La “Biblia para cinéfilos”

El año pasado se estrenaba, con el —lamentable— pudor mediático que acostumbra a depararse a este tipo de producciones, Hitchcock/Truffaut,  el documental de Kent Jones en torno a la entrevista que dio lugar a un título fundamental de la literatura cinematográfica.

Hitchcock/Truffaut (2015) / Imagen: Cohen Media Group/Arte France/Artline Films.

Igual que David Fincher relata al comienzo de la cinta, yo también encontré El cine según Hitchcock en la biblioteca de mi padre. Aunque debo reconocer que cuando a los veinte o veintiún años vagabundeaba por los pasillos de la universidad con él bajo el brazo, mi objetivo prioritario era pegarme el moco —y, con suerte, también el lote— con las erasmus. No sé por qué, les suponía mayores inquietudes intelectuales que a mis paisanas, entre otros prejuicios que no vienen al caso. Si acabé hojeándolo fue para tener algo que decir en el improbable caso de que alguna de ellas se rebajara a entablar  conversación —conmigo— al respecto. Fue entonces cuando la justamente llamada “Biblia para cinéfilos” me poseyó por completo. Olvidado de mi innoble propósito original —por otra parte condenado al fracaso de antemano—, leí y releí el libro en un tiempo récord. Lo subrayé y lo anoté, doblando la esquina de algunas —muchas, todas— páginas, bebiéndome sus palabras con una furia tal que el ejemplar que mi padre me había prestado quedó en peores condiciones, si cabe, que el que en su día manejara Wes Anderson, según cuenta éste en un momento de la película.

De El cine según Hitchcock me sedujo lo mismo que, generación tras generación, le ha venido granjeando legiones no de lectores, sino de fervientes devotos; esto es, y como acertadamente apunta Paul Schrader, la naturalidad con que el reputado cineasta —si bien tenido entonces por mero muñidor de divertimentos— habla del oficio. La humildad y el sentido común de sus respuestas, no exentas, sin embargo, de una generosa carga didáctica, distan años luz de la críptica pedantería que acostumbraba yo a asociar con el mundillo —a causa, supongo, de ciertas malas compañías que, por fortuna para mi consumo audiovisual subsiguiente, no tardé en abandonar.

A cincuenta años de la publicación del libro, Kent Jones toma parte de las grabaciones hechas durante aquellos seis fecundos días y las combina con el testimonio de una nutrida nómina de directores actuales —los arriba citados, Scorsese, Richard Linklater, Peter Bogdanovich, Olivier Assayas, Kyoshi Kurosawa, Arnaud Desplechin y James Gray— y una selección de las secuencias más icónicas de Hitchcock, junto a varias fotografías, impagables, del legendario coloquio. El resultado, no podía ser de otra manera, constituye una joya metacinematográfica de imprescindible visionado para cualquiera que se tenga por mínimamente aficionado al séptimo arte. Sólo por escuchar el arrobo en la voz de Truffaut cada vez que se dirige al tótem —nunca lo hubo más accesible—, o la pachorra, burlona pero minuciosa, con que Hitchcock desgrana los secretos de su obra, ya vale la pena. Claro que, si de mí hubiera dependido, habría restado protagonismo a las opiniones de las luminarias de nuestros días para dárselo en su lugar a la charla propiamente dicha. Cientos de minutos de cinta magnetofónica deben de haberse quedado en la sala de edición, cuando hasta el más nimio de ellos encerrará algún dato, alguna chacota hitchcockiana dignísimos de interés. No obstante, la posibilidad de asistir, aun de manera fragmentaria, a tan enriquecedor intercambio de impresiones es en sí un privilegio equiparable al que debieron de sentir quienes en su día accedieron a la denostada, casi desaparecida, y hoy reverenciada Vértigo (Vértigo. De entre los muertos, 1958). La sensación se parece también a la que, de niño, te embargaba al permitírsete presenciar una conversación de enjundia entre tus mayores. Consumido de admiración, se me han saltado las lágrimas varias veces. La última, cuando  hacia el final, la película muestra el homenaje que en 1980 el sindicato de actores le hizo a un Hitchcock ya muy depauperado. En él, un Truffaut él mismo cubierto de canas —apenas si sobreviviría cuatro años a su maestro y, sin embargo y ante todo, amigo—, irrumpe en el estrado para, en precario inglés, hacer una reivindicación tan sencilla como emocionante: «aquí le llaman Hitch, pero en Francia es usted el señor Hitchcock».

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