Una serendipia: Salvador Sobral

La Real Academia de la Lengua define serendipia como «hallazgo valioso que se produce de manera accidental o casual». La verdad es que no se me ocurre una mejor definición para describir lo que ha supuesto Salvador Sobral para el panorama musical. Hasta hace dos semanas su nombre era prácticamente desconocido fuera de su país de origen, Portugal. Hoy se ha convertido en la nueva estrella televisiva gracias a su victoria en Eurovisión.

Salvador Sobral.

En un mundo en el que todo está impostado, donde nos hemos acostumbrado a consumir cosas enlatadas y efímeras, Salvador Sobral ha traído un soplo de aire fresco. Por eso su naturalidad nos ha sobrecogido. Porque es capaz de subirse a un escenario a cantar Amar pelos dois —canción compuesta por su hermana, la también cantante Luisa Sobral— rodeado de miles de personas que lo observan en directo e interpretarla como si la estuviera susurrando al oído. Porque Salvador Sobral es naturalidad. En sus gestos, que expresan lo que está sintiendo mientras canta y parece que te lo estuviera confesando como el amigo que queda contigo a tomar una cerveza porque necesita hablar. Es natural en su forma de vestir, que podría ser la de cualquier chico de su edad. Es espontáneo en su manera de hablar y actuar. Tanto, que consigue que te sientas cerca de él mientras está en el escenario; logra que entiendas lo que te está contando aunque te hable en portugués y hace posible que parezca que cantar como lo hace él es sencillo. En definitiva, Salvador Sobral, es un chico de 27 años con pinta de eso. Para algunos, que una persona así haya podido ganar el festival de Eurovisión les parece casi obsceno.

Sobral nos ha recordado lo bonito y necesario que es detenerse y emocionarse con una melodía, aunque no se entienda portugués. Sobral ha sorprendido al mundo por hacer lo que hace: música. Sin más pretensiones. Sin más adornos. Tras recibir el galardón en Kiev el propio cantante luso decía que la música no son fuegos artificiales, sino que tiene que ver con sentimientos. Y de eso a Salvador le sobran. Con una voz que rezuma dulzura y elegancia, y que se parece bastante a esas caricias tiernas que erizan la piel. Dice Sobral que le gusta que sus canciones sean únicas cada vez que las canta. Por eso las interpreta como si no lo hubiera hecho jamás. Sin reglas, sin ataduras, ni siquiera a la melodía. Como buen amante del jazz, Salvador es buen amigo de la improvisación. Es esta improvisación la que le permite cantar expresando lo que siente en ese preciso instante.

Fiel admirador confeso de Chet Baker, la relación de este chico de Lisboa con la música a nivel profesional comenzaría en España —primero en Mallorca y después en Barcelona— hace ya más de siete años. Fue la música la que le invitó a abandonar la carrera de Psicología que estaba estudiando y le invitó a acompañarla. Desde las primeras notas se puede observar que Salvador lleva la música instalada en su sangre y que es ella la que le susurra en el oído mientras canta. Quienes hayan tenido la suerte de vivir una de sus actuaciones en directo habrán comprobado que es la música la que lo transporta y, como si de un espíritu se tratase, se cuela dentro del cuerpo de este portugués para hacerlo vibrar y hacernos vibrar con él en cuanto comienzan a sonar las primeras notas de la canción.

Este espíritu de voyeur que todos tenemos ha hecho que durante estas semanas se haya hablado de todo lo bueno y lo malo que había hecho Sobral en su vida privada. Se le ha considerado héroe nacional. Se le ha juzgado y se han compadecido de él por su estado de salud. Solo espero que a partir de ahora seamos capaces de hablar de él por su música. Os aseguro que solo con eso hay tema de conversación más que suficiente.

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