La pasión no es moneda corriente (III): el factor Nitzsche

Tras la accidentada grabación y posterior publicación de Stick to me, —tercer álbum de Graham Parker & The Rumour— había llegado el momento de parar un poco, de hacer balance y decidir qué camino tomar. Las cosas no habían ido mal del todo, cierto, pero el éxito a gran escala —esto es, la conquista del mercado norteamericano— no acababa de llegar, e iba a ser difícil que lo hiciera sin el apoyo de los medios. Por entonces la prensa musical británica ya había declarado a Parker perdedor de la batalla imaginaria con Costello y, rendida como estaba a los sensacionales protagonistas del movimiento punk, no parecía dispuesta a prestar demasiada atención a nuestro hombre, cuya popularidad se encontraba en horas bajas, a no ser que fuera para darle la puntilla artística. Además, la banda aún tenía contrato en vigor con Mercury, una compañía que había perdido la confianza en ellos y que, en consecuencia, les había retirado el respaldo promocional.

Un paso por delante de la banda, el futuro les aguardaba envuelto en brumas y, para empezar a disiparlas, lo primero que cabía hacer era desvincularse definitivamente de Mercury. Para ello el grupo recurre al típico disco en directo, el doble —y no del todo intrascendente— The Parkerilla (1978), que les sirve para finiquitar la relación con su vieja compañía a la vez que les permite firmar casi de inmediato un nuevo compromiso con Arista. El primer disco con el nuevo sello debía estar listo en el plazo de un año y, una vez solventadas las fastidiosas cuestiones contractuales, Parker se encierra a componer y a escribir del único modo que sabe hacerlo, poniendo toda la carne en el asador. Cuando al cabo de unos meses muestra los nuevos temas a los miembros de The Rumour, estos los reciben más bien con frialdad. Pero Parker cuenta esta vez con el apoyo entusiasta e incondicional de Clive Davis, uno de los capos de Arista —amén de productor, compositor… un titán de la industria—. El apoyo de Davis, además de suponer una garantía a nivel financiero, le anima a contactar con el legendario Jack Nitzsche —productor estadounidense que durante los 60 había ejercido de mano derecha de Phil Spector y que había trabajado para los Rolling Stones, Marianne Faithfull, Neil Young, Tim Buckley y un largo etcétera— para proponerle que se haga cargo de la producción. Luego de escuchar una maqueta del tema Local Girls, Nitzsche decide aceptar el encargo y viaja a Londres para ponerse de inmediato manos a la obra.

Graham Parker.

Tras cambiar el estudio previsto en un principio —Island— por otro más de su gusto —Lansdowne—, Nitzsche se encierra con el grupo y comienza a trabajar. Parker cuenta que, transcurridos tres días, el productor y él apenas se habían dirigido la palabra. Nitzsche pasaba horas sentado a la mesa de controles, taciturno, como si no acabase de ver claro por dónde tirar. Finalmente Parker lo arrinconó con un par de birras en la mano y le preguntó qué coño era lo que estaba pasando. Según Nitzsche, los arreglos de viento y cuerda que Parker había previsto lastraban las canciones, diluían sus virtudes melódicas y rítmicas; por el mismo motivo, el peso de los temas no descansaba sobre la banda como era debido, lo que provocaba que los instrumentistas se dispersaran, sobreinterpretaran, en lugar de centrarse en proporcionar un esqueleto consistente a las composiciones. Parker estuvo de acuerdo con el diagnóstico y decidió confiar a ciegas en Nitzsche: «Jack, nosotros somos ingleses, somos unos engreídos, unos cínicos y unos miserables. Pero si tienes una solución, haremos exactamente lo que tú nos digas. Para eso te pagamos», le dijo al genial productor. La respuesta de Nitzsche fue breve como una consigna: era necesario volver al origen. Había que dar el protagonismo a las guitarras.

Aunque la desgana iba apoderándose de los músicos, la banda y Parker obedecen y empiezan a grabar de nuevo, desde el principio, siguiendo esta vez a pies juntillas las indicaciones precisas de Nitzsche. Y cuando al final de una de las sesiones escuchan la primera versión de Discovering Japan, sucede lo que ya nadie podía esperar: la belleza reptante, orgánica, de la música que sale por los monitores entusiasma al grupo; de pronto la atmósfera de los estudios Landsdowne se llena de magia, la banda coge aire, aprieta los dientes y en sólo once días de duro e inspirado trabajo se graban las diez canciones que forman Squeezing Out Sparks, maravilla de las maravillas parkerianas que, además de suponer la cima creativa de la colaboración entre el compositor y la banda —sin olvidar, claro, el Howlin’ Wind—, es, indiscutiblemente, uno de los discos más acojonantes de la segunda mitad de los 70 y de la llamada New Wave.

