‘Shortbus’: porque no todo es porno en la red

Se pierde uno a mitad de la jornada, casi a diario, y se pierde porque realmente quiere volver a encontrarse. Hay quien podría compararlo con la alegre reconciliación tras una pelea con la pareja, habrá quien lo verá como aparecer en una esquina conocida tras andar perdido durante horas por una desconocida ciudad, apuesto a que encontrar al perro desaparecido durante días será para otros una aventura similar. También el hecho de volver a ver a un buen amigo del que hace mucho que no sabes nada o, simplemente, follar tras una larga temporada con la entrepierna en barbecho.

Así que nuevamente vuelves a encontrarte, en estos días donde el lápiz y el papel se visten con trajes espaciales, la luz del candil se simplifica en un diodo y las ideas, a pesar de tantos pesares, permanecen inmutables. Seguimos pensando en los mismos temas que dos o tres siglos atrás. Tan sólo añadimos la gracia del impacto en forma de gatillazo que producimos en las redes y obtenemos así la misma cara de gilipollas, aunque ahora en lugar del sol es esta pantalla rectangular quien nos broncea la piel. Queremos perder hoy el peso que fuimos ganando ayer con tanto esmero, queremos rellenar ahora con felicidad la dicha que hemos ido perdiendo desde nuestra primera sonrisa infantil hasta estos amaneceres por colorear de la prometida madurez, queremos ser algo que quizás nunca seamos, queremos salud, queremos dinero —tu cara de niño humilde, querido lector, también lo quiere—, queremos amor puro correspondido, aunque llegado el caso podríamos conformarnos con sexo de calidad y, preparándonos para ello y mientras tanto, nos consolamos viendo porno en aquella misma máquina de rayos en alta definición desde donde escribes estos falsos poemas.

Como ya se dijo por aquí, hay pocas cosas más gratificantes, pocos atajos más precisos, que descubrir una de esas películas cual isla perdida en el mar que forma el resto. Pocas historias conmueven de verdad, pocas maneras son originales —aunque haberlas las hay y se cuentan por decenas—, pocas personas pueden formar parte de algo como Shortbus (John Cameron Mitchell, 2006). La película —permítanme el ex abrupto— más transgresora en lo que llevamos de siglo XXI. Y no lo digo precisamente por comenzar su metraje con una autofelación con corrida incluida, ni por sus maneras en cierto modo libres y hasta diría que perversas, no. Ni siquiera por su exquisita estética, ni por el perfecto encaje de su banda sonora cual zanco en pie de Cenicienta ya en la madrugada. Tampoco por su posición tan alejada de la corriente más comercial, ni siquiera por sus infinitas formas de entender eso que todos llamamos sexo. No lo es tampoco por su temática cercana a la problemática que conllevan ciertos traumas —sexuales— adquiridos durante la infancia, o incluso, a lo largo de la vida. Es probable que sí lo sea, sencillamente, por la sutil manera con las que sus personajes afrontan la necesidad de librarse de sí mismos hasta encontrarse para seguir viviendo. No hay maniqueísmos de saldo ni defensa de posturas políticas de fácil aplauso, tampoco es una película pretenciosa en el sentido de gustar al espectador y por pura definición de transgresión adolece de ser condescendiente. Es, en último término, una cinta puramente humana. Pero, ¿cómo consigue su texano creador tal prodigio cinematográfico? ¿De qué se vale para ello? De Shortbus, claro.

Porque Shortbus es el autobús que Juan Carlos Aragón se compró para pasarse la vida en los asientos de atrás, son los cimientos que soportaron la caída de las torres tras un verano agotador, el punto del horizonte tras el cual el sol juega con nosotros al escondite, un lugar muy parecido al que se dirigen a diario los pequeños que se suben en cualquiera de los “short bus” reales buscando su propia redención. Es el agua de lluvia con la que cocinar el menú de los olvidados que pasan hambre mientras tú le temes tanto a tu dieta, el susurro que escuchas en el silencio cuando miras desde lo alto del mundo lo que ocurre en él, son los apagones del baby boom en épocas sin baterías de litio, la puerta trasera de una casa abierta con sombra en su patio, el ménage à trois de las patas de un banco y la salida iluminada al laberinto oscuro de nuestro ADN.

Parida por obra y gracia del gran Cameron Mitchell, el mismo tipo que venía de salirse del tiesto junto a los acordes de Stephen Trask en el circuito off-Broadway con el personaje genderqueer de Hedwig and the Angry Inch y que en el año 2001 daría el salto a la gran pantalla para posteriormente seguir rulando hasta nuestros días por teatros de todo el mundo. El mismo que en 2003 comenzó a hacer prueba tras prueba de actores para encontrar las miradas perfectas, los alientos necesarios y las palabras precisas con las que tres años más tarde lanzar la obra que le lanzaría al vacío de la crítica cinematográfica, donde encontró una comprensión fuera de toda duda y tras la cual el público de mente más abierta supo colocarle en el lugar que el norteamericano merece: allí donde los creadores menos convencionales saben vivir en libertad.

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