Y no pasará nada

Mañana será el olvido quien rompa el fuera de juego, será no leer el periódico inconscientemente. Mañana será nuestro aliado y no pasará nada. 

Hacía como un mes que Sandra y yo veníamos quedando, unas pocas citas de tarde urbana y un par de noches breves y multitudinarias, cenacine, byechaopocoapoco. Aquella noche, sin embargo, fue la primera de otras distintas. Era fría y se fue despoblando de todos los que al día siguiente trabajaban, nosotros éramos de esos, pero seguíamos allí, juntos. Era algo más de medianoche, cerca de donde Sandra vivía. A veces tomábamos aire, cambiábamos la emisora de radio y continuábamos con el sexo a medias de un coche sin seguros, sabiendo a piel que no sabe mas que a piel después de tanta cercanía y tacto imposible y salvajemente imaginativo. Buscando intimidad a pisotones sobre el reloj de los desarrollos seguros, escapando del juego a contragolpe de pusilánimes, al encerrarse en el no fallar. Diluviaba y teníamos ganas de acostarnos juntos. Nunca es tarde en esas ocasiones. Al día siguiente ya hubiéramos visto cómo hacer las cosas, pero nos enseñaron otras costumbres y fuimos lo que llaman “responsables”: nos fuimos a casa, mientras seguía lloviendo a mares.

Esperé a ver entrar a Sandra en su portal, y aún a que la luz se apagara un par de minutos después. Salí despacio desempañando los cristales bajo el diluvio universal. Callejeé sin prisa hasta tomar la autopista. Arreciaba y tuve que poner las escobillas batiendo a toda velocidad, sin que fueran capaces de expulsar todo el agua que caía. Los kilómetros pasaban despacio, iba a ochenta por hora y eso ya parecía una temeridad. La carretera se oscurecía por instantes sin que la vista tuviera tiempo de acostumbrarse a la negrura, miraba por el retrovisor, no había luz que rompiera la oscuridad, y el horizonte se había borrado. Cuando la noche es tan oscura ocurre que uno agudiza todos sus sentidos y le parece estar influenciado por cientos de presencias repentinas, de llamadas y dañinos azares. La oscuridad es terreno para quien ve con mayor claridad. 

Por delante aparecieron unas luces, crecieron rápidamente hasta delimitar sin equívocos el volumen de un trailer. Adelanté al gran camión que parecía una bestia moribunda venida de otra realidad, y con el mismo acento mágico desapareció súbitamente de los espejos retrovisores. Los kilómetros volvieron a caer sordamente sobre el lento crepitar de la lluvia. Sin nadie alrededor. Parecía que la tormenta avanzara conmigo, atenta a mis movimientos como un espía en su primer día de trabajo.

En la radio había una tertulia deportiva. Yo no pensaba en nada concreto. Quizás calculé las horas que dormiría aquella noche, sabiendo que el despertador sonaría a las siete de la mañana, pensaría si dejar la ropa del trabajo sobre la silla o no, ideas de un segundo que no tienen utilidad, como mirar la aguja de la gasolina y pensar que hasta el siguiente martes no tendrás que repostar, estar de acuerdo con un comentarista en cuándo se debe y cuándo no se debe sacar tarjeta amarilla, pensar que en media hora estarás en casa, y así seguir midiendo la vida con estupideces, también en los días excepcionales, como lo era aquel, que ya había sido.

Avanzaba por una pendiente bastante enredada de la autopista, eran unos cinco kilómetros de subida con constantes curvas, no era peligrosa porque la conocía bien, pero iba con cuidado. Salía de una curva cerrada a derechas cuando reconocí las luces de emergencia de una furgoneta, estriadas por la cortina de lluvia pesada y vertical. 

Levanté el pie del acelerador, era una furgoneta blanca, parecía nueva, aparcada en el arcén. A unos metros un hombre movía los brazos pidiendo ayuda. Reduje, me acerqué despacio. 

El hombre debía tener unos cincuenta años, era delgado y alto, con una camiseta blanca de manga larga adherida al fibroso torso, el poco pelo del flequillo entre profundas entradas pegado sobre la frente. Estaba tan empapado que parecía que el agua surgiera de él. Resultaba evidente que tenía algún problema con su vehículo, cualquiera estaría desesperado bajo aquel aguacero con el coche roto. El movimiento de sus brazos fue desapareciendo según me acercaba, cruzó la línea continua del arcén, estaba en medio del primer carril estirando el cuello como si de esa manera resultara más visible, como si pudiera detener mi coche con solo el poder de su mirada. 

Pasé a su lado en un lento travelling, era un rostro que jamás había visto, alguien nuevo que golpeaba mi puerta con virulencia. Sabía entonces, como ahora, que lo correcto era parar, pero dudé, porque tuve miedo, no sé a qué, miedo del desconocido y de su furgoneta, que no me amenazaban, que solo me pedían ayuda. Desconfié de aquel hombre sólo porque la lluvia parecía no molestarle, con lo mucho que a mí me incomodaba.

Quisiera creer que no pensé en nada, que actué de manera inconsciente, movido por una fuerza que empujaría a cualquiera, incluso a aquel hombre, a pasar de largo como si no pasara nada. Había sido un día excepcional. Pienso en Sandra y en lo fatídico que hubiera sido no volver a verla al día siguiente, lo pienso ahora, puedo hacerlo. Y quizás también lo pensé entonces, aunque no lo recuerde. Fui metiendo marchas con rapidez y pasé de largo, como si todo estuviera resuelto, como si no hubiera problema, como si nada hubiera ocurrido. 

Miré una sola vez por el retrovisor, solo para cerciorarme de que aquel enemigo psicótico no me seguía. Y no lo hacía. 

Aquella noche fue la primera de otras distintas, otras que hoy son otras. ♦︎

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