Rosendo, discreto encanto de barrio

El maestro de maestros, Don Rosendo Mercado, ya tiene la mayor distinción que otorga la ciudad que le vio nacer y crecer: la Medalla de Oro de Madrid.

Todo reconocimiento que le den será poco. Muchos somos los que le tenemos como un referente musical (y cultural), además de ser el creador y mayor exponente del rock urbano, el rock callejero cantado en la lengua de Cervantes.

Cuando empezaba a gestarse la Movida de los Almodóvar, Alaska y demás, un joven de Carabanchel decidió formar un trío musical al que llamaría Leño, totalmente al margen de sus coetáneos madrileños de la Movida y sin ningún tipo de apoyo de los grandes medios de comunicación, ya fuesen generales o especializados. En sus escasos cinco años de vida, Leño marcaron a toda una generación, jóvenes de clase obrera sin recursos económicos ni tiempo para ir a las discotecas de moda de la época, jóvenes que veían en sus letras y su novedosa y cruda música un reflejo de su día a día, de las dificultades cotidianas que se vivían en las zonas menos pudientes.

Rosendo, 1987 / Foto: Alberto García-Alix.

Por aquellos años, Miguel Ríos gozaba de gran popularidad y sus giras se contaban por éxitos, llenando aforos como el del antiguo Palacio de Deportes de Madrid varios días seguidos. En 1983, para su nueva gira El rock de una noche de verano, decidió elegir a Leño como grupo telonero. Aunque el trío madrileño ya contaba con el reconocimiento de gran parte de las capas populares de todo el país, la gira con Miguel Ríos les permitió llegar a unas cotas de audiencia y popularidad aún mayores, llenando hasta la bandera recintos como el Estadio de la Romareda de Zaragoza, o el Estadio de Vallecas en Madrid. Puede decirse que fue entonces cuando Leño dejó de ser un grupo de culto, para convertirse en líderes de una nueva escena rockera reivindicativa, ansiosa de tener unos referentes. Desgraciadamente, cuando parecía que su carrera profesional estaba encaminada y con una tendencia claramente ascendente, ellos mismos anunciaron que, después de dicha gira, Leño dejaría de existir (nunca se supieron los motivos reales). Ahí también está parte de la grandeza y el mito de Leño.

Su legado musical constó únicamente de tres álbums de estudio y un directo memorable grabado en la extinta sala Carolina, en el distrito madrileño de Tetuán (ya en el nuevo milenio vería la luz Vivo 83, una grabación inédita hasta la fecha). Puede parecer una producción discográfica escasa, pero fue suficiente para dejar en el recuerdo himnos intergeneracionales, como Maneras de vivir,  Corre, corre, Sorprendente, El tren

Después de Leño, llegaría la carrera en solitario de Rosendo, que, todo hay que decirlo, nunca fue un camino de rosas. En un comienzo el propio tirón de Leño hizo que su aventura como solista no se resintiese de manera notable. Más tarde llegarían años de olvido, sobre todo en la primera mitad de la década de los 90, cuando mucha gente de su generación que no le perdonaron el fin de Leño, dejaron de llenar sus conciertos y de comprar sus discos. Aún con eso, no dejó de crear temas que ya son parte de la historia musical de este país, como Agradecido, Flojos de pantalón, Pan de higo, o Masculino singular.

Cabe destacar el mérito que tiene el hecho de que, a pesar de todas estas dificultades, la capacidad creadora y compositora de Rosendo nunca se resintió, sacando prácticamente un disco nuevo cada año y medio, todos ellos de una calidad notablemente alta y algunos incluso rozando la excelencia. Además de reseñables citas como la que tuvo lugar a finales de los 90: el concierto con lleno absoluto en la recién cerrada cárcel de Carabanchel, su barrio de toda la vida. Sin embargo, siguió sin gozar de la promoción que sí disfrutaban otros artistas; una constante en su vida profesional. En cualquier caso, Rosendo siempre funcionó gracias al “boca a boca” y a los gustos musicales que pasan de padres a hijos.

Por raro que parezca, es ahora cuando está viviendo una segunda juventud y cuando recibe, al fin, el reconocimiento que nunca tuvo y siempre mereció (algo, teniendo en cuenta su personalidad y forma de ser, que, a todas luces, jamás buscó).

Su punto álgido, inflexión en su carrera reciente, tuvo lugar en Madrid: al llenar él solo la Plaza de Las Ventas en septiembre de 2014, por sus 30 años como artista en solitario, con entradas agotadas semanas antes. Palabras mayores. La jornada fue emotiva, con amigos como Luz Casal, Miguel Ríos, El Drogas Fito compartiendo escenario con él. El concierto, con un crisol de generaciones entre el público, quedó grabado para la posteridad. No se hizo raro ver a personas de más de 50 años entre el respetable, con los ojos humedecidos ante un artista que les traía tantos recuerdos y al que, seguramente algunos de ellos, hacía décadas que dejaron de seguir.

Tal vez mucha gente no sepa que Rosendo ayudó también a promocionar e impulsar a varios grupos que empezaban sus andanzas musicales durante los 80 y que alcanzarían la fama años después. Son los casos de Barricada a los que produjo alguno de los primeros discos, o colaborando también en los inicios de Platero y Tú.

Rosendo siempre ha sido y es tan querido porque es un tipo que sigue desprendiendo aroma a barrio, que nunca le han gustado los alardes ni las grandilocuencias, que lleva haciendo lo mismo desde mediados de los 70, que sigue saliendo a actuar con sus vaqueros, su camiseta, y sus zapatillas blancas. Rosendo ha estado ahí desde un principio. Nadie concibe el Rock en este país sin él. Esperemos que siga por mucho tiempo más.

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