¿Y si nos reímos, también nos condenarán?

Esta semana, tres jueces de la Audiencia Nacional —Juan Francisco Martel, Carmen González y Teresa Palacios— han condenado a un año de prisión y siete de inhabilitación absoluta a la joven de 21 años Cassandra Vera por la publicación de trece tweets, entre 2013 y 2016, sobre el atentado, hace cuarenta y tres años, de Luis Carrero Blanco, Presidente del Gobierno de la dictadura fascista. Según los tres jueces de la Audiencia Nacional, la joven habría incurrido en un delito que implica «desprecio, deshonra, descrédito, burla y afrenta» a las víctimas del terrorismo. El tema es vox populi, incluso a nivel internacional. 

La repercusión de la sentencia, dispar con respecto a otros casos de la misma índole juzgados recientemente, se ha traducido en un debate público sobre la “libertad de expresión”. Pero ese no es el problema primero que está en el fondo de la cuestión. Porque el problema no es cuáles son los límites —legales, éticos, lo que sea— de tal “libertad”. La cuestión es lo que no va entre comillas, y debería, y por eso nosotros lo ponemos: la “víctima del terrorismo”. ¿Es Carrero Blanco una víctima del terrorismo? Respuesta: no. Es más, todo lo contrario: él fue el terrorista. Los argumentos que así lo refrendan están en la Historia de nuestro país, que todo el mundo conoce. ¿Se puede entonces condenar a Cassandra por «desprecio, deshonra, descrédito, burla y afrenta» a las víctimas del terrorismo por esos trece tweets? Respuesta: no. No se puede, si se interpreta que Carrero no fue una víctima del terrorismo. Lo que ocurre es que los tres jueces de la Audiencia Nacional que han condenado a Cassandra no lo han hecho así. Porque ellos sí pueden. Y es en este punto cuando nos acercamos al debate sobre la “libertad de expresión” —y sobre el resto de “libertades”— en un sistema de democracia burguesa. Lo que son “libertades” para unos, son restricciones y represión para otros.

Los jueces Juan Francisco Martel, Carmen González y Teresa Palacios, por poner un ejemplo al azar, tienen toda la “libertad” de arruinarle la vida a una persona en función de su posición de poder en la superestructura judicial del sistema. Expresan así sus ideas políticas, y las hacen triunfar, momentáneamente. Esa “libertad”, además, está refrendada por las leyes de dicho sistema. La joven Cassandra, por poner otro ejemplo al azar, tiene la “libertad” de decidir entre expresar sus ideas —en el formato y estilo literario que quiera— y arriesgarse a ir a la cárcel, o callarse y poder pasear “libremente” como cualquier hija de vecino. ¿Existe o no existen libertades? Está claro que sí, y lo hacen en mayor o menor grado en función de a qué clase pertenezcas y qué ideología tengas y/o propugnes.

La sentencia a la joven Cassandra es uno de esos avisos a navegantes —o mejor dicho, a militantes— de cualquier causa que cuestione la legitimidad del sistema, de cualquiera de las formas en que puede hacerse, incluso mediante el humor. El mensaje es claro: si unos chistes se pueden retorcer para convertir al verdugo en víctima y condenar a una chica a cárcel… qué destino les espera a quienes osen ir más allá, por ejemplo, manifestándose a plena luz del día o haciendo una huelga en su centro de trabajo. El objetivo es evidente: intimidar. El que se mueva, discrepe, disienta, y ya no digamos nada si se resiste y lucha, lo pagará.

Son por cosas como esta que no conviene olvidar que detrás de cada “libertad” y de cada derecho hay una cuestión de clase, y un ejercicio del poder, más o menos democrático en función de las condiciones del contexto histórico. Hay que solidarizarse con Cassandra. Hay que decir claro y alto cuáles son los motivos de su condena. Hay que decir que el enaltecimiento del terrorismo era la labor diaria de Carrero Blanco —¿se puede decir “enaltecer” (poner en alto) en relación a Carrero o eso es enaltecer el terrorismo mediante un peligroso juego de palabras?—. Hay que negarse a aceptar una legalidad que no es otra cosa que la voluntad de una clase hecha ley.

¿Y si nos reímos, también nos condenarán? Pues habrá que morder, si lo hacen. Y reír aún más fuerte después.

2 de abril, 2017.

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