Stefan Zweig, réquiem por un europeo

La esencia de Europa no reside en sus ríos, montes y valles, ni siquiera en las calles y monumentos de sus ciudades, sino en las personas que la han habitado. Y sobre todo en algunas de esas personas. Una de ellas es Stefan Zweig. Judío vienés, le tocó vivir las postreras décadas del imperio Austro-húngaro, la primera gran guerra, las turbulencias del período de entre guerras y el comienzo de la segunda. De todo ello fue testigo comprometido, mientras producía una ingente obra literaria, de enorme éxito en su momento y hoy un poco olvidada. Ahora, en esta primavera de 2017, se ha estrenado una película sobre él, y dicen las críticas que no es un biopic al uso. Espero que así sea y procuraré verla. Mientras tanto, la noticia me trae a la memoria los libros que he leído de él (pocos en relación con los muchísimos que publicó) y el recuerdo de lo que me han aportado.

Primero, las novelas. 24 horas en la vida de una mujer, Carta de una desconocida, Impaciencia del corazón (también publicada en castellano como La piedad peligrosa). En todas ellas la extremada sensibilidad del autor se proyecta en los personajes femeninos, en su capacidad de amar y la frustración de no ser amadas como hubieran merecido. Pero ello no quiere decir que pinte a los hombres implicados como malvados o egoístas. Sencillamente torpes o desconocedores de las consecuencias de sus acciones, como en la vida misma. Zweig sabía mucho de los seres humanos. A mí me pareció en su día especialmente patético el joven oficial de Impaciencia del corazón, repleto de buenas intenciones, pero incapaz de administrarlas, ignorante del daño que podía hacer su atención a la chica paralítica y horrorizado y lleno de culpabilidad ante los resultados de su ignorancia.

Stefan Zweig.

¿Y qué decir de la carta de la desconocida? No hay buenos y malos en estos relatos, sino personas en las que los sentimientos llevan al desastre. Unos sentimientos descritos con tal precisión que arrastran al lector a compartir el dolor y la desesperación de los personajes, e incluso a identificarse con las situaciones, por lejanas que estén en el tiempo y en el ámbito cultural. Un lector del siglo XXI no puede saber cómo hubiera sido su vida en el Austria de principios del XX, pero sí puede reconocer esa terrible complejidad de las relaciones entre hombres y mujeres. Y, sobre todo, la dura responsabilidad en cuanto se hace y, más todavía, en cuanto no se hace. No son las intenciones, sino los hechos, por aquello que se nos juzga. Pero Stefan Zweig no juzga; sencillamente expone, con la profunda sabiduría y sensibilidad que su habilidad literaria pone en juego. Una sensibilidad que, ya se sabe, se impuso a su capacidad de análisis en el último y trágico momento de su vida.

Sin embargo, su capacidad de análisis era mucha. Además de novelista fue biógrafo y, en alguna medida, historiador. También escribió poesía y teatro, pero estos aspectos los desconozco. Son sus biografías, incluso más que sus novelas, lo que más me ha llamado la atención de él. He leído tres: María Antonieta, Fouché y Erasmo. ¡Qué personajes tan diferentes! ¿Verdad? Y, naturalmente, Los momentos estelares de la humanidad. Sólo por el primero de esos momentos, la muerte de Cicerón, se pueden cambiar toneladas de literatura política.

No es sólo la inmensa cultura y la investigación documental que muestran estas obras lo que impresiona, sino, más todavía, la penetración psicológica con la que se introduce en el interior de los biografiados. En el caso de María Antonieta, el equilibrio entre el contexto histórico y la frágil personalidad de la reina es perfecto, y convertiría el libro en una gran novela sino fuera porque lo relatado no es ficción, sino pura y documentada realidad. A destacar la importancia que el autor, siempre muy atento a las sensibilidades femeninas, da a las insatisfactorias relaciones sexuales durante los siete primeros años de matrimonio entre la poco más que adolescente archiduquesa austriaca y el estólido delfín de Francia, el futuro Luis XVI. Creo que nunca antes este aspecto había sido tratado con tanta penetración y con tanta intuición sobre el posterior comportamiento de la soberana.

