Woody Allen, entre la vida y la pantalla

Woody Allen. Foto: Evening Standard.

Cuando me pregunto sobre la relación entre un director de cine y su obra siempre pienso que las dos cosas están totalmente separadas. No me imagino a Tarantino cortando cabezas con la catana de Hattori Hanzo por Los Ángeles, ni a Scorsese en una taberna llena de gánsteres, por ejemplo. Tampoco a Coppola acudiendo a su padrino para vengarse de un asunto peliagudo. Sin embargo, mi opinión cambia cuando pienso en directores cuya carrera es más íntima y personal, como puede ser el caso de Almodóvar en España o de Woody Allen en Estados Unidos. El cineasta neoyorkino me llama especialmente la atención, ya que su vida entera queda expuesta en las películas que hace. No solo la sexual, que también tiene un papel importante, sino su vida e inquietud intelectual.

Todo el mundo sabe que Allen ha explotado y anunciado sus obsesiones sexuales desde el comienzo de su carrera. Desde Todo lo que usted siempre quiso saber sobre el sexo pero nunca se atrevió a preguntar (1972) hasta Café society (2016), pasando, sobre todo, por la etapa de Diane Keaton y la espectacular Annie Hall (1977), vemos que el neurótico cineasta no tiene reparo en mostrar aspectos de su vida íntima al espectador. No es casualidad que las mujeres protagonistas de sus películas fueran sus parejas sentimentales en la vida real. Louise Lasser, Diane Keaton y Mia Farrow fueron las actrices principales de muchas de sus películas a la vez que mantenían una relación con el director. La etapa más intensa, en este sentido, fue la de Diane Keaton. La actriz ha llegado a declarar que Woody Allen es el hombre de su vida, identificándose con Annie Hall tanto que su propia madre, al ver la película, pensó que su hija no estaba actuando: “Solo veo a Diane”, dijo.




Además de mostrar su faceta más privada en sus filmes, Allen, el neurótico, hipocondriaco y sexualmente prematuro, tiene una especial predilección por la angustia existencial y la muerte. Sus problemas sentimentales son el tema central de sus obras, pero en muchas de ellas, el agobio que supone la existencia y las consecuencias morales que tiene acabar con la vida de una persona son cuestiones esenciales también. En este sentido, el director no refleja únicamente sus deseos primarios en sus trabajos, sino que muestra cierta inclinación por algunos problemas morales e intelectuales. Desde películas como La última noche de Boris Grushenko (1975) hasta Irrational man (2015), pasando por Delitos y faltas (1989), por ejemplo, observamos el fuerte peso que tiene el problema de la muerte en su carrera. Habitualmente, Allen aborda estos problemas desde una perspectiva existencialista, es decir, ahogado por la tragedia que supone saber que todos tenemos un final. En una cita célebre dice que lo que le apena del hecho de morirse es «perderse lo que va a venir», en definitiva, que quiere estar presente, enterarse de los acontecimientos. En La última noche de Boris Grushenko el protagonista tiene un diálogo cara a cara con la muerte, homenaje a El Séptimo sello (1957) de Ingmar Bergman, y a la famosa partida de ajedrez del film. Allen, al final de la cinta, reflexiona sobre la muerte de manera cínica y, una vez muerto, se va bailando con ella. Cuestiones trascendentes de forma irónica, elemento influencia de los hermanos Marx. En la obra del artista neoyorkino siempre encontramos una gran carga intelectual y, a la vez, una crítica hacia la misma. En repetidas ocasiones vemos que los protagonistas son escritores, dramaturgos, filósofos… personas cultas que, al mismo tiempo, odian la pedantería. En Medianoche en París (2011) tenemos a un escritor entusiasmado con La Ciudad de la Luz, enfrentándose a pedantes “sabelotodo” que creen tener conocimientos de arte. El “postureo” intelectual que critica el director en sus filmes es, precisamente, del que peca en muchas ocasiones.

