Frank Sobotka, réquiem por un trabajador americano

Frank Sobotka se considera polaco: su nombre Franciszek es polaco; su apellido es polaco; en las grandes ocasiones come junto a sus familiares kielbasa, pierogi y smetana; antes de él, generaciones de Sobotkas se pensaron como polacos y, sin embargo, Frank no habla polaco, probablemente no haya estado nunca en Polonia; desconoce su historia, a no ser por un par de acontecimientos e incluso tiene problemas para situar su país en el mapa. Frank Sobotka es un estibador de los muelles de Baltimore, Maryland; es un trabajador estadounidense.

Pero Frank Sobotka es algo más que eso, es también un personaje de una de las mejores series de la década de los 2000, hablamos de The Wire. Para quien no haya visto esta historia de una ciudad en versión siglo XXI basta con decir que nuestro obrero polaco-americano juega un papel fundamental en la segunda temporada de la serie, que está dedicada (aunque en una producción tan polifónica como The Wire estas simplificaciones sean un poco absurdas) al puerto de Baltimore y, más en general, a la decadencia de la clase trabajadora blanca en los Estados Unidos.

Frank Sobotka, The Wire (Temporada 2) / Imagen: HBO.

En la construcción magistral del personaje de Frank Sobotka, en la que no hay nada al azar, su “polonidad” desempeña un papel muy importante, incluso es el fundamento del enfrentamiento con un comisario también de origen polaco, Valchek, por la donación de una vidriera a la iglesia católica local que dará lugar a todo lo que vendrá después. La mayoría de los estibadores son polacos aunque haya también afroamericanos en este peculiar Gdansk de la Costa Este. Pero esta insistencia en el origen de Frank tiene mucha más profundidad que una mera pincelada folclórica como la de introducir un acento o unas costumbres en escena.

Si The Wire es una gran serie es, entre otras cosas, porque nos muestra sin idealización los Estados Unidos que nunca vemos: el de las familias negras pobres, el de las administraciones públicas sobrepasadas, el de la clase obrera blanca… Y para la construcción social de esta última el origen sigue siendo importante. Puede parecer que la asociación de personas por su origen común en una actividad concreta o en un lugar como un barrio es algo que pertenece al pasado, a una inmigración reciente que busca en el sentimiento de procedencia y en unos lazos al margen del estado una protección y apoyo que en general se les niega. Esta situación que nos parecería esperable en las urbes industriales de principios del XX nos choca un poco en las de principios del XXI especialmente porque no estamos hablando en absoluto de personas que acaban de llegar. Pero la situación de la clase trabajadora en los EEUU tiene peculiaridades que no conocemos o que no se suelen mostrar.

Algo que llama la atención cuando se empieza a conocer la historia del país es la enorme fuerza y capacidad de movilización que tenían los movimientos obreros estadounidenses a finales del XIX y en las primeras décadas del XX. Movilizaciones hoy mundiales como el primero de mayo entierran su origen en eventos ocurridos allí; poderosos sindicatos como el IWW (Industrial Workers of the World) nacieron en EEUU y no tenían nada que envidiar a los de países que consideramos patrias del obrerismo como el Reino Unido o Francia; el Partido Comunista de los Estados Unidos de Ámerica fue fundado en 1919 y tenía en sus buenos momentos en torno a los 200.000 afiliados y simpatizantes.

¿Cómo pudo borrarse este movimiento hasta resultarnos improbable? Hubo tres momentos que en conjunto tuvieron especial importancia en su desaparición. En primer lugar y paradójicamente la Depresión. Parece extraño que una situación que puso en la calle a millones de trabajadores y que amenazó con el hambre absoluto a tantas familias no produjera una mayor movilización y, aunque es cierto que al principio hubo un repunte de huelgas y afiliación, la rotura de las relaciones colectivas entre trabajadores, la masiva inmigración interna y los sucesivos planes estatales, como el New Deal, tuvieron un efecto contrario y desactivador sobre los movimientos obreros.

El segundo elemento es la Segunda Guerra Mundial. En el caso de los Estados Unidos la guerra puso fin a la Depresión, desocupados y trabajadores pasaron por igual y en masa al servicio activo reduciendo el desempleo y dejando tras de sí muchos puestos de trabajo. Familias que llevaban de aquí para allá desde los 30 se asentaron alrededor de las nuevas fábricas de armamento en las que la demanda de trabajadoras y trabajadores no dejaba de aumentar (y que con la Guerra Fría seguirían su andadura imparable). Si a esto le sumamos la nueva posición ya absolutamente imperial del país, las restituciones de guerra, los planes de desarrollo para los territorios devastados como el Plan Marshall y las nuevas dinámicas de consumo nos quedamos con una situación que haría la boca agua a cualquier socialdemócrata de pro: una sobreabundancia de puestos de empleo y una conciencia cada vez menor de clase o una extensión de la clase media al menos en el consumo.

Pero aun con esas la situación distaba de ser idílica: trabajo extenuante, bajos jornales y conflictos laborales continuaban ahí si bien más soterrados cuando llegamos al tercer y crucial acontecimiento, el Comité de Actividades Antiamericanas y la Caza de brujas. Esta serie de eventos que viviría el abuelo de Frank Sobotka supuso el desmoronamiento definitivo de un movimiento obrero activo, independiente y de clase en los E.E.U.U.