Squeezing Out Sparks

Tengo la fortuna de poseer una copia del Squeezing Out Sparks en vinilo, un vinilo de gramaje decente que compré de segunda mano hará cosa de veinte años en una tienda de la barcelonesa calle Tallers. Lo habré escuchado una centena de veces, y todo él me parece una auténtica obra maestra, de la portada —maravillosa— a cada una de las diez canciones que contiene.

Lo primero que cabe destacar del elepé es el momento dulce, inspirado, que parecen atravesar los músicos. Más que cantar, Parker se desalma por la boca, rabioso y comprometido, repartiendo voces como bofetadas, controlando como nunca las posibilidades expresivas de su inconfundible fraseo, mientras la banda, acoplada sin rastro de soldadura, afirmada como un coloso, exhibe una pegada rítmica demoledora. Si volvemos la vista atrás y escuchamos el Howlin’ Wind, se aprecia con claridad la suficiencia pasmosa con que los instrumentistas han operado el cambio estilístico del pub rock de clara orientación roots hacia un pop tajante y enérgético, destellante y nuevaolero. ¡Qué grandes fueron The Rumour! En el Squeezing Out Sparks la pareja Bordnar/Goulding lo borda —mención especial a las líneas de bajo de Bordnar, tan hermosas como efectivas—, demostrando que son una de las aleaciones rítmicas más aceradas de la New Wave. La aportación del teclista Bob Andrews es asimismo fundamental en cada uno de los temas, adquiriendo mayor peso que en cualquiera de los discos anteriores debido, precisamente, a ese retorno a lo básico, a la simplicidad de los arreglos: sus pianos y teclados inclinan sutilmente el tono de la canción del lado del pop o del rock a voluntad suya, que no a capricho. Por último, lo que hacen Belmont y Schwarz con las guitarras es prodigioso. Su exquisito gusto puede apreciarse en los múltiples registros que adquiere el sonido —sucio y garagero, rockero y afilado, marciano y pop, descerrajado y punk—, un acierto que también debe mucho a la sabiduría del maestro Nitzsche, que se apunta otro tanto concediendo un enorme protagonismo a Schwarz: el experimentado Brinsley lo aprovecha para dar una exhibición de prestancia y versatilidad, suturando de principio a fin el disco con sus frases memorables, tensas y punzantes, y disparando unos solos como relámpagos que electrizan los temas acertando invariablemente en el centro de la colorida y nuevaolera diana.

En cuanto a las canciones, la colección apabulla, y es en mi opinión la mejor que ha reunido Parker en un álbum, además de la primera, que goza de cierta unidad temática; aunque se mantiene el típico cripticismo del autor en esos textos que tanto gusta de rimar por retazos, en más de la mitad de las piezas el ingreso desengañado en la edad adulta funciona como telón de fondo. Me es difícil destacar unas canciones sobre las otras; reservándome el derecho a cambiar mañana mismo la selección, me quedo con el irresistible gancho melódico de Local girls —primer single del disco—, con la energética y enrabietada Nobody hurts you, con el baladón acústico y sincero de You can’t be too strong —que motivó que las feministas acusasen a Parker de antiabortista, hay que joderse—, con la emocionante Passion is no ordinary word, —himno parkeriano por antonomasia—, con la chulesca y desencantada Don’t get excited, con el reggae rockeado de Protection

Hace muchos años que soy un agorrinado entusiasta de la música del período New Wave, y Squeezing Out Sparks me parece una de sus obras capitales, aunque su valor va más allá. Me explico: con Nitzsche, un compositor tan personal como Parker encontró por fin al productor que supo vestir su talento con un traje, además de a su medida —se acabaron las referencias a otros músicos, en Squeezing Out Sparks Parker se descubre, también a sí mismo, como un artista completamente maduro—, a la medida de su tiempo. Paradójicamente, el resultado de la ecuación es atemporal, trasciende la época y sus etiquetas. Porque, al fin y al cabo, la verdad que la máscara nuevaolera les permite gritar a Graham Parker & The Rumour es una verdad del corazón, de las tripas y la entrepierna, una música honesta e inmediata, pensada para ser tocada en vivo, en una sala de aforo pequeño o medio, pues en esas condiciones de cercanía es como mejor puede apreciarse el tipo de energía que libera, la pasión que transmite. Una música auténtica, directa, rock envasado en un formato pop y ejecutado por unos músicos y un cantante de órdago que, juntos o uno por uno, van sobrados tanto de oficio como de estilo. El atuendo, el acabado de Squeezing Out Sparks es inequívocamente nuevaolero, por supuesto. Pero su espíritu es el espíritu rejuvenecedor, original y verdadero de eso que desde hace más de medio siglo conocemos, simplemente, como Rock & Roll.

Próximamente… Apéndice: el artista popular, la torilla de patatas y el puto bótox de los cojones (Parte IV y última)

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