‘El hombre de las mil caras’ o esta patria es el torneo del trile

Puedes renegar de tu familia, sentir desprecio por ella, pero no podrás borrar jamás que es tu propia familia. España, ese viejo país de putas sin papeles, de astutos trileros, de eternos compadres, tierra de gitanos, la misma tierra para los payos, un oasis para los vendedores de crecepelos, la tierra prometida para el vicioso, el hogar de los camellos, de mil listillos de tres al cuarto, la patria leal del enchufado, el escaparate de los niñatos, las vacaciones soñadas del extranjero, villa de delincuentes sin rejas y de estrés laboral para abogados a medio titular. España, país de terrazas, de la alegría, la belleza en quince tonos de piel, imbéciles no somos —otra cosa será el fin que persigamos—, España de los idealistas, de niños bien que cagan arte exquisito. España, país donde el maricón se siente libre, donde existe cierta permeabilidad entre clases, donde cada mendigo tiene derecho a su borrachera diaria para olvidarse a sí mismo. España, la idiosincrasia de los ladrones, de remiendos sobre las coderas de las chaquetas, de puños en alto aburguesados. España. Mi España. Tu España. Nuestra España.

El hombre de las mil caras (2016) / Imagen: Zeta Cinema/Atresmedia Cine/Atípica Films/Sacromonte.

Así es que ya va siendo hora de que le pongas acento de aquí (español, a secas) al cine que siempre has envidiado, producido en algún lugar lejano y que a buen seguro comenzaste a ver doblado. Esto —antes— era una panda de niños de biblioteca y falsos modernos bien vendidos. Ya, ya era hora que el tipo listo de la biblioteca bajase a la esquina a pillar, a timar al tipo de los trapicheos, a quedarse con un pelotazo de felicidad. Hora de mezclarse con los de su edad y de confundirse entre los de su talento. De hablar de cosas de verdad, de las que nos definen a todos y cada uno de nosotros. Esto —que nos quede claro— no será jamás una democracia, ni será nunca un país de pelotas heladas a lo escandinavo ni tampoco una jaula de grillos en silencio afrancesado. Tampoco vestiremos tan horteras como el buen borracho inglés ni follaremos como dicen que dicen que folla la percha del italiano. Tampoco haremos coches tan buenos como la industria automovilística germana solía hacer ni iremos sobreviviendo por todo el mundo tan bien como lo han hecho siempre los irlandeses. Pero quizás —algún día y de alguna irreprochable manera— terminará esto por ser un país, con la falta de decencia que tanto nos caracteriza, sí, pero un país. Para ello es necesario que en la pantalla los niños vean de qué materia estamos hechos realmente y necesitamos para ese fin que los carniceros de la realidad descuarticen en escenas y películas veraces cada uno de los entresijos que nos forman. Y nos ayuden a entendernos de puertas para adentro, y ese camino no nos lo va a marcar únicamente el niño pijo que se va a Tokio o a Brooklyn a hacer nuevos amigos. No, ese niño privilegiado sólo podrá ponerle la guinda al trasto. Las verdades —únicamente por si a alguien le interesa la verdad— nos las irán contando los que se mezclan con los dos o tres que manejan el cotarro nacional, luchan codo con codo con la ilegalidad, se sientan en la mesa con políticos tramposos, huelen en su cama el rastro que dejan las imponentes mujeres de aquí y forman obras de verdad que definen un país tan complejo como su propia historia. Hay camino, señores, y se está haciendo al caminar.

Son los párrafos que nos dejan las maneras con las que Alberto Rodríguez proyecta en la pantalla su última película. El guión, que firma con Rafael Cobos como viene siendo habitual en él, presenta una precisión y una coherencia dignas de elogio a pesar de mostrar ciertos altibajos que no aparecían en las dos últimas películas firmadas por ambos con anterioridad (véase La isla mínima en 2014 y Grupo 7 en el año 2012). De todos modos, si en algo destaca El hombre de las mil caras es en su ritmo, que recuerda por momentos a los primeros y eléctricos largometrajes de Guy Ritchie, aunque en esta ocasión haciéndolo a través de una trama de espionaje con un trasfondo político bastante conocido ambientado en los años noventa, dándole de este modo una vuelta de tuerca más que interesante al género del thriller sin perder ni un ápice de rigor ni de seriedad en ningún momento. Por si no fuese suficiente —y esto es novedad en el cine del realizador andaluz—, se ven caer continuas pinceladas de humor sobre el metraje. La narración en off de Jesús Camoes —un más que correcto José Coronado, aunque repetitivo en su papel de seductor— sirve de timón para agilizar lo complejo de ciertas partes del guión, desvelando las cartas en algunas —que no todas— las ocasiones. Solvencia de menos a más para Carlos Santos en un papel con un riesgo bastante elevado; impasible, tenaz y sobrio Eduard Fernández, alejado en esta ocasión del magnetismo gesticular que suele ofrecernos en sus múltiples interpretaciones. Suficiente  —a secas— Marta Etura y breve debut del aura de una descarada Alba Galocha.

Por lo tanto, parece seguir con paso firme —aunque no con tanto brillo como con otras de sus obras recientes— su carrera Alberto Rodríguez, referente ya de esa corriente de género que tan bien han ido defendiendo a lo largo de los últimos años el ecléctico Mariano Barroso en Los lobos de Washington (1999), el infravalorado Jorge Sánchez-Cabezudo con La noche de los girasoles (2006), el gran Enrique Urbizu con su No habrá paz para los malvados (2011) o también con La caja 507 (2002) y, muy recientemente, el prometedor Raúl Arévalo con Tarde para la ira (2016) a quien, sin duda alguna, habrá que seguirle la pista en años venideros.

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