Todo Rafael Gordon, la mujer como epicentro de la creación

Rafael Gordon (1946, Madrid) ha estado, podríamos decir desde siempre, rodeado de la figura femenina: madre, hermanas, Sheridan, hijas y proyectos creativos con el epicentro Mujer. Así y tanto, nos encontramos con su última película Todo Mujer, con 14 candidaturas a los Goya 2017, protagonizada por Isabel Ordaz, como Amalia, y con el reparto de Alfonso Arranz, Arantxa de Juan, Miguel Torres y Julia Quintana, acunados por una fotografía —David Omedes— y música —Jorge Magaz—, magistrales.

Gordon, fiel conocedor de la psiquis femenina, realiza un análisis pormenorizado de la situación de Amalia, un ser de una profundidad devastada, alejada de la realidad cotidiana. Olvidada por todos y por sí misma, en la ruina de la vida, Rafael, a través de Isabel, nos saca la parte más amable, bella y humorística de la resistencia de una mujer en un palacio segoviano en decadencia, que se derrumba con el paso inexorable del tiempo. Aquí, en este mismo sitio de ruina y abismo, en lo cotidiano de su deambular por la ciudad, encuentra su redención al ayudar al otro. Con todo y con ella, representa la desobediencia a un sistema, a una forma de existencia tipificada, donde la sociedad, desde arriba hasta sus más cercanos familiares, le dicen constantemente cómo dirigirse en vida: rendirse, intentar volver a un tipo de vida normalizada, normal.

Todo mujer (2015) / Imagen: Rafael Gordon Producciones.

Isabel, capaz de realizar inimaginables personajes ficcionales, cada uno con su tono y vibración, se deja clavar las heridas de una vagabunda con antiguos rastros y ecos de aristocracia, mujer amable, que amaba. Se llamaba Amalia y llevaba encima todo lo que necesitaba, su camisón rojo y su abrigo largo y oscuro, dentro y fuera de casa. A esta figura nebulosa y pasional le perseguirá y le aguardará una sombra, un hombre, un alter ego que le brinda seguridad y esperanza, y, en última instancia, precipitará el estallido en la conciencia de la protagonista: una carga que podría acabar con ella. Una vez más, Isabel Ordaz, bajo las órdenes de Gordon, nos transporta a un mundo verosímil y emocionante, esto es, un mundo posible donde lo más visible será la vasta profundidad dramática del personaje principal. Como resumiera hábilmente el soñador: «Todo mujer es un homenaje a una mujer que desde la oscuridad intenta llegar al claroscuro de una vida posible». Y podemos añadir: siendo el resto de los personajes meros satélites orbitando a su alrededor. Esta forma de narración, donde casi todo resulta ser un monólogo, nos resultará familiar si estuvimos atentos a la filmografía del director, tan presente en obras como Mussolini va a morir (2012) o La reina Isabel en persona (2000).

Rafael Gordon, al condensar su interés en la mujer no lo hace desde una vacua ilusión, o desde una profunda banalidad, sino que parte de una sibilina sensibilidad artística y humana, una manera de entender y legitimar a una sección de la población en desventaja desde los siglos de los siglos. Su carrera como director cinematográfico le avala: más mujeres y más películas son, por ejemplo, La reina Isabel en persona, Teresa, Teresa (2003) o el documental La mirada de Ouka Leele (2009). Con este último título fue nominado a un Goya por mejor documental. Ouka, fotógrafa ganadora del Premio Nacional de Fotografía, estuvo en el epicentro de la Movida madrileña, aquí es retratada desde la cercanía de su peculiar manera de expresarse y hablar sobre sí misma y sus recuerdos, sobre su proceso creativo, realizándose un acercamiento a la artista interdisciplinar y a su obra extensísima.

Rafael, homenajeando y favoreciendo el alzamiento y contemplación de la grandeza de la mujer, representa a este ser desde su complejidad, mostrando la cara amable de criaturas celestiales, así como la cara oscura y resentida, donde ni se es del todo virtuoso ni malicioso. Seres imperfectos que cohabitan en un mundo caótico y azaroso. Gordon se sirve de la tradición y de un lenguaje propio de autor, cosechado a través de sus 50 años de experiencia, para, en cada cinta, retomar preguntas eternas, relacionadas, por tanto, con la madre de las ciencias y sus hijas: la historia, la literatura, la psicología, etc. Por esto nos será fácil encontrar referentes culturales tradicionales en su obra, como Chaplin, Fellini o Buñuel, así como su sabiduría aplicada o pátina intelectual ―como dice Rafael que decía Goya, «el tiempo también pinta»― que da la experiencia y la intuición de la compleja psiquis del ser humano.

