‘The Congress’, el Pop y la disolución de la identidad

Desde que Ari Folman arrasó mundialmente con el espectacular documental Vals con Bashir (2008), sus coqueteos con la animación en nuevos planos le han encaminado irremediablemente a realizar una de las cintas más particulares, llamativas y coloristas de los últimos tiempos: hablamos de The Congress (2013), muy libre adaptación de Congreso de Futurología de Stanislaw Lem, que cuenta con una espléndida Robin Wright que se interpreta a sí misma, Harvey Kietel y la voz de Jon Hamm como reclamos en un casting de lujo.

Desde Who framed Rogger Rabbit, pocas películas habían tenido tanto éxito al combinar animación e imagen real. The Congress es una película que, por supuesto, no destaca únicamente por sus policromos escenarios, su magnífico diseño de personajes —en las partes animadas— y su imaginativa y terrorífica premisa, sino también por los dilemas que nos plantea, indisolubles a la concepción orteguiana del hombre-masa, y que nos acerca a una tendencia artística de la segunda mitad del siglo pasado, el Pop.

The Congress (2013) / Imagen: Liverpool, Paul Thiltges Distributions.

En lo argumental, The Congress sigue la evolución de un opresivo star-system que va irremediablemente de camino a la distopía. Una nueva tecnología se ha desarrollado y permite captar a las empresas y productoras cinematográficas todas las imágenes interpretativas que puede realizar un actor, para procesarlas digitalmente y poder prescindir de ellos. Por circunstancias, Robin Wright se verá obligada a vender su imagen, previo contrato de explotación durante veinte años. El futuro de la industria cinematográfica pasa, según Folman, por la deshumanización y la inclusión definitiva de la máquina como sustituta de las personas.

Pero nos interesa, principalmente, la segunda parte de la película, donde se desarrolla el rico lenguaje visual animado de ésta y los conceptos en los que queremos profundizar. Con el final del contrato de Robin Wright, ésta asiste a un congreso en la ficticia Abrahama City, lugar de ensueño y donde entra de lleno el plano de la animación, a la que se accede a través del consumo de ciertas píldoras, con reminiscencias innegables a Matrix. Y en aquella extraña ciudad, se suceden imágenes que rozan lo onírico, llenas de color y que se quedan rápidamente en la retina del espectador.



Porque, en primer lugar, hay una clara valoración respecto a las figuras que se nos presentan en The Congress, en los avatares que utilizan las personas que están dentro de este mundo animado que niega el ego. Todo el mundo puede ser quien quiera y como quiera, sin límite ni restricciones. El capitalismo salvaje ha pasado al siguiente nivel: no sólo domina el arte y la vida de las personas, sino la integridad total del individuo. Abrahama City se nos presenta como un falso paraíso, en el que no hace falta ser uno mismo, y lugar de culto a la histeria colectiva, hasta una rebelión que acabará con la tiranía corporativista y permitirá la libre introducción del ser humano en cuerpos que no son los suyos.

En esta orgía visual y colorista encontramos numerosas referencias al imaginario colectivo de nuestra actualidad: conviven en los mismos espacios Clint Eastwood, Jesús, Mike Tyson, Elvis Presley, Picasso autorretratado, Marilyn Monroe, la Venus de Botticelli o la propia Virgen María. La era de la libre elección es un engaño que anula al individuo, que suprime la voluntad. Está disfrazada de libertad, pero sólo acerca al ser humano a la masa hedonista, en la que se disgrega y se diluye. La realidad animada se ha completado: a través de la conversión del individuo en un objeto de consumo, el capitalismo ha ganado al ser humano y lo ha hecho parte de la masa, ha anulado su identidad.

La conversión de los objetos de consumo capitalistas, primero, en objeto de arte reflexivo y crítico, y más tarde en objeto cuyas cualidades estéticas son apreciables, son las fases principales a distinguir dentro del Pop, primero en Gran Bretaña y después en Estados Unidos. Vemos en The Congress claras reminiscencias al Pop americano, a Warhol o a Linchenstein, donde la imagen que representa el consumo se ha tragado la real. Al mismo tiempo que se nos muestra esta consideración, la película funciona también como aparato reflexivo sobre el que orbitan temas que antes nombrábamos: la negación de la identidad, la pérdida de la individualidad en la masa y el efecto de la sociedad hiper consumista y tecnificada en el ser humano.

Así, The Congress se establece no sólo como una muestra de nuestro imaginario colectivo convertido en valor estético —la figura de la fama, obras icónicas de la Historia del Arte…—, realizando la transvaloración de los principios del Pop americano, sino también como una reflexión de la conversión de estas figuras en objetos de consumo, con pretensiones más allá de la comercialización de éstas, tal y como propone el primer Pop de Gran Bretaña.

Es en este ámbito crítico donde juega un papel más importante la representación, que se utiliza como parodia o sátira. Lo popular, lo que se lleva, incluso lo mainstream, es objeto claro contra el que Folman se lanza en la película desde el inicio de la animación. Pero también hay espacio para la referencialidad dentro de los escenarios que se recrean en The Congress. Es el caso de El jardín de las delicias, que no sólo tiene similitudes iconográficas claras en parte del film, sino que también comparte símbolos y significados. La representación del falso paraíso del que antes hablábamos está íntimamente ligada con el tríptico del Bosco, que muestra en un alarde de color y vida una multitudinaria orgía que está relacionada de forma directa con los escenarios y actitudes de la masa en The Congress.

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