No se trata de frivolizar sobre algo tan serio como la revolución francesa, y desde luego Zweig no lo hace, pero sí de procurar entender a los seres humanos que se encuentran en la vorágine de los acontecimientos históricos, como tales seres humanos, y no como productos de fuerzas ciegas en las que el bien y el mal, la razón y la sinrazón sólo tienen lectura colectiva, pasada por la ideología. María Antonieta no fue ni la abominable mujer viciosa y corrupta que acusaron los libelos y sus jueces, ni la santa reina mártir que se inventó la reacción absolutista en la Restauración. Más bien una pobre chica desorientada, poco culta y no demasiado inteligente, que maduró sólo a medias y mal, cargada de prejuicios de clase y en el momento más inoportuno. Y, eso sí, que supo adquirir grandeza y dignidad en su trágica última etapa. Que me perdone Stefan Zweig si al hablar de memoria le estoy interpretando mal, que es lo probable.

Como estamos en la revolución francesa, hay que referirse a Fouché. Desde mi personal punto de vista es la obra maestra de Stefan Zweig. Nunca se ha diseccionado a un trepador de la política químicamente puro, tan inteligente como falto de escrúpulos, como en esta ocasión. Aquí no encontraremos esa sensibilidad hacia lo femenino comentada en los párrafos anteriores. José Fouché, que en su vida privada, nos dice el autor, fue un ejemplar padre de familia, es un prototipo de algo que se puede encontrar en multitud de situaciones antes y después, pero no con esos extremos de perfección. Siempre con el vencedor, pero siempre adivinando quien lo va a ser un minuto antes. Moderado con los girondinos, terrorista con los jacobinos, útil ministro de policía en la implantación del orden del Directorio, indispensable servidor del Consulado y el Imperio, para terminar ejerciendo las mismas funciones en la monarquía restaurada de Luis XVIII. De un libro que, a pesar de su extensión, no se cae de las manos en ningún momento, es especialmente interesante su relación con Napoleón. No se soportaban (realmente se odiaban) el uno al otro, pero se necesitaban. Y al final, la fría astucia sobrevivió al romántico impulso del poder destructor.

Pero para remontarse al alma de quien escribe, hay que considerar Erasmo. Porque es en el espejo del de Rotterdam en el que se mira Stefan Zweig. Un Erasmo que fracasa, por su propia prudencia, ante la ruptura de Europa como consecuencia del luteranismo, (un luteranismo del que él comparte tantas cosas), es mutatis mutandi, el fracaso del humanismo de la Europa que Zweig representa ante la barbarie desencadenada en su propio tiempo, un tiempo que es casi el nuestro. Pacifista exiliado en Suiza en la guerra del catorce, una de las primeras voces que se alzó advirtiendo del peligro nazi, obsesionado por la destrucción de la Europa que conocía y amaba, hasta llegar a la autodestrucción con su desesperado suicidio en 1942. Naturalmente, Erasmo no se suicidó, pero su final, ante sí mismo, tuvo tintes tan trágicos como el de su discípulo, cuatro siglos más tarde. Es la visión del hundimiento de una Europa cosmopolita que habían amado lo que destruyó a ambos.

Antes de morir de propia mano, creyendo que el triunfo de los fascismos era inevitable y que este triunfo sólo podía ser universal, nos dejó su autobiografía, El mundo de ayer. El gran biógrafo hace honor a su oficio y escribe lo que es seguramente su libro más hermoso. Un libro escrito de memoria (como él dice en el prefacio, escrito en el exilio, sin sus notas, sin su biblioteca, sólo con sus recuerdos y sus sentimientos). Un libro en el que, al hilo de la vida del autor, una cierta Europa se va deshaciendo, desmembrando, y toda una cultura de convivencia civilizada se hunde arrollada por el torbellino de los nacionalismos y las ideologías excluyentes. No se trata de añorar aquella Europa, pero tampoco se puede aplaudir con alegría lo que le ha sucedido.

Él eligió morir. La invasión de la Unión Soviética, en junio de 1941, y la expansión japonesa en Asia y el Pacífico tras Pearl Harbor, seis meses después, le hizo pensar en ese triunfo universal del fascismo, que no quería ver. No se dio cuenta, a pesar de su reconocida capacidad de análisis histórico, de que la entrada de la URSS y de los Estado Unidos en la guerra hacía inevitable a medio plazo la derrota del Eje. O quizá la tristeza era demasiada, pasara lo que pasara.

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