Toda su obra está plagada de referencias a escritores, filósofos y literatos. No solo está preocupado por el tema de la muerte en cuanto a dejar de existir, sino por el conflicto moral que conlleva asesinar. Desde La última noche de Boris Grushenko, donde él y Diane Keaton planean matar a Napoleón, hasta Irrational Man, en la que un profesor de filosofía en plena crisis existencial decide matar a un juez, tienen importancia pensadores y escritores de la talla de Albert Camus, Jean Paul Sartre o Fiódor Dostoyevski. Este último tiene especial importancia en su Irrational Man, homenaje o guiño continuo a la magnífica Crimen y castigo (1866). El director nos cuenta la historia de Abe Lucas, un profesor depresivo y alcohólico, interpretado por Joaquin Phoenix. Como es frecuente en su cine, el protagonista tiene líos amorosos con varias personas, en este caso, con una compañera y con una alumna. Entre todo este dilema amoroso, inherente en todas y cada una de las películas de Allen, se esconde el problema ético que conlleva cometer un crimen, abordado ya en algunas de sus cintas, como hemos visto. Así como en otros trabajos, el director relata el absurdo de la existencia característico del filósofo y escritor francés Albert Camus y de su Mito de Sísifo (1942), en Irrational Man conduce al espectador al dilema y la angustia que supone haber cometido un crimen, tema sustancial de la obra magna de Dostoyevski. La película no solo está inspirada en esta obra, sino que el propio libro aparece en las manos del protagonista, e incluso hay escenas similares a fragmentos del clásico ruso. Cuando leí el libro, meses después de ver la película, no podía sino acordarme de las escenas donde Abe Lucas y su alumna, interpretada por Emma Stone, discuten sobre las consecuencias morales que tiene cometer un crimen.

Vemos pues que, además de mostrar sus problemas y desvaríos sentimentales, Woody Allen expone en sus trabajos, que no son pocos, sus inquietudes e influencias intelectuales. Siempre ha tenido especial interés por la filosofía, la literatura y la música, esencial también en su cine. No hay película suya en la que no suene jazz. Hizo su homenaje personal a esta música en Acordes y desacuerdos (1999), narrando la historia de Emmet Ray, músico ficticio que pudo estar a la altura de Django Reinhardt, como tantas veces se repite en la película. Esta faceta de sus obras tampoco está muy lejos de su vida personal. Allen, como es conocido, es miembro de la New Orleans Jazz Band, donde toca el clarinete; no es jazz manouche, como el de Reinhardt, pero sí un agitado jazz de Nueva Orleans que aparece en muchos de sus trabajos.

Después de  observar la dinámica en la que se mueve el cineasta, me resultaría muy raro que nos sorprendiera con un trabajo que no esté estrechamente ligado a su vida y experiencias personales. Siempre ha dirigido e interpretado a los mismos personajes, aunque se tratara de distintas películas. De hecho, en esta última época, el papel de neurótico y nervioso hombrecillo que siempre ha interpretado se lo ha cedido a actores como Owen Wilson o Jesse Eisenberg que, en Medianoche en París y en Café Society, respectivamente, encarnan al Woody Allen hipocondriaco de los años setenta, ochenta e incluso de los años noventa. En cualquier caso, aunque ya no protagonicen ni él ni su pareja sentimental las películas, sigue introduciendo aspectos de su vida. Su fascinación por Europa, por ejemplo, le ha llevado a rodar varias películas en las que rinde homenaje a sus ciudades favoritas. Con Vicky Cristina Barcelona (2009) rindió homenaje a las ciudades de Barcelona y Oviedo, con Medianoche en París homenajeó a Francia, a las vanguardias artísticas y a la propia ciudad de París, y con A Roma con amor (2012), a Italia, a la ópera y al arte renacentista que rodea a la capital.

La huella que el director neoyorkino ha dejado en la comedia es indudable. El humor de Woody Allen es irónico, autocrítico y, ante todo, personal. Es el humor que en la gran pantalla se había visto en las películas de Ernst Lubitsch y en las de los hermanos Marx. Por eso, aunque no me imagine a Stanley Kubrick en el espacio ni luchando en Vietnam, sí puedo imaginarme perfectamente a Woody Allen discutiendo en casa con su pareja o reflexionando sesudamente sobre la existencia, porque, al contrario que otros directores, muestra eso en sus películas. Reírse de uno mismo es el secreto para llevar la comedia hasta el extremo y Allen lo hace desde la década de los 70. Para aunar esta mezcla entre humor, vida personal y referencias a la literatura y a la cultura, conviene terminar esta pequeña reflexión con unas palabras que Sandy Bates, el protagonista de Recuerdos (1980), interpretado por el propio Allen, menciona durante la película:

«Yo sé que la gente me cree egoísta y narcisista, pero si tuviera que identificarme con un personaje de la mitología griega no sería con Narciso, sino con Zeus».

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