Malena

Malena quizás era rubia, quizás era lánguida. Perdón iba al revés, Anelam era rubia y lánguida, escojo que sea rubia porque le pega más a la languidez, sus ojos eran de color gris claro, cuasi transparente. ¡NO! Recomienzo.

Rosa era de tez morena, de ojos nocturnos, de pelo negro como el chapapote, las cucarachas y las pesadillas más renegridas. Al verla uno se imaginaba que era una aguerrida guerrera, una mujer fuerte y con un carácter portentoso. Toda ella era una mala pasada de la fisionomía, puesto que cuando uno se daba cuenta de que esa voz de pajarito era suya ya había transcurrido una buena media hora. Al cabo de unos minutos más, uno entendía que de guerrera nada, más bien Rosa nos recordaba a una abatida ídem, secada a la perfección y con los pétalos envejecidos en un alarde de “victorianismo”.

Rosa era una reina Midas del decaimiento, toda cosa y persona que se topaba con ella, acababa padeciendo una enorme lasitud. Los volantes almidonados de sus faldas caían más lacios que sus cabellos, las solapas levantadas de su abrigo sucumbían desparramadas a ambos lados de su cuello y las hombreras (la moda es cíclica y repetitiva, ya se sabe) nunca llegaban a abultar demasiado en sus casi cóncavos hombros. En su juventud lo había intentado con el punk y el rockabilly, pero sus cabellos no la secundaban; como consecuencia natural su espachurrada pelambrera se hizo fan  de “los Beatles”.

A veces intentaba combatir sus designios capilares animada por sus amigos y por su novio del momento. Con un caminar decididamente abatido entraba en su peluquería habitual y pedía con un brío inexistente un moldeado salvaje: —Quiero un peinado “afro”, como si fuera negra y me acabara  de echar un polvo bien “revolcao”—, decía con un chorrillo de voz que recordaba a un embalse deshidratado. Después de seis ocasiones en las que parecía que iba a resultar, diecisiete minutos y dieciséis segundos rigurosos después, sus rizos se desanimaban atacados por el potente centro de gravedad de su dueña.

Lo mismo pasaba con sus novios, se sentía atraída por machotes de pelo en pecho y cerveza en mano, esos que parecían ser los últimos hombres de verdad. Quería que le insuflaran vida a su apocamiento, pero todo perdía fuelle en contacto con su cuerpo, tras un ímpetu inicial que se prometía glorioso llegaba la realidad y el florete enhiesto quedaba convertido en un gurruño ante la fatigada desnudez de Rosa.

Su vida amorosa se resumía en una sucesión de hombres que llegaban siendo Steve McQueen, hombres que podían comerse un “capqueik” rosa y cubierto de gominolas sin dejar de salpicar virilidad y se iban convertidos en el “caraanchoa” de “Raiangoslin”.

Rosa abandonó su carrera artística, era escultora y pintora (de brocha gorda y “chuchurría”) y la flojedad no se valoraba en ese campo. La autodestrucción, la “autocomplacencia”,  el ser un ser torturado sí, pero el abatimiento no era un buen amigo ni de la pintura —sus paredes de “gotelé” adolecían de una considerable falta de picos—, ni mucho menos de la escultura —sus obras parecían poseídas por ansias suicidas y perecían abrumadas por un fuerte “Modiglianismo”—. Probó una temporada con la fotografía, pero sus imágenes, siempre en picado, incitaban al cándido observador a querer lanzarse por un precipicio.

Un día y tras superar una depresión, eso dicen, aunque ella no se notaba distinta, su ánimo alicaído no permitía variaciones, decidió convertir su estigma en un don.

Rosa salió de casa y lo primero que vio fue un cartel que decía: Demoliciones “GransonStone”. Se le encendió una luz (más bien tenue), y a partir de ese momento  se convirtió en una leyenda en el sector de la demolición. No había quien la superara en derrumbamientos, por fin sus dotes para que las cosas tendieran hacia el suelo le fueron de gran ayuda. Subida a la grúa, con sus potentes ondas lánguidas y con la eficaz ayuda de la bola de demolición, no había edificio que se le resistiera. Cemento, ladrillo, poliespan, hormigón, acero, madera, cristal, yeso… caían indefensos, mansos y casi sin estrépito a sus pies.

Con una vida laboral plena el amor pronto claudicó ante ella. Rosa vive con  su novio Astenio, minero de profesión y con su topo “hondito” en un sótano muy cuco y acogedor.

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