Refugio

«En ningún otro lugar sería más normal que dos clientes solitarios
se encontraran casualmente y quisieran compartir unos tragos
antes de despedirse».

(La luna de los asesinos, Donald E. Westlake)

Había dormido en una ciudad distinta cada una de las noches de aquella semana. Intentado dormir. Era domingo, con la tarde cayendo casi hasta el infierno, los coches más confortables que las casas, el bar casi vacío, con todos los vasos limpios y los programas televisivos sin sonido. Algún comercial que paraba a estirar las piernas, algún novio de camarera esperando, algún cliente del hotel después de mirar el desierto desde la ventana de la habitación.

Entró un tipo, arropado con un plumas sobre la americana, pidió un café con leche, caliente. Se sentó en la butaca que había a mi derecha, a un par de metros.

     –Cómo puede hacer tanto frío en medio del puto desierto –dijo.

Observé la espuma del café que el camarero había formado con un sutil temblor de muñeca. Volví a los hielos deshaciéndose en mi vaso de whisky. El tipo encendió un cigarrillo.

     –¿Fuma? –dijo, mostrándome la cajetilla.

     –No, gracias.

     –Hace bien.

     –Eso dicen…

Pasaron varios minutos hasta que alguien volvió a pronunciar palabra. ¿Qué otra cosa se puede hacer en la barra de un bar que mirar al frente y mantenerse en silencio? En un bar en medio del desierto.

     –¿De viaje…? –dejó caer el hombre del café, ya sin espuma.

     –Más o menos –dije, padeciendo mis habituales ganas de hablar.

     –¿Se hospeda en el hotel? –volvió a preguntar. De cuatro frases, tres preguntas y un consejo estúpido.

Decidí no responder.

     –Estoy pensando hacer noche aquí –el tío era insistente, virtud de triunfadores, error de fiambres.

     –Hágalo. El hotel está bien –correspondí, para mi propia sorpresa, mientras miraba al muchacho con gafas que limpiaba la máquina de café. El hombre dio un último trago y llamó al chico.

     –¿Me acepta un trago, amigo? –preguntó.

Pensé que si me conociera algo mejor no me llamaría amigo.

     –Sería de mala educación no hacerlo.

     –Aquí las excusas no valen –dijo el hombre–, ¿eh…? ¿quién demonios nos va a esperar?, ¿un coyote?, ¿una serpiente? –esbozando una sonrisa.

     –Se sorprendería…

El tipo rió, para ocultar que no había entendido lo que quise decir. El muchacho preguntó si podía retirar mi vaso, al que aún le quedaba un trago. Consentí y nos sirvió dos relucientes anchos de jack con hielo.

     –Hubo una vez que estuve en un sitio parecido a este, bastante lejos de aquí, pero parecido.

     –No me diga…

     –Se lo juro –dijo riendo.

     –Noooo… –dije simulando incredulidad.

El tipo reía como si estuviera borracho, y yo hablaba, que ya era bastante.

     –Estuve en un lugar como este sintiéndome realmente mal.

Dejamos de reír y bebimos.

     –Hice algo que no estuvo bien, y me desprecié por ello. No hay nada peor que la culpa.

     –Desde luego que si –dije, tras una pausa.

El vaso levantado y la mirada en el filo, dudando si caer de un lado o de otro.

     –Suéltelo.

     –Me acosté con una mujer –dijo el hombre.

Podría haber soltado la broma de “tampoco es para tanto, padre”, pero no lo hice. Porque sabía que el hombre no había terminado su frase, y porque no me gustan las bromas.

     –Con una compañera de trabajo –dijo–. Entonces yo no estaba casado, pero ella sí. Estuvimos un tiempo tonteando hasta que una noche acabamos en un hotel de carretera como este.

El tipo hablaba serio, pero con tranquilidad, como si no le afectara en nada el recuerdo de lo que decía.

     –¿Por qué se despreciaba usted? Era ella quien estaba casada.

     –Porque la conocía bien. Habíamos trabajado juntos durante cuatro años y nos habíamos hecho amigos. Porque había cenado en su casa con su marido, que era un buen tipo. Porque sabía que ellos no podían tener hijos y que les estaba costando una depresión y mucho dinero en tratamientos de fertilidad.

El hombre se calló. Jugueteaba con el posavasos de cartón, dándole vueltas como a una moneda.

     –Sigue habiendo cosas peores que la culpa –dije, tratando de ayudar.

     –Creo que destrocé sus vidas, aunque no lo sé, ella dejó el trabajo a las dos semanas y jamás volví a saber de ellos.

Hice una seña al camarero para que nos dejara la botella.

     –Cuando era un chico –dije, mirando el vaso–, trabajaba como aparcacoches en un casino, fue uno de mis primeros empleos, tenía dieciocho años.

     –Buenos coches, ¿verdad?.

     –Ya lo creo –respondí–. Esperaba en la entrada del casino, abría la puerta del acompañante y pasaba por detrás del coche a recoger las llaves. Debía salir con suavidad y conducir el coche hasta el garaje. El caso es que una noche había gente esperando al final de la rampa. Cinco hombres. Tanto para entrar como para salir del garaje se debía introducir una clave que variaba cada día. Me hicieron salir del coche e introducir la contraseña y me esposaron a una tubería. Cuatro de ellos desaparecieron con calma conduciendo un coche cada uno. El quinto, el que hablaba, se acercó a mí y me preguntó “¿Cuánto cobras, chico?”. “Cinco pavos la hora”, dije. “¿Y cuántas horas trabajas al día?”, volvió a preguntar el hombre. “Siete horas”, respondí. “Así que ganas treinta y cinco pavos cada noche”, dijo él. Y yo asentí, no sabía a dónde quería llegar. Entonces él sacó un fajo fino de billetes, los metió en el bolsillo interior de mi americana de uniforme y dijo “Aquí tienes quinientos, solo para que entiendas que los ladrones no somos nosotros, sino ellos…” mientras señalaba con el dedo índice hacia arriba.

     –¿Les cogieron? –preguntó el hombre.

     –No lo sé, jamás volví a saber de ellos.

     –No creo que lo hicieran –dijo, mirándome a los ojos.

Ya no dije nada más. Nos servimos un poco más de la botella y bebimos en silencio, mirando la vidriera que teníamos enfrente. ¿Qué otra cosa podíamos hacer? Al tiempo, dejó un billete sobre la barra y dijo, colocándose el abrigo:

     –Creo que no haré noche aquí finalmente, veamos si llego a otro sitio antes de que anochezca. Buena suerte, amigo.

Asentí y levanté un poco el vaso. Y pensé que si me conociera mejor, no me llamaría amigo. Y que había cosas peores que la culpa, aunque la culpa tampoco era para tomarla a broma entre las cosas malas. ♦︎

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