farfán quedaba ya en el olvido….

La Vuelta a Colombia era extremadamente popular cuando Gabriel García Márquez la convirtió en Troya. Lo que hizo el deicida fue dotarla de un componente mitológico, casi taumatúrgico. Pero la Vuelta… la Vuelta ya era la primera pasión de los colombianos.

La Vuelta a Colombia, en sus inicios.

La competición se inicia en 1951. Hasta aquel entonces el ciclismo en Colombia no era un deporte de masas. El fútbol, el boxeo… Esos arrastraban a los espectadores. Las bicicletas, bueno… Había carreras, casi clandestinas, poco organizadas. Pero la Vuelta lo cambió todo. Buenos premios (cincuenta pesos para el ganador de una etapa en la segunda edición). Cobertura mediática. Y, sobre todo, un anhelo: unir al país.

Efectivamente, en un espacio de enormes dimensiones como es Colombia, en un terreno en el cual las comunicaciones entre costa e interior eran en ocasiones casi imposibles, la Vuelta se iba convirtiendo poco a poco en un catalizador, en un elemento de unión. La llegada del pelotón (magro en los primeros años) era celebrada con alegría en pequeñas localidades que apenas antes habrían visto algarabías de ese tipo. La Vuelta se convirtió, así, en el fenómeno de unión para un pueblo que estaba, en aquel tiempo, descosiéndose poco a poco.

Claro que poco tenía que ver la Vuelta a Colombia en aquellos tiempos con lo que hoy entendemos como una carrera ciclista. Existen multitud de fotografías de los tiempos heroicos que muestran a deportistas vadeando ríos con la bici en el hombro… y el agua por la cintura. O arrastrando la máquina en subidas ciclópeas, inacabables, cubiertas de barro tierra y niebla cielo. Las diferencias se contaban por decenas de minutos en cada etapa, y quien llevaba un par de horas perdidas en la general bien podía terminar remontando hasta imponerse. Aventura, más que deporte. Vida, seguramente.

En ese contexto no es de extrañar que surgieran figuras que bordean casi lo legendario, hombres cuyas hazañas no se escriben: se tienen que contar a media luz con un vasito de aguardiente delante. Historias, sí, de esas que quizá no sean todas ciertas pero que, joder, merecen ser narradas por alguien que sepa hacerlo. Esfinges casi trágicas como el citado Ramón Hoyos. Aventureros pícaros como José Beyaert, francés que formó parte de la Resistencia durante la Segunda Guerra Mundial, que después fue campeón olímpico, venció en la segunda Vuelta a Colombia y se quedó a vivir tan lejos de su lugar de nacimiento durante medio siglo. Tiempo en el que fue contrabandista, comerciante de esmeraldas y algunas otras cosas que no se pueden contar a estas horas, por si alguien nos escucha.

Historias, también, de aficiones entregadas, de auténticas muchedumbres que no dudaban en invadir la carretera, apoyar a sus ídolos, denostar al contrario. Contaba Ramón Hoyos que en la última etapa de una de sus vueltas victoriosas se hizo acompañar por unos amigos que iban en moto y armados, por lo que pudiera pasar. Que aun así al llegar a la meta fue zarandeado, arrojado al suelo, que se escucharon tiros, que la sensación era, pese a todo, de algarabía, de alborozo. Perdió su bicicleta en el tumulto. Dos días después se la devolvieron, de forma anónima.

Pasión sin límites: eso era, ya, el ciclismo en Colombia.

Fernando Gaviria (La Caja, 1994) puede parecer, antes que cualquier otra cosa, una rara avis. Sprinter en país de escaladores, pistard en la tierra de los grimpeurs más finos, músculos de acero entre compatriotas con piernas como alambres. Y en realidad lo que hace es rendir homenaje a las primeras armas de los ciclistas americanos en Europa, cuando sus hombres destacaban en los velódromos consiguiendo títulos mundiales. Así es Gaviria, precisamente. Una flecha en el peralte, un bólido embalado encima de la madera. Pero, también, un elemento ya decisivo sobre la ruta. Ganador en Tours, caída desafortunada en la Vía Roma de San Remo, cuando parecía que tenía oportunidades de convertirse en el primer colombiano en ganar un Monumento (más tarde Chaves tendría ese privilegio), la jerarquía de Gaviria está en ascenso. Dice que le gustan los adoquines, y con su evolución nada parece fuera de su alcance. Es joven, tiene confianza en sí mismo y una técnica perfecta en el sprint fruto de sus años como especialista en velódromos. Con él Colombia promete fijar también su atención, al fin, en carreras poco montañosas…

Martín Emilio Rodríguez acude, con todos los niños de su clase, a ver una película. Una de indios y vaqueros. El jefe de los apaches (y todos los infantes, van con ellos, porque llevan plumas y hablan raro, y porque los más pequeños siempre saben quién es el bueno en el cine y en la vida) se llama Cochise. Martín Emilio sale entusiasmado, no para de hablar del film. Sus amigos, para burlarse de él, empezarán a llamarle Cochise. Y como Cochise Rodríguez se quedó.

