El anciano en la colina

     —El cielo ha amanecido nublo.

Aquellas palabras acabaron de despejarme la modorra. Despeinado y legañoso, alcé la vista al cielo y, efectivamente, aparecía gris y cubierto de nubes. Casi con seguridad volveríamos a dormir sin haber visto el sol. Nada de eso importaba al viejo, que andaba trasteando ya con el fuego y el desayuno, como si para él no hubiera momentos de descanso. Así era siempre, por más que estuviera a punto de cumplir los ochenta años. Deberían dolerle las articulaciones y los músculos, debería estar agotado o desmotivado, pero esas eran dolencias que solo me afectaban a mí, hombre de ciudad. Supongo que tal comportamiento no me hacía ganar demasiados enteros en su consideración. Claro que no estábamos destinados a estimarnos, sino a hacernos compañía, o a sobrevivir, o a lo que fuera, por la mera razón de habernos encontrado después del cataclismo. Él traía a cuestas su vara de madera, las manos nudosas, una corpulencia que evidenciaba su fuerza física, y un morral con provisiones. Yo arrastraba mi condición de hombre de ciudad con unas botas de montaña y una mochila técnica llena hasta los topes de útiles que supuestamente ayudaban a sobrevivir en la naturaleza. Estaba lejos de ser un experto en tales materias, pero había topado con una tienda que lo vendía, abandonada, como todo lo demás, y se me ocurrió que aquello iba a darme alguna oportunidad de permanecer vivo. Si bien después de una semana de comer barritas energéticas, purés de alimento liofilizado y otras mierdas químicas, agradecí como si fuera un plato de gourmet aquel par de pajaritos asados que Tomás había cazado para los dos. Carne es lo que necesitas para coger fuerzas, me dijo. No se lo discutí, no porque estuviera en desacuerdo, que lo estaba, sino porque había decidido no perder mis energías inútilmente con aquel obcecado anciano que parecía seguir viviendo en un mundo desaparecido antes que el mío. Y no por un cataclismo, sino por el habitual paso del tiempo. Tomás había nacido en un pueblo, pastoreado ovejas, criado cerdos y cogido huevos de las gallinas. Para mí tales cosas eran materia de libros, mi comida llegaba envasada a los supermercados y alguien, ahora inexistente, se ocupaba de que llevara todas las etiquetas, garantías y productos prefabricados necesarios para hacerla nutritiva, sana y digerible. Ahora estaba allí, viéndole partir ramas, y me costaba creer que formara parte de la realidad. Como todo lo demás, por otra parte.

     —Puedo dejarte el hacha, si la necesitas.

Me contestó con un despreciativo. Hubiera debido levantarme de una vez del suelo donde había dormido, y ayudarle, pero me dolía hasta el último rincón de mi cuerpo. Suponía que andando, el tiempo, si no moría antes, iba a terminar por acostumbrarme a las caminatas cargando peso. Cuando me desentendí de ir a los gimnasios, permitiendo que un poco de barriga asomara bajo mis camisetas, nunca pensé que estuviera jugándome mi propia supervivencia. Aquello era para alargar la esperanza de vida, estar sano o guapo, y las tres cosas en aquel entonces no eran mi preocupación principal.

     —Para arder, la leña tiene que estar seca. Y para saber si está bien seca, tienes que partirla con las manos. Deberías prestar atención a lo que digo, y recordarlo.

Recordar, sí. Tomás estaba empeñado en formarme para que sobreviviera. Porque bajo sus constantes gruñidos, el viejo tenía buen corazón. O eso quería yo creer. Prefiero pensar que era eso, y no su deseo de ser enterrado. Cuando fallezca, me insistió a menudo, no dejes mi cuerpo al aire libre para que se lo coman las fieras. Crúzame los brazos sobre el pecho y me echas tierra. No hará falta que el agujero sea muy hondo, pero deberás cubrirlo con piedras. O el primer animal que me huela querrá sacar mis restos. Al principio admití su manía, estaba dispuesto a admitirlo todo, de él y de cualquiera con tal de no estar solo. Los pensamientos sombríos eran de esperar en un entorno como éste, donde a cada paso encontrábamos imágenes de la desolación. Había cadáveres dentro de los coches y procurábamos no mirar por los cristales, así pasáramos cerca o lejos. También los había dentro de las casas, y ninguno de los dos entraba en las cocinas ni en las despensas cuando errábamos en busca de alimento, si encontrábamos a alguien. Por la noche Tomás sí me hablaba de ellos, de si los había visto, como si pudiera ignorarlos, si me daba cuenta de que reposarían sin tierra. Una noche le pregunté por qué eso era tan importante. Pareció enfadado, menos conmigo que con mi ignorancia. Yo tampoco me tomé la molestia de explicarle que sí conocía los preceptos de su religión, aunque no los compartiera. Te encuentras un extraño apenas recién acabado el apocalipsis y tienes que convivir con él las veinticuatro horas, acostumbrarte a sus hábitos y manías. No es fácil.

A menudo hablábamos de los supervivientes. Tomás tenía miedo de hallarlos, había habido algo en sus días pasados, o en las recientes semanas, que no le gustó, aunque no quiso hablarme de ello. Su recomendación era evitar a los extraños, especialmente si iban en grupo, pues es difícil saber cómo reaccionarán las personas en situaciones de extrema carencia. El silencio que guardaba acerca de sus encuentros me hacía elucubrar sobre muchas posibilidades. Y el canibalismo no era una de las peores. Pero sí era muy mala. A menudo se paraba en mitad de una caminata, escuchando, escrutando los cielos. Si hubiera algo de organización, de sociedad, en alguna parte, patrullarían con aviones o helicópteros para hallar supervivientes. Pero Tomás, le decía yo, incluso si un grupo grande y bien coordinado persistiese, en alguna parte, porqué iban a esforzarse en buscar a otros. Bastante tendrían con sobrevivir, con hallar recursos. Entonces el viejo se ponía melancólico. Pero eso no puede ser, me insistía, no te das cuenta, si nos comportamos como lobos seremos lobos, y no hombres.

Comencé a entender, despacio, su obsesión porque nos laváramos y afeitáramos, en lo posible, en cada curso de agua que cruzaba nuestro camino. Limpieza y aspecto exterior partían del mismo lugar que su obsesión por tener una tumba. Era para no olvidarnos de lo que éramos. Humanos.

Y ahora, por fin, aquí estamos, Tomás. Hoy el cielo no está nublo, ¿sabes? He colocado las piedras, cuidadosamente. Ya no me duelen las manos, ni la espalda, me has enseñado bien. El tiempo, también, ha hecho su labor, y creo que mi cuerpo se ha desecho de lo superfluo, la grasa y la flojedad. Estás en una hermosa colina. Te lo cuento porque imagino que en tus días con fiebre no habrás sido demasiado consciente del lugar en que nos encontramos. Es muy bonito, ¿sabes? Detrás nuestro, al norte, crece un bosque de álamos temblones. El suelo está cubierto de hierba verde. Y al sur, en el valle, hay una pequeña ciudad. No una ciudad muerta, Tomás. No una llena de cadáveres o vacía como las que habíamos visto hasta el momento. Llevo observándola desde que te pusiste enfermo, y he podido comprobar que las gentes se mueven por ella, incluso que han improvisado carromatos con caballos y restos de coches o camionetas. Hay personas cultivando la tierra, y, no me vas a creer, pastores con rebaños de ovejas. Me hubiera gustado que lo hubieses visto, Tomás. Porque sin ti no hubiera sobrevivido. Sin todo lo que me has enseñado no podría bajar allí y decirles, yo sé cómo se cuidan las ovejas, cómo se crían los cerdos, cómo se cultivan el trigo y las legumbres. Un hombre anciano me habló durante meses de su pasado y yo permanecí atento. Aquel viejo a quien encontré en un camino me dio la oportunidad de seguir viviendo. Su tumba está arriba, cubierta de piedras, en lo alto de la colina, sobre vuestra ciudad. Y puede, sólo puede, que haya ascendido al cielo desde ella y esté en lo alto, cuidando de todos nosotros. Eso les diré, Tomás. ♦︎

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