Amanda

Por eso llora y no sé si lloro por eso pero los dos lloramos de un modo que es difícil de describir, gimoteando sin control, como si una mano invisible nos zarandeara desde dentro; yo más silencioso, contemplándola, y ella con repentinos ataques de histeria que cualquiera que pase por aquí, por nuestro lado, podría confundir con carcajadas. Estamos en el andén de la línea 6, dirección Nuevos Ministerios. En Cuatro Caminos, la estación que queda más cerca de su casa.

Allí estuve una vez, solo una, pienso ahora. Es triste, fui solo una vez en los casi seis meses que estuvimos juntos. Fue hace una semana, cuando su padre estaba todavía en la planta número x del Gregorio Marañón, cuando aún vivía o sobrevivía a esa muerte por exceso de vida que es el cáncer. En casa de Amanda todo estaba revuelto, sobre todo su cuarto. Un par bragas languideciendo sobre la silla giratoria, camisetas, dos o tres pantalones cortos sobre un edredón que luchaba o se enredaba amorosamente con las sábanas. Parecía que aquel era el estado natural de la habitación, que las cosas nunca estuvieron en su sitio. Pero debieron de estarlo, porque Amanda se apresuró a colocar todo como una loca que se arrepiente de pronto del caos que ella misma ha creado. Cuando vio que aquello no tendría un remedio inmediato, me echó a patadas de su habitación y me mandó al salón o a cualquier otro lado del piso mientras ella ordenaba. Pero no entres en la de mi hermana, dijo, que no le gusta. Me senté en el sofá y me puse a mirar las fotos que lo poblaban todo. Enseguida me levanté y las escudriñé de cerca, como en un museo, aunque no como recorren los turistas los museos, pisoteando las baldosas sonoramente y mirando sin ver, sino más bien como alguien que visita un lugar en el que nunca estuvo y que, sin embargo, reconoce. Porque por todas partes había Amandas: de comunión; en la graduación de bachillerato; en la piscina, con manguitos de Disney y rodeada de primos o amigos o lo que fueran; otra con su hermana, cinco años mayor que ella, asombrosamente parecidas y las dos sonrientes, las dos con el pelo recogido en un moño y con purpurina brillando en dulces turnos sobre los pómulos, en lo que debía ser una competición de gimnasia rítmica. Cierto. Amanda practicó gimnasia hasta el año pasado, cuando lo dejó por falta de tiempo, me dijo, por la universidad y la apatía, por la condenada desidia que sigue a la costumbre. No había perdido un ápice de flexibilidad, por mucho que ella se quejara diciendo: «¿Ves? Esto antes me salía», para hacerlo después sin problemas, solo que no tan bien como recordaba. Yo estaba seguro de que era tan buena como cuando lo dejó, pero era inútil tratar de explicárselo porque el recuerdo es algo terrible: lo destroza todo para después ensalzarlo como si levantase las ruinas de algo que nunca llegó a existir del todo, dejándonos a la merced de un presente incapaz de igualar lo vivido, o lo que es peor y más inalcanzable aún, lo imaginado. En el salón había también una foto de Amanda con su padre: calvo, con la piel morena, los ojos oscuros un poco fruncidos por la luz y los hombros anchos, tanto que en uno de ellos la Amanda de tres años estaba sentada con los pies colgando, enfundados en unas minúsculas zapatillas blancas de velcro que reconocí idénticas a unas que tuve; pensaba eso cuando Amanda, la de veintiún años, la que me topé por casualidad hace dos un día de septiembre en la cafetería de la Facultad de Derecho de la Complu, esa Amanda, la real, salió de la habitación un poco sofocada, con el pelo que se le escapaba de la coleta formando caracolillos rojizos en las sienes por el sudor, diciendo que se había hecho tarde y que teníamos que irnos, que su madre estaría al caer porque, a ver, venía de estar toda la mañana en el hospital y si la veía metiéndome en casa con su padre como estaba le podía montar la de dios, normal. Así que nos marchamos, bajamos al metro, a la misma estación en que nos deshidratamos ahora, y descendimos las mismas escaleras que hemos recorrido hoy hasta aquí, las interminables escaleras de esta estación de mierda, hundida hasta rozar el magma, y cogimos el tren rumbo a Moncloa en el último instante posible, justo cuando el pitido anunciaba el cierre de las puertas y éstas, aproximándose en un beso de goma negra y desgastada y sucia, se cerraban a nuestra espalda.

Y lo cierto es que eso de las puertas podría servir como metáfora de aquella tarde, metáfora insuficiente, claro, siempre injusta, un lacónico remiendo de futuro del que entonces ni siquiera era consciente, porque quién iba a saber que aquella sería la última ocasión que tuve para disfrutar de Amanda, una Amanda bien distinta, sin duda, a todas las que no veré a diario en clase o a las que veré poco o no veré porque el tiempo, la distancia, en fin. De aquella tarde en el parque del Oeste apenas queda un puñado de imágenes entremezcladas como planos de una película vista como en sueños, escenas en la vorágine, memoria, joder, memoria. Hay una imagen, sin embargo, que recuerdo con nitidez: su iris como un mosaico indescifrable, marrón y verde o al contrario, rodeando su pupila sonriente y desapareciendo en un parpadeo para regresar ahora, justo ahora, fuera de la memoria o dentro de una todavía por venir, igual que entonces pero inundado como una ciudad de x millones de habitantes después de un diluvio, pienso, a x kilómetros de distancia, tantos, tantos.

Barcelona no está tan lejos, digo, miento, deseo; iré a verte y tú vendrás también aquí, ¿verdad? Salimos mañana, dice Amanda, mamá no puede dormir en casa, ya no. Vamos ahora donde mi abuela y saldremos temprano, dice, a las siete o así. Entonces rompe a llorar y yo, como si pudiera siquiera acercarme a sentir lo que ella siente, también lloro. Mientras la abrazo, el metro saca la cabeza del túnel para detenerse frente a nosotros, para vomitar y tragar pasajeros como un insaciable borracho de hierro en uno de los x descansos en mitad del círculo deforme que es la línea 6. Yo permanezco inmóvil, mirando ausente cómo se intercambian espacios, cómo suben y bajan del tren con idéntica indiferencia, verdadero espejo de prisa, mientras Amanda me abraza tan fuerte que casi me corta la respiración. Suena el pitido y se cierran las puertas. Me subiré en el siguiente, pienso. Escucho a Amanda sollozar sobre mi pecho y le beso la raíz negra del pelo, las orillas de ceniza mojada. Me subiré en el siguiente, pienso, o quizá en el siguiente o en el otro o qué más da en cuál. Todavía estoy con ella, pienso. Todavía es pronto. ♦︎

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