Pero no es todo cine lo que brilla, otros proyectos artísticos en los que se ha enfrascado han tenido que ver con el teatro, es más, la última obra que ha dirigido en el Teatro La Grada durante este mes de marzo y abril ha sido Grito al cielo con todo mi corazón, de la dramaturga mexicana de creciente trascendencia en el panorama actual Ximena Escalante. Obra en la que la mujer como ser arquetípico, no como ser tangible o cotidiano, expresa su ira, sus miedos, sus hilos con el pasado al intentar gestionar sus conflictos desde el lado oscuro del amor. Doce cuadros, doce escenas, donde las actrices María Gray ―profesora del Máster Universitario en Estudios Avanzados de Teatro en la universidad UNIR, así como creadora interdisciplinar― y Donatella Danzi ―presidenta de la Societá Dante Alighieri y fundadora de la escuela Parla Italiano Facendo Teatro― nos emocionaron al sublimar acciones cotidianas en escena, dando vida tanto al ying como al yang. Pongamos un mero ejemplo: una de las actrices en una escena toma el rol de hija, con su vestido rojo, con su cuerpo de mujer maduro, al lado de su madre, la actriz restante, vestida con un vestido rojo, con su cuerpo de mujer madura, para pasar a la siguiente escena, donde cambiarán de rol sin cambiarse de vestido o de cuerpo. El pacto creado con el espectador tendrá que tener un seguro de confianza, no nos vamos a creer cualquier interpretación. Pero, ¡equilicuá! Resulta verosímil el cambio constante de papeles: ellas serán duras y juguetonas, inocentes y caníbales, seductoras y víctimas, ellas serán una y serán todas.

En este mundo figurado, sin grandes escenarios ni atrezos, con un acabado minimalista y al mismo tiempo colosal, la pintura y el teatro confluirán. Asistiendo visualmente a la puesta en escena, vemos innumerables confluencias con los mundos de Hopper o Balthus, que no harán otra cosa que dotar de volumen y belleza a la obra dramatúrgica. Por otro lado, colocadas las actrices en los espacios clásicos que les son propios, la cocina o el salón ―aunque de forma desdibujada, pudiendo dejar espacio a pensar que nos hallamos en un cuarto o en un garaje―, los personajes instalarán en lo cotidiano lo perverso, transcendiendo las situaciones y las acciones. Abarcando la interpretación de mujeres legendarias desde el rol de sumisión y dependencia más primigenias, al que alcanza a desplegar el poder más amenazante. Creando, por tanto, una armonía perfecta: cerrando el círculo vicioso relacional. Serán protagonistas arquetipos perversos de la tradición —de las cuales tan magistralmente nos ilustró el libro de Erika Bornay Las Hijas de Lilith (1990)—, donde encontramos, más allá de hijas, madres vampiras o hermanas sirenas, madrastras brujas, novias caníbales y sirvientas demoníacas, entre otras. Todas estas tipologías de mujeres deberán encontrar su camino a la salvación desde este «dolorido sentir con un punto de altivez», como diría R. Gordon. Y, por tanto, aniquilando una herencia que viene de la noche de los tiempos. Hablamos de deshechos, basura psicológica, fantasmas… Transitamos entre monstruos que, en definitiva, nos persiguen, y más allá de ello, nos conforman también como sujetos. No podemos olvidar, como señalase entre otros, Ana Carrasco Conde, en su libro Presencias irReales. Simulacros, espectros y construcción de realidades (2017), que los monstruos, al fin y al cabo, somos nosotros. Habrá que estar atento a uno mismo, porque de lo que se queda dentro, se cría. Por tanto, la pregunta no podrá ser otra: ¿cómo lograrán la salvación los personajes? Ahí la propuesta final de la obra. Una esperanza: «no estamos desasistidos de formar nuestro destino».

Por último, y por si quedase alguna duda, Rafael Gordon es un observador perspicaz, capaz de captar psicológicamente a las personas con las que se rodea, de interesarse por ellas. Esto es lo que nos ofrece también en su libro Belleza y ceniza (2013), donde ya solo el título, tan inspirador, nos deja en esa brumosa espera, la que surge cuando se anhela la excelencia en una obra creativa. El texto, conformado a raíz de pequeñas reflexiones de diversas mujeres sin atributos, conectadas entre sí por ostentar aquella sabiduría que da la edad y su vivencia, nos sumerge de nuevo en la contemplación de la psiquis femenina. Nos cuenta, desde la soledad que transitan, sus penas, miedos, fantasías, sus reflexiones más lúcidas: «El pudor lleva a desarrollar un complejo de conciencia culpable»; «Somos hoy lo que hemos ido forjando día a día desde la infancia»; «Generación a generación, siempre tenemos un Auschwitz de hambrientos terminales a cuatro horas de avión de nuestros restaurantes». Reflexiones tanto sobre una misma como sobre la sociedad en general. Filósofas de lo cotidiano: «Y sufrir con resignación es el más sutil de los sufrimientos»; «intentaré comprender cada eco del mundo que llegue a mí, pero siempre en la acción. Creo que la vida es demasiado corta para pensar en lo corta que es, sin hacer nada». A través de todas estas frases sentenciadoras, descubrimos y cercioramos lo intuido, el autor es un poeta con una dedicación clara y entera al mundo femenino.

Rafael Gordon, en definitiva, es un ser atípico. Una rara avis. Un ser que sabe conectar su actividad de director de cine con su lado más humano y humilde, tratando el asunto femenino desde el cariño, la amabilidad y el respeto. «Es un momento delicado para los pensadores», sugiere el director casi a modo de susurro imperceptible. Sin embargo, prosigue su camino a contracorriente, perpetuando su lugar de pensador independiente, creando cine de autor. Y poniendo a la mujer en un lugar de visibilidad y equilibrio con su semejante.

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