Iris Murdoch, la mujer más brillante del Reino Unido

En algún momento se dijo de ella que era la mujer más brillante del Reino Unido. Nacida en 1919 en Dublín, de familia protestante y, a todos los efectos, inglesa, fue durante décadas una referencia no clasificable como novelista, filósofa y mujer de una capacidad de seducción inigualada. Por las crueles paradojas de la vida, sus últimos años, hasta su muerte en 1999, estuvieron marcados por el Alzheimer, totalmente privada de raciocinio y convertida en una niña de pocos años. Es mejor no pensar en estas cosas.

Me parece que no es una escritora suficientemente conocida en España, excepto quizá por la película que sobre ella se hizo tras su muerte, Iris,  propiciada y con guion de su marido el también escritor John Bayley.  Sin embargo, quien se haya asomado a sus libros ha experimentado la impresión profunda que producen, con esa sensación (hablo por mí) de estar penetrando en un mundo muy diferente del que acostumbramos encontrar cuando leemos por distracción o buscando entretenimiento. Un mundo en el que las preocupaciones sustanciales de las personas, el amor, la muerte, la culpabilidad, el sexo, la amistad, la religión, la fidelidad, la creencia en algo, están a flor de piel, analizadas con el más preciso de los microscopios, bajo la cobertura de unas situaciones convencionales y unos diálogos inteligentes e ingeniosos, generalmente impregnados de humor, a veces más o menos negro, en un ambiente social de alto nivel intelectual y de confortable forma de vida.

Iris Murdoch.

Iris Murdoch ha pasado a la historia como novelista famosa, premiada y de gran éxito. No obstante, llegó al género de ficción algo tarde, ya que su primera novela Under the Net (Bajo la Red) se publicó cuando tenía 35 años, lo que no quita para que tuviera un éxito fulgurante y para que actualmente sea considerada en los rankings anglosajones como una de las cien mejores novelas escritas en inglés. Antes había ejercido como profesora de filosofía en Oxford, y en esta calidad había publicado diversos trabajos, entre los que destaca Sartre, Romantic Rationalist (Sartre, racionalista romántico), publicado en 1953, y que es el primer ensayo en inglés dedicado al filósofo existencialista.  Es un libro muy interesante, sobre todo por la época en que fue escrito, en plena efervescencia del existencialismo, y del que seguramente se disfruta más conociendo de primera mano la producción sartriana. Tiene mucho peso en él la obra de ficción, teatro y novela, que la autora no puede disociar de la puramente filosófica, consideración con la que estoy muy de acuerdo. Posteriormente, en la edición de 1987 que ha circulado ampliamente, Iris Murdoch añadió una larga introducción, poniendo al día no sólo los contenidos sino también sus opiniones.

También es anterior a su estreno como novelista un episodio de su vida personal que no se ha conocido hasta después de su muerte (que yo sepa). Me refiero a su relación amorosa con Elías Canetti, una relación de la que parece que ninguno de los dos guardó buen recuerdo. Como alguna vez he dicho, en ocasiones es preferible no conocer las interioridades de los famosos a los que admiramos. Pero si lo menciono aquí es porque esta relación le marcó hasta el punto que un determinado tipo de personaje masculino, de inteligencia privilegiada, prepotente, dominador y con ramalazos de sádica crueldad hacia los que le rodean, quieren y admiran, que aparece en algunas de sus novelas, está inspirado en la figura de Canetti, según confesión propia en alguna biografía de la que sólo he conocido recensiones así que no respondo de la cita. De lo que sí puedo responder es de que ese carácter masculino está muy presente en su obra. Por ejemplo, en The book and the brotherhood (El libro y la hermandad) de la que hablaremos luego. O en The Sea, the Sea (El mar, el mar).

También en The bell (La campana) aparece este tipo de personaje, en la figura de Paul, el erudito marido de la alocada y vital protagonista, Dora. Tanto es así que ésta nunca se ha atrevido a preguntar a su cónyuge si cree en Dios. En La campana, de 1958, el tema principal es la religión, o una cierta forma de entender la religión, que, por cierto, y aunque situada en la Inglaterra anglicana, no es tan ajena como puede parecer a formas que conocemos más de cerca. Como se dice en algún momento, no hay por qué perturbar las creencias y formas de vida de los que creen, pero cuando quieren imponerlas a los demás, hay que luchar contra ellos.

No quiero simplificar una novela más que compleja, en la que la aparición del sexo (habría que decir de diversas formas de sexo) con toda su fuerza en una pequeña comunidad religiosa marca las reacciones y actitudes de sus personajes, en las que la autora profundiza mucho. Aquí conviene advertir que, aunque el sexo está presente en primera línea en bastantes de los relatos de Iris Murdoch, mejor es que nadie se llame a engaño buscando morbo o erotismo en ellos, porque no lo encontrará. Me detengo en La campana porque la he releído recientemente y me ha vuelto a impresionar la finura con que se nos muestra a unas personas que, tan distantes, podrían ser cualquiera de nosotros. Y también la “desdramatización” de lo dramático, es decir que tras los sucesos tremendos que a menudo ocurren en estas novelas, la gente sigue viviendo, quizá de una forma diferente, pero con normalidad.

