‘El bar’ y un breve repaso a la filmografía de Álex de la Iglesia

Hace un tiempo fui al cine a ver El bar (2017), de Álex de la Iglesia. Sí, llevaba meses esperando esta película tan enigmática y aparentemente tétrica. Había visto el tráiler y no pude evitar pensar que, efectivamente, las imágenes que estaba observando tenían que ser a la fuerza del director bilbaíno. Ese ambiente tétrico, los gritos, el alboroto… Otra de Álex, pensé. Me intrigaba realmente el hecho de si se podía extender a una hora y media o a dos horas el argumento que mostraba: un grupo de personas encerradas en un bar debido a que, justo en la puerta, alguien (no se sabe quién) ha disparado a un hombre. Salí del cine más que satisfecho y pensé que sí, que claro que se podía extender, ya que lo que mostraba el tráiler no era más que el comienzo y el desencadenante del resto de la trama. Es sorprendente que una película supere las expectativas que te había generado su adelanto. Con El bar pasa eso. Entras al cine pensando que la trama se va a desarrollar en un solo lugar, sin muchas variaciones, y te encuentras con cambios narrativos durante todo el film y con giros que, en principio, no esperabas.

El bar (2017) / Imagen: El Bar Producciones/Atresmedia Cine/Nadie es Perfecto/Pampa Films/Pokeepsie Films.

La película lleva, sin duda, la marca de Álex de la Iglesia de principio a fin. Comienza agitada. Un plano secuencia recorre una calle de Malasaña presentando a los personajes que se van a encontrar en el bar minutos después. Una joven, a la que no le va bien con los hombres, interpretada por Blanca Suárez; una señora ludópata encarnada por Carmen Machi o un mendigo que predica el fin del mundo, interpretado por el espléndido Jaime Ordoñez, se encontrarán en un bar con un hipster Mario Casas, o con un policía como Joaquín Climent. Todos ellos presencian el asesinato que les hará delirar y entrar en el estado de tormento y locura propio de las cintas del director. Se siente angustia, miedo, intriga e, incluso, asco.



Y es que, El bar no se aleja mucho de los patrones narrativos que suele utilizar Álex de la Iglesia en la mayoría de sus películas. Desde Acción mutante (1991), hasta Mi gran noche (2015), pasando por títulos que han terminado por convertirse en clásicos, como El día de la bestia (1995) o La comunidad (2000), el director utiliza recursos que pueden observarse en su nueva y misteriosa película. Uno de los elementos más fascinantes de su cine, que le dota de un estilo original y extravagante, es la representación de la miseria; la muestra del egoísmo humano ante una situación límite. En El bar esto sucede continuamente. Las personas que se quedan encerradas proceden de distintos lugares, son de diferentes clases sociales y no comparten un pensamiento común sobre la vida en general, pero cuando sus vidas corren peligro, todos actúan de la misma manera: el instinto de supervivencia más bajo aflora y ya no hay diferencia entre el empresario y el mendigo. Lo más visceral del ser humano aparece continuamente en el film y el espectador disfruta viéndolo. He de decir que no me sorprendió que esto sucediera, pues cuando voy a ver una película de Alex de la Iglesia, eso es precisamente lo que espero. Los seguidores del bilbaíno saben muy bien lo que van a ver. Y no es que todas sus películas sean iguales ni mucho menos, simplemente lo que hay son ciertos patrones que se repiten y que definen el estilo del cineasta vasco. La muestra de la miseria, característica del ser humano en una situación límite, es una de ellas y se puede observar sobe todo en su última etapa. En La chispa de la vida (2011), por ejemplo, el egoísmo y la perversidad lo encarnan los periodistas y las personas que trabajan en televisión, que quieren hacer negocio del accidente que sufre el protagonista, Roberto, interpretado por José Mota. Durante toda la cinta está presente esa lucha entre el dolor de la familia y el espectáculo. El protagonista sufre y ese sufrimiento vende. La bajeza, representada por los periodistas en la película de 2011, es la misma que expresan los protagonistas de El bar cuando miran de frente a la muerte. Pero no es solo esta muestra de la ruindad humana lo que caracteriza al cine de Álex de la Iglesia; hay otros elementos que coinciden en varias películas.

