Más allá de la lectura

Clásico o ambicioso. Recargado o minimalista. En blanco y negro o con espacio para el color de manera puntual. El diseño de un libro ofrece al bibliófilo un valor añadido. Una satisfacción extra para quien la aventura lectora comienza un poco antes, en el momento de rescatar el volumen de la repisa o mientras se rasga el embalaje de la empresa de mensajería. Para quien valora el tacto, el olor, la armonía, las pistas o el desorden pretendido en la composición. Una anomalía en los tiempos de la tiranía digital, donde lo virtual tiende a eclipsar y barrer lo sensitivo.

Y un placer para el adepto. Desde la maquetación, con deliciosas ‘extravagancias’ como aquella que parte del número áureo, a las ilustraciones de obras de finales del siglo XIX o principios del XX (Jules Verne, Lewis Carroll, H.G. Wells, etc.). Piezas de coleccionista, aunque no tenga precisamente que ver con el coleccionismo. El asunto no va de acumular, sino de paladear la pesca, el propio proceso de investigación y rastreo.

Diseño de tapas para Fahrenheit 451 por Elizabeth Perez / Imagen: eliperez.com

Un bazar en el que no todos buscan lo mismo. Hay quien se decanta por las primeras ediciones, también conocidas como princeps; quien, presa de cierto fetichismo, persigue ejemplares firmados; o quien atesora rarezas y se recrea con el concepto del libro como objeto. Estos últimos cada vez cuentan con más tentaciones, con verdaderas obras de arte a su alcance. Como la famosa edición de la diseñadora estadounidense Elizabeth Perez de Fahrenheit 451, en la que el 1 de la cubierta contiene un fósforo que puede encenderse al contacto con el lomo del ejemplar, que simula la parte exterior de una caja de cerillas. Nueva vuelta de tuerca a trabajos con empaque de ayer y hoy. Y creaciones con target, pues no resulta demasiado complicado toparse con páginas web, especialmente en inglés, que se dejan llevar por esta inclinación. Bram Stoker, Truman Capote, John Steinbeck, Jack London… Títulos para todos los gustos remozados en continente, que no en contenido. Deseos que, eso sí, a veces implican costos imposibles. Las ediciones más prohibitivas se disparan hasta los varios miles de dólares, por no hablar de las que cruzan la frontera de los cinco dígitos.

Pero abundan antojos más accesibles, en muchos casos provenientes de editoriales pequeñas o independientes que ansían perpetuar un sello, una identidad elegante a través de la estética de sus tapas o el interior (España goza de muy buena salud en este particular). En ocasiones son los propios autores los que arriesgan a la hora de abordar la historia o transmitir su verdad, y ni siquiera parece obligatorio remontarse a la eclosión del dadaísmo u otro tipo de corriente artística de vanguardia más lejana en el tiempo. Uno de los ejemplos recientes lo constituye La casa de hojas, donde el neoyorquino Mark Z. Danielewski recurre a una estructura formal que juguetea con el lector, a una distribución de las líneas que aspira a la condición de procedimiento narrativo. Páginas con una palabra, párrafos que campan a sus anchas, imágenes, recuadros, color, partituras o tachones. Lo que los teóricos califican, según el término acuñado por Espen J. Aarseth, como literatura ergódica, en la que se precisa de un plus de esfuerzo por parte del lector para encarar el texto. Aunque lo que se aleja de la norma siempre arrastra detractores, con mayor o menor razón, al menos en este caso el relato de terror en torno al Expediente Navidson se sostiene por sí solo.

La casa de hojas, de Mark Z. Danielewski.

A los que optan por las primeras ediciones o se lanzan al mundo de los facsímiles, también les toca rascarse el bolsillo si apuntan alto. Sin olvidar a los amantes del libro antiguo como noción más amplia, quienes, no obstante, disponen de una horquilla más generosa para no tirar la casa por la ventana. Desde gangas que no superan los 20 euros a obras de valor astronómico. En el ranking de ventas más caras de 2016 en ‘iberlibro.com’, portal que se mueve en este tipo de mercado, el primer lugar del podio recae en Regla de las cinco órdenes de Arquitectura, de Jacopo Vignola, que rebasa los 6.000 euros.

Para el resto de los mortales, los que sin hacer ascos a algún capricho renunciamos a los excesos, siempre nos quedará lo que de verdad importa, sea en formato digital o en papel: la lectura en sí. Un acto íntimo que no tiene precio.

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