El problema para los trabajadores es que el hecho de serlo y sobre todo el estar organizado eran casi como ser el enemigo. Actitudes y pensamientos tan banales y poco radicales como el liberalismo típicamente americano eran sospechosos de socialismo, un carnet de sindicato era prácticamente lo mismo que uno de compañero de viaje y la conciencia de clase era, de hecho, conciencia de culpa porque al margen del peligro real que entrañase (que lo hacía) lo fundamental era que para el trabajador estadounidense era insoportable la idea de convertirse en antiamericano, era una cuestión personal.

El Comandante Valchek y Frank Sobotka, The Wire (Temporada 2) / Imagen: HBO.

La solución para este problema de autoimagen fue la creación de uno de los grandes mitos de los EEUU del siglo XX, el mito del trabajador americano que permitía la existencia necesaria de obreros y clase trabajadora al tiempo que la despojaba de cualquier sentido político. Este nuevo ser era más individualista, confiaba en el consumo como medio de avance social y al mismo tiempo era patriota, incluso exageradamente. En el trabajador americano o en el americano de a pie (otra variación de este mito) descansaban los valores de la americanidad (el trabajo duro, la esperanza, la sonrisa en los momentos difíciles) hasta el punto de que son varias las producciones en las que, en un entorno de distopía en el que la administración está pervertida o los poderosos cometen abusos, es este trabajador el que enfrentándose en solitario a los de arriba consigue restablecer el equilibrio y la justicia (esto es especialmente frecuente en los westerns).

Pero como la mayoría de los mitos, este no dejaba de ser un parche o un manto para cubrir y resignificar una realidad que bajo la superficie de las películas seguía siendo mucho más compleja. Sin duda los Sobotka representan al trabajador americano y de haber existido se habrían sentido orgullosos de definirse así, pero al mismo tiempo pertenecen a una clase social por ingresos, expectativas e intereses, una clase que esta categoría de trabajadores americanos no tiene en cuenta más que muy superficialmente. Como se ve en tantos fenómenos científicos, lingüísticos o, como en este caso, sociales cuando una categoría no se puede expresar por su cauce natural busca otra que ha perdido su sentido o que tiene muy poco, la ocupa y manifiesta en su nuevo lugar lo que antes no podía. En el caso de los Sobotka y de tantos obreros blancos la categoría que vino a sustituir a la de clase fue el origen. Es decir, que toda esa conciencia de pertenencia a una clase social, que no se podía expresar, encontró un medio en la conciencia de origen común. Por eso cuando Frank Sobotka dice que es polaco, a pesar de que sus antepasados salieran de ese país hace ochenta o noventa años y de lo anecdótico de sus lazos con Polonia, lo que quiere decir es que es que forma parte de un colectivo mayor, la clase trabajadora.

La confusión de estas dos categorías es fácilmente explicable en el caso de los EEUU por varios motivos: en primer lugar porque ya existía una suerte de identificación comunitaria, unas redes de apoyo entre personas del mismo origen. A pesar de la imagen que tenemos de los Estados Unidos, muy influenciada por el dominio WASP del discurso cultural, había grupos numerosos que habían traído consigo otras maneras de hacer las cosas, las familias amplias y con relaciones de ayuda mutua o clientelares de los inmigrantes católicos, las propias congregaciones religiosas que con colegios, hospitales y asilos daban una estructura cohesionada a estas minorías (aunque sea un tema relativamente desconocido, no hay que olvidar que durante muchos años hubo racismo anticatólico). Asimismo, la propia identificación con un territorio concreto en el país de llegada (sin que existiese ni exista la gran movilidad geográfica que a veces nos parece una característica de los estadounidenses) permitía la continuidad de estas maneras diversas de vivir y sentir. Pero aún hay un hecho más que no tiene comparación en nuestras sociedades o no a esa escala y es que el origen no solo marcaba unos lugares de destino, sino que propiciaba también una especie de organización gremial en el que la proveniencia también marcaba el trabajo, haciendo mucho más fácil una identificación con la clase. Así tenemos, por ejemplo, que los estibadores de Baltimore eran en su gran mayoría polacos; que ser minero de carbón en los Apalaches remitía automáticamente a un substrato escocés de inmigración más temprana (serían estos mismos quienes tras el cierre de las minas ocuparían los puestos fabriles del Valle del Ohio, ahora conocido como Rust Bell) o que aún hoy en día ser policía en Nueva York, Boston o Chicago sea casi sinónimo de ascendencia irlandesa. Por eso es que un blanco de South Baltimore solo puede ser polaco, o dicho de otra manera, que un polaco de South Baltimore solo puede ser de clase trabajadora, de la misma forma que ocurre con un irlandés de South Boston (un southie) o un italiano de Queens.

Y son todas estas implicaciones, más bien inconscientes, las que se ocultan tras la “polonidad” de Frank Sobotka, que no deja de ser una defensa y una articulación comunitaria y de clase que choca frontalmente con elementos muy poderosos del discurso dominante como el mito del sueño americano.

Frank Sobotka, The Wire. “Solíamos construir mierda en este país…” / Imagen: HBO.

Porque ese otro mito, el del sueño americano no deja de ser una idea muy influenciada por el protestantismo blanco en su papel de élite cultural, es totalizador y profundamente individualista y por ello mismo una idea desmovilizadora y separadora, es lo contrario a la comunidad o al progreso colectivo y por eso resulta tan sospechosa para toda esa otra América, como la de Frank, en la que históricamente el sentimiento de comunidad, laboral, ocupacional, habitacional y de origen ha sido fundamental para hacer frente a las lógicas del capitalismo de consumo. A veces estas reticencias hay que buscarlas en sus propios valores familiares y grupales tan diferentes de los valores protestantes dominantes, esas familias entendidas como grupos grandes con cierta afinidad en la que cuentan los familiares políticos frente a la familia nuclear americana desapegada entre sí pero también respecto al lugar de origen, mientras que aquí hay una profunda identificación con el barrio o el pueblo, un orgullo por la tierra, podríamos decir, como también un orgullo por el trabajo y la procedencia. Esto mismo se puede observar de manera mucho más drástica en los barrios negros en los que a pesar de unas condiciones de abandono espeluznantes hay un orgullo por el sitio o incluso por su propia dureza.

Otro momento vital para entender a Frank Sobotka es la administración Reagan, el precipicio que los años ochenta supusieron para la clase obrera americana y para el mito del trabajador estadounidense, década que también acaba con una guerra cohesionadora, la Primera Guerra del Golfo.

La década de los setenta es un tiempo de enorme crisis para la mentalidad estadounidense. Después del trauma moral que supuso Vietnam tanto como guerra perdida como por la oposición interna, llegó el Watergate y una serie de presidentes vistos con poco aprecio por los trabajadores, Ford, una especie de hombre que lo único que hizo fue estar ahí y Carter, un demócrata sureño, no parecían poder garantizar la idea de América del trabajador blanco. Quizás por eso mismo el bicentenario de la Independencia en el 76 fue visto por una gran mayoría como la posibilidad de un resurgimiento providencial para una nación con graves problemas de identidad. Reagan, por otra parte, representa o al menos se envuelve en los valores del trabajador americano: una suerte de John Wayne de mercadillo, algo brutal y espontáneo, que se había hecho famoso como estrella de westerns de serie B, pero al tiempo era, como todos los productos de Hollywood, una consecuencia del mito del sueño americano que tuvo siempre una relación problemática con las aspiraciones de la clase obrera.

Muchos, aun así, le votaron pero cuando comenzaron los cierres masivos, la deslocalización y la desindustrialización del país vieron que su confianza se desmoronaba, no solo porque les privaba de ese motivo de orgullo colectivo e identidad que era el trabajo sino también porque ahora las clases medias educadas, que antes les eran indiferentes, les veían en algunos casos con hostilidad (en el de las clases medias republicanas) por lo que se percibía como un rechazo al progreso y en otros (las clases medias demócratas) por su apoyo inicial a un candidato del más rancio patriotismo y representante de un carácter americano muy alejado de las costas. Y, además, Reagan ganó la batalla definitiva cuando expulsó del imaginario colectivo y de la cultura de masas al trabajador para sustituirlo por el paradigma del asistencialismo cuando no de la criminalidad en lo que supuso el divorcio permanente de clase trabajadora y sueño americano para no volver más que como caricatura. Es verdad que los sindicatos como el de Frank Sobotka se resistieron con lo poco que tenían pero el final de la década con lo que se vendió como la derrota del comunismo, la Guerra del Golfo y los años de fortunas financieras de Clinton (otra variación, la de Wall Street, del sueño americano) acabaron por sumirles en la oscuridad, o casi.

Volvamos con Frank Sobotka un último momento. En el penúltimo capítulo de la temporada, titulado quién sabe si significativamente Bad dreams, Frank va a encontrarse con el lobista Bruce DiBiago, un abogado de origen italiano salido presumiblemente de algún barrio no muy diferente a South Baltimore o Locust Point. Frank está manchado como dirigente del sindicato por actividades ilegales con las que pretendía ganar dinero para presionar a políticos locales para que revitalizasen el puerto. Frank Sobotka quiere retroceder en el tiempo, volver al antiguo momento de trabajadores unidos, felices y prósperos, un momento que probablemente nunca existió. Cuando Bruce le dice que, a pesar de todo el dinero que ha dado, se olvide del almacén de grano, la última esperanza para el puerto de Baltimore y para los estibadores, Frank no dice nada. Bruce se levanta para irse visiblemente incómodo y solo en ese momento Frank Sobotka, el estibador polaco-americano, pronuncia lo que será el réquiem por todos los que son como él, por el trabajador blanco estadounidense: “¿Sabes cuál es el problema, Bruce? Solíamos construir mierda en este país, fabricar mierda, ahora todo es meter la mano en el bolsillo del tipo de al lado”. El almacén de grano será al final un condominio de lujo pero por suerte Frank… bueno, eso ya es otra historia.

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