Otro de los rasgos característicos del director es la introducción de protagonistas que aparentemente son bonachones, humildes, de esos que  tienen cara de no haber roto nunca un plato, pero que resulta que acaban siendo los personajes más sádicos del film. Este recurso lo observamos, por ejemplo, en Muertos de risa (1999), una película sobre la relación enfermiza que pueden llegar a tener una pareja de cómicos. En este caso se trata de Nino y Bruno, interpretados por Santiago Segura y El Gran Wyoming, respectivamente. El caso de Nino es el que nos incumbe. Santiago segura representa el personaje de un hombre que vive con su madre y que actúa en un bar de carretera imitando a Nino Bravo, (de ahí su nombre artístico). Una noche, él y Bruno deciden ir a la capital para buscarse la vida como monologuistas. Nino no hace gracia, no pilla los chistes e incluso le da vergüenza contarlos; sin embargo, al  alcanzar el estrellato,  la relación entre ambos se torna en odio y Nino es el más perverso de los dos. El gordito bonachón que vivía con su madre se convierte en un ser maquiavélico y cruel, cuyo objetivo principal es destrozar la vida a su compañero de trabajo. Otro ejemplo de este fenómeno podemos verlo en El día de la bestia (1995), de la mano del cura, el protagonista, interpretado por Álex Angulo. El propio Álex de la Iglesia declaró que para ese papel quería a un hombre tierno haciendo cosas perversas. El director se inspiró en un profesor de Filosofía Antigua que tuvo cuando estudiaba la carrera universitaria. El último caso de protagonista bonachón que resulta ser un psicópata sanguinario lo encontramos en Balada triste de trompeta (2010), de la mano de Javier, el payaso triste interpretado por Carlos Areces. Ahí vuelve a aparecer el estereotipo de chico tímido, al estilo de Nino, que ha pasado por una infancia traumática y que cuando es adulto le supone un gran problema. En este caso, Javier se vuelve loco por Natalia, la bailarina del circo donde trabaja, y por ella acaba cometiendo actos que su “yo” infantil no se hubiera ni siquiera imaginado. El elemento siniestro lo encontramos aquí precisamente: personajes con cara de buenos y llenos de ternura, que acaban siendo criminales. Porque en los trabajos de Álex de la Iglesia no suele haber buenos y malos; todos son malos a su manera. De este modo, el que parecía bueno acaba siendo el personaje más terrorífico de todos. Este juego de apariencias enriquece sus películas y hace que el espectador quede fascinado, encontrándose con giros imprevistos. Como podemos esperar, El bar no es una excepción en cuanto a estas confusiones. En este sentido, los personajes están muy bien construidos y, en las situaciones límite mencionadas, reaccionan de maneras que sorprenden al espectador.

Por eso, cuando salí del cine, después de todas las contradicciones implícitas “marca de la casa”, estaba satisfecho. La película me había dado precisamente lo que buscaba; una trama siniestra en la que reina la locura y en la que poco a poco el ambiente es cada vez más sórdido y más perverso. Eso es lo que desea cualquier seguidor de Álex de la Iglesia; ir al cine para encontrarse un ambiente mísero, donde reina el humor negro y en el que el visionado resulta algo incómodo, para qué negarlo. Esta película no lleva la línea humorística de trabajos como Las brujas de Zugarramurdi (2013) o Mi gran noche (2015), sino que es más personal y crítica; más introspectiva. En este sentido, es similar a La chispa de la vida (2011) o a La comunidad (2000) que, precisamente, reflejan el egoísmo y la miseria humana de un modo muy parecido. En La comunidad, la protagonista, una agente inmobiliaria en un puesto de trabajo temporal, papel interpretado por Carmen Maura, decide quedarse una noche en uno de los pisos que tiene puestos a la venta. Casualmente, debido a una gotera, descubre la muerte de un vecino con síndrome de Diógenes que esconde una gran cantidad de dinero, ansiada por todos los vecinos. La película trata sobre la lucha de toda la comunidad por conseguir esa fortuna. Las persecuciones, engaños y asesinatos que se suceden en el film son causa del egoísmo y de la miseria reflejada en muchas de las cintas del director; de esos bajos instintos que afloran en las situaciones límite, y que se observan perfectamente en su nueva película.

Los trabajos de Álex de la Iglesia nunca han tenido excelentes críticas, exceptuando El día de la bestia, ni tampoco han tenido mucho éxito en taquilla. Sin embargo, de la Iglesia es uno de los directores más personales y con más estilo del cine español. No se puede contemplar una secuencia de uno de sus trabajos sin reconocer al autor. El bar sigue la estela que dejan sus filmes más representativos: la oscuridad de El día de la bestia, la locura in crescendo de Muertos de Risa y de Balada triste de trompeta, los toques de humor negro de 800 balas y de Las brujas de Zugarramurdi y, sobre todo, la miseria y el egoísmo humanos de La comunidad y de La chispa de la vida.

La realidad tenebrosa y funesta que el director muestra en la pantalla es digna de las películas alemanas de los años veinte, de aquellas cintas en las que los protagonistas eran payasos, criminales y feriantes, donde también tenía un papel sustancial la ruindad y la miseria.

¿Nos sorprenderá Álex con algo diferente la próxima vez?

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies