Don Ramón María del Valle-Inclán, la gloria del esperpento

Ramón María del Valle-Inclán. Foto: Alfonso, en 1930.

Mi padre decía que a Valle-Inclán hay que leerle en voz alta. Y tenía razón. Hay que saborear las palabras, los espacios entre ellas, la sonoridad, el ritmo de las frases…, disfrutar de la belleza del idioma llevada a una de sus máximas expresiones. De pocos escritores puedo decir que lo he leído casi todo, pero de don Ramón, sí. Y varias veces. Y, en ocasiones, en la soledad de mi despacho, en voz alta, como recomendaba mi padre.

Sin embargo, ¿qué se puede decir de Valle-Inclán que no esté ya dicho? La respuesta es clara: nada. Hay quienes se complacen en disecar lo que había tras su estrafalaria personalidad, esa personalidad que por todos los medios intentaba transmitir y que en el fondo cuadraba poco con la realidad, bastante convencional, de su vida. Hay también quienes analizan con sensato bisturí sus contradictorias posturas políticas, como si eso fuera lo importante. Y están, por supuesto, los que le sitúan en la cumbre de la literatura española del siglo XX, los de incondicional veneración, de los que me siento más cerca. Pero como nada, insisto, puedo añadir a unos ni a otros, hablaré de sensaciones. Porque a Valle, o se le siente en la piel, o no se le ha leído como se debe.



En mi caso, el primer contacto fueron las Sonatas. Y a pesar de que yo andaba en esas fechas con la empanada ideológica, que, como es sabido, bloquea bastante las neuronas estéticas, se me erizó el vello con las aventuras de aquel don Juan “feo, católico y sentimental”. Nada podía unirme al personaje, pero en la narración de sus turbios pecados había tal belleza, que me faltaba la respiración al leerlos. No fue la Sonata de estío, pese a la arrolladora sensualidad de la Niña Chole, la que más me interesó, sino la Sonata de invierno, con ese melancólico final del marqués de Bradomín, en el igualmente melancólico marco de la corte carlista, enfrentado con la triste y terrible culminación de todas sus románticas malandanzas. Creo que este breve relato, esta sonata invernal, es, con ser una de sus primeras obras, una de las más bellas salidas de la pluma del maestro.

Esas memorias del marqués de Bradomín que constituyen las Sonatas son sólo una parte, aunque también un eje, del mundo que Valle-Inclán construye y en el que nos sumerge sin dejarnos respiro. Un mundo que es la España del siglo XIX, y algo de la del XX, pero no la España que conocemos por los libros de historia, ni por las novelas realistas. Una España pasada por los espejos deformantes del callejón del gato de Madrid, mas no por su esperpéntica deformación menos reconocible. Una España que, tras la sublime seriedad y sensatez de las letras en los siglos XVIII y XIX, enlaza directamente con la Celestina, con la novela picaresca y, faltaría más, con el Quijote. Una España en la que la mueca de risa cruel es un artefacto de supervivencia.

Una buena parte de la obra de Valle se estructura en ciclos temáticos, a veces inacabados. Así ocurre en Las guerras carlistas, en las Comedias bárbaras, o en El Ruedo Ibérico. Proyectos en los que se repiten personajes que aparecen y reaparecen en unos y otros, todos situados más o menos en el mismo tiempo histórico, los finales del reinado de Isabel II y las crisis y guerras civiles subsiguientes, pero que, al estar escritos con lapsos de muchos años entre ellos, responden a estéticas profundamente diferentes.  Son apenas treinta años los que van desde las Sonatas hasta El Ruedo Ibérico, pero en ese tiempo la evolución del autor ha ido del modernismo al esperpento, si se me permite esta simplificación.

Una evolución que se puede observar llamativamente si se comparan los tres títulos de Las guerras carlistas (Los cruzados de la causa, El resplandor de la hoguera y Gerifaltes de antaño) con los de El Ruedo Ibérico (La corte de los milagros, ¡Viva mi dueño! y Baza de espadas), más de veinte años después. No nos equivoquemos, que no se trata de mejor o peor en este caso. Las guerras carlistas son tres excelentes novelas, desde luego nada convencionales según los cánones de la novela realista del XIX, en las que la crueldad de la guerra fratricida se aúna con un cierto espíritu épico y con un buen dibujo de personajes, no muy piadoso, ni falta que hacía. Pero El Ruedo Ibérico es otra cosa. Parece que el autor pretendía hacer una especie de Episodios Nacionales que fueran desde las postrimerías del reinado de Isabel II hasta los desastres del 98, pero le faltó el tiempo, o quizá las ganas. Lo cierto es que se quedó con los tres títulos mencionados, el último inconcluso, que llegan a los albores de la llamada “Revolución Gloriosa”, de 1868.

Soy de los que piensan que El Ruedo Ibérico es la culminación del genio de Valle-Inclán. Está escrito en clave de esperpento (para entonces ya había acuñado y empleado el término) y con una estructura rítmica tan perfecta en la secuencia de las viñetas (no se me ocurre otra palabra) con las que narra los hechos, que uno no se da cuenta de ello hasta una segunda o tercera lectura. Y, naturalmente, se puede leer en voz alta, y sonará a música. Mientras tanto el lector perderá con toda probabilidad el respeto que pudiera tener hacia quienes han hecho la historia de su país, pero esto no me parece especialmente grave.  Aunque si el lector de ahora piensa que no le atañen los acontecimientos de aquellos tiempos, hace casi siglo y medio, permítanme una sonrisa. No son los hechos históricos, a veces tan trascendentes, lo que se pone en berlina, sino la mezquindad, casi universal, de quienes los protagonizan, incluso la de los que representan, o parecen representar, las buenas causas.

Es casi seguro que para entonces (finales de los años veinte y primeros treinta) Valle no era ya carlista, o lo era bastante menos, pero en El Ruedo Ibérico sigue paseando al marqués de Bradomín, ya viejo y con una veterana sabiduría que le permite seducir, al menos intelectualmente, a una bonita y sensible joven aristócrata. Un marqués de Bradomín que también había aparecido en papeles secundarios en Las guerras carlistas y las Comedias bárbaras, escritas mucho antes, como pariente del protagonista de éstas, don Juan Manuel Montenegro.  

Y es hora de ocuparse de estas “comedias” (que tan poco tienen de tales), concebidas por el autor como teatro y que durante décadas se han considerado irrepresentables, hasta el punto de clasificarlas con frecuencia en la obra valleinclanesca como novelas. Son tres: Águila de blasón, Romance de lobos y Cara de plata. Posiblemente a don Ramón le gustaría saber que muchos años después de su muerte gentes del teatro se decidieron a representarlas, y tuvieron el gran éxito que merecían. Incluso cuando fueron representadas todas juntas, en una sola sesión que por supuesto duraba varias horas. ¡Claro que eran teatro, un teatro al que él se adelantó en varias décadas! En ellas están la avaricia, la lujuria, la ambición y el despotismo en estado químicamente puro, situados en una Galicia de resonancias feudales, y sin que falte un toque al rey Lear. El eterno tema de las relaciones de amor-odio entre padres e hijos, llevadas aquí al límite por los lobeznos del romance, y por el desprecio con que les distingue el patriarca. Todo es extremado y cruel, en una especie de infierno para vivos, en el que se percibe como contrapunto el desamparo de los pocos inocentes que por ahí aparecen. Y subrayado por la risa del bufón, ese personaje indispensable del teatro clásico, olvidado durante dos siglos, y ahora recuperado.

Teatro puro el de Valle-Inclán, considerado irrepresentable por los sensatos e instalados. Ahora se está viendo. Desde la Farsa y licencia de la reina castiza hasta Los cuernos de don Friolera, pasando por La rosa de papel, Las galas del difunto, Flor de santidad, Divinas palabras… Por ellas desfilan las miserias, el vacío y las pasiones de los seres humanos, convertidos en ocasiones en títeres de retablo para mejor subrayar el absurdo de sus comportamientos. Pero no siempre es así. Cuando en Luces de bohemia, la máxima expresión del esperpento, el poeta ciego, Max Estrella, deambula por Madrid, su figura, trasunto de la de Alejandro Sawa, adquiere una grandeza y dignidad compatible con que todo cuanto sucede siga estando reflejado en los espejos deformantes. Max muere en medio de situaciones absurdas, pero no muere absurdamente. Sin embargo, su muerte marca un antes y un después. A partir de ella (escrita en 1920) durante los tres lustros que le quedan de vida, toda la obra de Valle-Inclán es esperpento, en el noble significado artístico que él dio a esta palabra. Los espejos deformantes ganan la partida y en ellos se mira un mundo que prefiere no reconocerse y tomar lo visto a beneficio de inventario de las extravagancias del autor. Y así es, si así os parece.

Para terminar, un salto sobre el Atlántico para encontrarnos con Tirano Banderas. Consecuencia de un viaje a México, invitado por el presidente Álvaro Obregón, es una de las primeras, no sé si la primera, de las novelas consagradas a los dictadores latinoamericanos, novelas que ya van constituyendo un género. No me ciega el amor patrio si pienso que ésta me gusta más que las que han firmado plumas del otro lado del mar tan ilustres como las de Alejo Carpentier, García Márquez, Roa Bastos y algunos más, siendo todas muy buenas. No hago un juicio de valor, sino que expreso un sentimiento. Tirano Banderas está en la línea estética de El Ruedo Ibérico, pasada por un lenguaje lleno de americanismos, me temo que no todos utilizados correctamente. Pero tiene la fuerza y la belleza de las “pinturas negras” o los “desastres de la guerra” de Goya. Hay en ella un abandono del humor, negro y cruel, pero humor al fin, que existe en El Ruedo Ibérico y en muchos de los esperpentos. En alguna forma, lleva al extremo lo que ha experimentado en el resto de su obra de los últimos años. Lo que a mí, al menos a mí, me intriga es por qué eligió para esta culminación un paisaje ajeno y en definitiva un país imaginario, cuando prácticamente el resto de su producción está situada en la realidad, todo lo deformada que se quiera, de España.

Es el tipo de preguntas a hacerse cuando se recupera la respiración. Preguntas sin respuesta, propias de nuestra mediocridad, a las que don Ramón María nunca se hubiera dignado contestar. Mientras no nos demos cuenta de que la genialidad va por un lado y la lógica por otro, no nos enteraremos de nada. Y tampoco entenderemos la lógica profunda, subterránea y difícil, que hay tantas veces bajo las aparentes extravagancias de un genio. Es la lógica que rompe el cristal del espejo deformante con el grito de dolor de un ser humano. ♦︎

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