Una normalidad que trasciende al enloquecido tema de El libro y la hermandad. La hermandad es un grupo de amigos, todos oxfordianos, todos progresistas, que hace bastantes años se confabularon para financiar en común la actividad del más brillante de ellos de forma que le permitiera dedicar su tiempo a escribir el libro que plasmara las ideas políticas y filosóficas (en aquellos momentos bastante radicales) que unían al grupo. Se puede fácilmente imaginar lo que da de sí este planteamiento con el paso de los años, las inevitables divergencias de vida y pensamiento, y la curiosa personalidad del líder liberado (que, no hay que insistir, sigue viviendo a costa de sus amigos). Sobre todo, cuando este líder intelectual, a su nunca discutida capacidad, une una oscura tendencia destructiva. Lo que es más difícil imaginar es la inteligencia y amenidad con que todo se desarrolla a lo largo de cerca de seiscientas páginas. Fue lo primero que leí de Iris Murdoch y no exagero al decir que me pareció fascinante.

Su estilo es muy personal. No le importa detenerse varias páginas en la descripción muy detallada de la personalidad o los sentimientos en un momento dado de un personaje. Leyéndola se tiene la sensación de que ella no tiene prisa y espera que el lector tampoco la tenga. Si estamos hablando de cosas serias, como son las que le ocurren a la gente en lo más profundo de sus vidas, es mejor tomarnos el tiempo que haga falta con calma. Pero al mismo tiempo, hay un atractivo ritmo en estos relatos que nunca se estancan en lo premioso.

Un ejemplo puede ser el primer capítulo, las primeras cien páginas, de Nuns and soldiers (Monjas y soldados), en las que se nos hace una detalladísima y apasionante presentación de los personajes alrededor de la cama de uno de ellos, enfermo de cáncer terminal, cuya muerte va a marcar las vidas de los demás. Entre ellos hay sofisticados intelectuales, exiliados polacos, aprendices de artistas convertidos en buscavidas, y el proceso de pérdida de la fe de una monja, descrito con una sensibilidad que debería dar envidia a los escritores católicos que se ocupan de estos temas. A propósito de esta novela, quien no la haya leído que no se equivoque: no es un relato de guerra, a pesar del título. Aunque realmente una de las protagonistas es una ex monja, el título no hace referencia a comportamientos bélicos o religiosos, sino a actitudes vitales.

De otras novelas de Iris Murdoch podríamos ocuparnos, como The Sea, the Sea (El mar, el mar) considerada su obra maestra, The Unicorne (El unicornio), donde se roza lo gótico, The message to the planet (Mensaje al planeta), en la que el espíritu científico y lo esotérico se dan la mano, The Green Knight (El caballero verde), una reminiscencia artúrica en nuestros días, The Sandcastle  (Castillos en la arena), que dio lugar a una interesante y no muy conocida película de Vicente Minelli, con Richard Burton y Elisabeth Taylor en todo su esplendor…

Menciono sólo las que conozco, aunque algunas las recuerdo mal.  Lo común a todas es lo complicado de sus argumentos con situaciones que pudieran parecer inverosímiles si no estuvieran relatadas con tan perfecta técnica narrativa, que nunca deja de interesar, y con desenlaces de tales situaciones que en general son muy poco previsibles, pero incitan a la reflexión al cerrar el volumen. La cuestión de fondo es que Iris Murdoch era una excelente novelista, pero, además, era una filósofa, y los dos aspectos de su personalidad iban juntos, como los de su admirado Sartre en el ensayo mencionado al principio de esta nota. En ella la ficción pudo más, pero, al fin y al cabo, sus novelas son siempre novelas morales, si damos a la palabra moral su sentido más amplio, no aquel con el que habitualmente se la utiliza. Evito el término “novelas filosóficas”, que siempre me ha repelido, incluso cuando se aplica a obras que explícitamente pretenden serlo.

Y al mismo tiempo, lo cotidiano, en sus detalles más aparentemente mínimos, siempre está presente. La forma de vestir de cada personaje, el maquillaje de una mujer, el aspecto de una habitación, la dificultad de encontrar aparcamiento o un taxi… Me quedó grabado en El libro y la hermandad, el aborrecimiento de uno de los intelectuales protagonistas por los bufets en los que los invitados han de deambular penosamente haciendo equilibrios con un plato, un cuchillo, un tenedor y una servilleta, después de haber hecho una cola para proveerse de todo ello. En los parties que daba en su casa, él sólo ofrecía vituallas (canapés, pinchos, sándwiches) que pudieran manejarse con una sola mano, para evitar la indignidad de aquellas situaciones. Ya sé que puede parecer un tema ridículo, pero ilustra la forma en que la autora se acerca a las personas reales, por muy intelectuales que sean.

En los relatos de esta mujer, en medio de una brillantez formal que nunca decae, vemos a las personas en sus coyunturas y decisiones, siempre condicionadas por circunstancias sobre las que tienen pocas posibilidades de actuar, y por sus propias complicaciones psicológicas, de las que generalmente no son conscientes. Y a veces, en situaciones lejanísimas de nada que se parezca a nuestras propias vidas, encontramos ese pinchazo en el alma que nos hace reconocer, generalmente más con dolor que con humor, algo profundo en nosotros mismos que creíamos haber olvidado o superado.

Pero lo dicho sobre estas obras no debe asustar a nadie que no las conozca, porque son estupendas, apasionantes y entretenidísimas novelas, llenas de personajes de carne y hueso en los que uno puede reconocerse y situaciones no pocas veces delirantes, siempre ingeniosas. Si además nos hacen pensar sobre las realidades menos tangibles de nuestro paso por el mundo, tampoco estorba… ¿o sí?

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