Escatología y las danzas de la muerte: principio y fin

No hace falta ser granjero para comprender el ciclo de la vida y la importancia que tiene el estiércol para entender cómo todo lo muerto puede ayudar al comienzo de algo nuevo. De una semilla de una fruta arrancada surge un desarrollado tronco grueso y fuerte de nogal, de la lombriz que se engorda con el gato muerto se pesca un besugo para la lonja. 

La Danza de la Muerte (1493), de Michael Wolgemut.

Si comenzamos por el inicio de los tiempos, cabe centrarse en la propia etimología de la palabra ‘escatología’. Si bien puede dar juego para la mente irónica el hecho de que la palabra griega eskatós signifique “final, último, postrero”, hay que añadir que en el cristianismo no solo se enfoca al Apocalipsis, sino también a la Resurrección eterna. Si en el cristianismo el fin es considerado como principio de todo, con la muerte llega la vida eterna, la escatología también se referirá al comienzo. 

El poeta Miguel Hernández así lo expresó en su Elegía a Ramón Sijé, donde dedica los versos a la muerte de su amigo: «Yo quiero ser llorando el hortelano / de la tierra que ocupas y estercolas, / compañero del alma, tan temprano. / Alimentando lluvias, caracolas / y órganos mi dolor sin instrumento, / a las desalentadas amapolas / daré tu corazón por alimento […]».

El ciclo de la vida se refleja en estos famosos versos donde el cadáver de su amigo se presenta como el estiércol que abonará la tierra donde está enterrado. Así, continuará la vida mientras sus órganos sirven para que crezca nueva hierba.

Shakespeare también empleó esta idea para su Hamlet. El príncipe de Dinamarca, en plena actuación como loco cuerdo ante el impostor rey y asesino de su padre, desarrolla el siguiente diálogo en la escena VI:

«Rey: ¿Dónde está Polonio?

Hamlet: Ha ido a cenar.

Rey: ¿A cenar? ¿A dónde?

Hamlet: No adonde pueda comer, sino adonde es comido, entre una numerosa congregación de gusanos. El gusano es el monarca supremo de los comedores. Nosotros engordamos a los demás animales, para engordarnos, y engordamos a nuestra vez para el gusanillo, que nos come finalmente. El rey gordo y el mendigo flaco son dos platos diferentes, pero los dos sirven a una misma mesa. En esto termina todo».

Conectada con la vida está, lógicamente, la muerte. Y es este concepto el que más ha llamado la atención a los lectores de otras épocas y lo que conecta al espectador de una película de Tarantino con el lector de los Siglos de Oro. 

La escena de Shakespeare recuerda bastante a las famosas danzas de la muerte. En su origen eran textos poéticos que circulaban en forma de pliego suelto (hojas volanderas de bajo coste dirigidas a un rápido consumo por parte del público) y cuyo mayor éxito se logró en el siglo XV. La facilidad con la que se portaban ayudaba a su difusión oral, pues recordemos que la mayoría de la sociedad de la época era analfabeta. El tema principal que se trataba en este tipo de texto poético es la muerte en su sentido de prosopopeya. Es un tema universal que siempre ha preocupado al ser humano, no importa la época en la que vivamos. Por supuesto no se enfrenta de la misma manera a la muerte aquel individuo que viviese en la Edad Media o aquel que haya vivido en el Barroco. En la época medieval la muerte era presenciada por familiares y la agonía y el dolor no presentaban los mismos matices que albergan hoy en día. Ahora se prefiere una muerte rápida e inadvertida, limpia; los sanatorios son pulcros y las salas de hospital aíslan al enfermo. Además, los cementerios se construyen fuera de la vista de las ciudades, al contrario de lo que sucedía, por ejemplo, hace tan solo cincuenta años en muchos pueblecitos gallegos.

Hoy día observamos de manera fidedigna esta separación de la muerte, cómo los cementerios se construyen en lejanos polígonos y muchos de ellos son el escenario perfecto para una película de clase B o para el reencuentro entre seres como Lestat de Lioncourt y Louis de Pointe du Lac.

Las Danzas de la Muerte constituyen un subgénero literario en donde la Muerte se representa (tanto en texto, como en grabado) con características antropomórficas y realiza movimientos de baile mientras se burla de diferentes personajes. La define muy claramente Víctor Infantes en su obra Las Danzas de la Muerte. Génesis y desarrollo de un género medieval:

«Por Danza de la Muerte entiendo una sucesión de texto e imágenes presididas por la Muerte como personaje central –generalmente representada por un esqueleto, un cadáver o un vivo en descomposición– y que, en actitud de danzar, dialoga y arrastra uno por uno a una relación de personajes representativos de diversas clases sociales».

En España hubo una vastísima literatura de la Muerte en el siglo XVII, cuya relación con las danzas se puede considerar indirecta. Estos textos hacen referencia a tópicos como el ubi sunt? la vanitas, el tempus fugit… Se puede alegar que el impreso es claro testimonio que reverbera la especial atención que despertaba el tema de la muerte en el público del siglo XVII y que todavía bebería de este subgénero de las Danzas. Pero ¿a qué se debe esta curiosidad por la muerte?

Ayudará a resolver esta pregunta el hecho de que a lo largo del siglo XVII España sufrió de nuevo la epidemia de la peste. La primera epidemia se inició en el siglo XVI, la segunda en 1646 en Cataluña y se mantiene hasta 1652 afectando a los reinos de Murcia, Valencia y Aragón. La última acontece en 1676 propagándose por Andalucía hasta 1681. Con ello, se puede deducir que el impreso circulaba durante los últimos brotes de la segunda epidemia en el año 1652. Todavía con la intranquilidad de verse rodeado por ella, el público acogía estos impresos y los leía con avidez y, si acaso, morbosidad. Las descripciones y los personajes grotescos que decoraban los escritos se acercan a la idea de muertos vivientes que hoy se explotan hasta la saciedad en cine y televisión. 

La muerte afecta a todos, no importa la clase social, de ahí se desgrana el tópico del ubi sunt como se indica en un pliego anónimo del siglo XVII: «No puedo deste passo defenderme. / Ni el Cesar puede, ni el Iayan temido, / ¡Miseria general! ¡caso terrible!».

Jorge Manrique ya avisaba de que el alma recordara un factor importante: «que a papas y emperadores / y prelados, / así los trata la muerte / como a los pobres pastores / de ganados». Como curiosidad, cabe destacar que si la muerte se representa portando una guadaña, es precisamente porque ella es la que se encarga de segar la hierba alta y la baja y la que siempre dará el mismo trato igualitario a los que la sufran.

El famoso gusano que se comerá a Polonio es el mismo que se comerá al rey de Dinamarca y al granjero que abona la tierra con esmero. El ciclo de la vida nos espera.

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