Martín Emilio Cochise Rodríguez.

El Cochise andaba en bici, y lo hacía tan bien que, pensó, podría competir en la Vuelta a Colombia. Es 1961, tiene 19 años, y saldrá vistiendo una camisola con el nombre de su patrocinador. Patrocinadora, más bien, porque a Cochise le ayuda a hacer realidad su sueño una admiradora que tenía, una enamorada que quería ver felicidad en aquellos ojos tan negros… No era extraño. En esos primeros años había ciclistas corriendo para las Fuerzas Armadas, pero también otros que tenían sponsors personales como tiendas de plomadas o mueblerías. Incluso Luis Alfaro llegó a vestir un maillot, el más piadoso de todos, que en su pecho llevaba escrita la leyenda «Virgen del Carmen», después de que la parroquia de su pueblo hubiese hecho una colecta para mandarlo a la prueba…

Pero Cochise era diferente. No sabemos si la enamorada logró su objetivo (ni cuál era exactamente, eso solo lo podemos suponer) pero Cochise sí que destacó: sexto al final, mejor debutante. En los siguientes años ganaría cuatro Vueltas y sería segundo en otras dos ocasiones. Su fuerte no eran tanto las montañas como la potencia en el llano. Pistard excelente, recordman de la hora en amateurs, cimentó buena parte de su fama en los velódromos. Un colombiano atípico, pues. Y el primero que triunfó en Europa.

Cochise, patillas largas y mirada lánguida, corre cuatro temporadas en Italia. Nada menos que en Salvarini y en Bianchi, siempre azul celeste, siempre de la mano de su íntimo amigo Felice Gimondi. Junto a él se impone, herejía de las herejías, en el Trofeo Baracchi, prueba contrarreloj que se disputa por parejas. Un escarabajo triunfando en una de las citas más importantes del esfuerzo individual. Vence también en etapas del Giro, llega a pedalear en el Tour. Es la demostración de que los colombianos podían ser también competitivos en la meca del ciclismo.

En las mismas fechas en que Cochise da sus primeras pedaladas transalpinas, la Vuelta a Colombia ve reducida la longitud de su primera etapa. La jornada, que debía acabar en Cali, es interrumpida en Puerto Tejada por manifestantes que obligan a la caravana a entrar hasta las calles más deprimidas de la comarca. «Vengan y vean, para que todos conozcan nuestras necesidades…».

Hubo un tiempo en el que Rigoberto Urán (Urrao, 1987) parecía estar a punto de dar el gran salto, ese que le podía convertir en uno de los corredores referencia en el mundo, en un ganador de (casi) cualquier cosa. En aquel entonces Urán destacaba en Grandes Vueltas, se mostraba rápido en grupos pequeños, solvente contra el crono, resistente en la montaña. Siempre pecó de cierto aire conformista, de ser pacato a la hora de lanzarse a grandes aventuras, pero quizá fuera uno de esos deportistas a los que la primera gran victoria les cambia por completo la mentalidad. El problema es que esa jamás llegó. Urán se convirtió en el ciclista al que siempre le pasaba algo. En plena línea de meta de los Juegos Olímpicos cometía un error de juvenil y veía alejarse, de forma definitiva, a Vinokourov. Conseguía hasta tres pódiums en Lombardía, pero siempre en el tercer puesto. Era dos veces segundo en el Giro de Italia. Una vez lo ganó Nibali, la segunda Quintana, quien le arrebató la maglia rosa que portaba en una jornada extrañísima camino de Val Martello, entre la nieve del Stelvio y el caos de su descenso. En el Mundial de 2013 sufrió una caída en la última bajada cuando iba en el grupo cabecero junto con otros cuatro ciclistas. Muchas desgracias, demasiadas. Algunas, además, achacables solamente a él mismo, a su falta de pericia, a su escasa capacidad para leer las carreras. Hoy Urán semeja solo sombra del ciclista que fue, nada similar al campeón que pudo haber sido. Apenas un recuerdo. 

El ejemplo de Cochise era paradigmático: los colombianos podían rendir más allá de sus fronteras, no tenían que limitarse a disputar la Vuelta a Colombia, o el Clásico RCN. Tampoco era suficiente dominar con puño de hierro el deporte de la bicicleta en América Latina. No, las ambiciones eran mayores: Europa era el objetivo.

Continuará…

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