La pasión no es moneda corriente (IV, apéndice): el artista popular, la tortilla de patatas y el puto bótox de los cojones

Imagino que lo primero que cautivó a los aficionados al rock&roll cuando en 1976 se publicó el Howlin’ Wind, primer disco de Graham Parker & The Rumour, debió ser la inconfundible voz del cantante, su personal forma de utilizarla: un escupitajo fraseado que destilaba mala baba, ironía, honestidad, inconformismo, convicción y cierta chulería guapa a partes iguales. Cualidades que cuarenta años después, y surcadas naturalmente de la experiencia, mantienen vivo el brillo en los ojos. Alabado sea el señor (Parker).

Si algo transmite la voz de Parker es pasión, una pasión enrabietada que es su seña de identidad, con la que parece resumir una manera de enfrentarse al mundo y a la realidad a través de la música. Una actitud que puede apreciarse asimismo en sus fotografías, en las que vemos a un tipo canijo y cabreado y dispuesto a patearle el culo a quien ose invadir el espacio sagrado de su individualidad. Ése ha sido el vórtice de su estilo a lo largo de los años, el centro alrededor del cual ha hecho gravitar su carrera musical: el aullido irreprimible de una fiera que necesita enjaularse para no devorar al primero que se le acerque. Y la jaula escogida por Parker —los límites que decidió imponerse para estimular su creatividad— fue la canción pop/rock de hechuras clásicas, estrofa, estribillo, puente y los cuatro acordes de siempre. Teniendo talento y personalidad, ¿quién coño necesita más?

Graham Parker / Foto: Manfred Becker.

Quiero decir: Parker optó desde un principio por la autenticidad, ésa fue su apuesta. Nunca se propuso descubrir la pólvora, su objetivo era llegar a combinar los ingredientes de toda la vida de una manera única, personal. Con seis huevos, tres patatas y una cebolla se puede llegar a hacer una gran tortilla, una tortilla estupenda y diferente a las demás, sin que sea necesario deconstruirla ni tecnologizarla ni servirla en un puto bowl para que esté buena, joder: lo fundamental es practicar y ponerle cariño, que decía mi madre. Y aunque no se me ocurre nadie con menos pretensiones arty que el bueno de Parker, soy de los que opinan que sí, que se puede llegar a ser un verdadero artista de la tortilla de patatas, un verdadero artista popular. Como él mismo declaraba a finales de los setenta cuando la prensa se cebó en su música:

Quiero decir, yo sólo quiero hacer discos. Quiero una compañía que los venda, quiero ser baked beans, un producto. Porque, sabes, lo demás no me importa. El disco habla por sí mismo, nadie va a poder cambiar esto. Yo pienso que todo el mundo debería escuchar mis discos y comprarlos, y no creo que pensar así sea poco razonable, y lo digo de verdad, creo que deberían hacerlo.

Así que tortilla de patatas o baked beans, lo mismo da. Pues lo cierto es que para moverse en ese terreno, el del rock enlatado en pop y/o viceversa, Parker demostró desde su primera grabación conocer bien la receta y tener un talento innato para convertir su producto —las canciones— en algo memorable. Canciones que hoy, para regocijo de muchos, continúa componiendo, y que siguen sonando tan frescas como la voz del capullo que las canta —le vi en directo hace dos años a dúo con Schwarz y fue una maravilla de concierto—. La carrera de Parker ha tenido altibajos, por supuesto, pero a pesar de no haber accedido nunca al éxito masivo  —y quién sabe si precisamente por eso, su libertad creativa ha sido total, y en la actualidad, ya en la sesentena— continúa haciendo lo que le sale de la polla y pariendo discos que le permiten llevar la cabeza tan alta como siempre la llevó. Parker, caso extraño en el negocio musical, ha sabido envejecer con dignidad, y lo ha hecho manteniéndose fiel a su manera de entender la música y las canciones. Esa fue su opción, y si nos atenemos a los resultados, hay que reconocer que no se equivocó, pues está claro que, transcurridas más de tres décadas desde la publicación de su primer elepé, el lozano sesentón sigue creyendo a muerte en lo que hace. Basta acudir a sus referencias de este siglo para comprobarlo: Your Country (2004), Songs Of No Consequence (2005), Don’t tell Columbus (2007) o Three Chords Good (de nuevo con The Rumour, 2012) están llenos de aquella pasión genuina que puso como escarpias las cerdas de sus fans de finales de los setenta. Obras cuya escucha tiene, sobre el alma del oyente y multiplicado por mil, un efecto antiarrugas mucho más verdadero que el del puto bótox de los cojones en el careto de la peña. El bótox: ese potingue de mierda que petrifica la expresión sustituyéndola por un inenarrable jeto de mus visto. También en lo artístico y musical, quiero decir, y si no que se lo pregunten a Van Morrison —que te jodan Van, te la debía desde aquel concierto de mierda que diste en Palma a mediados de los 90—.

PD: Passion is no ordinary Word!

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