Leer a Proust hoy

Marcel Proust. Foto: adoc-photos/Corbis Historical.

Reconozcámoslo: la mera empresa de enfrentarse a los siete volúmenes, las más de tres mil páginas y el aproximadamente millón y medio de palabras que conforman À la recherche du temps perdu (En busca del tiempo perdido), de Marcel Proust, constituye en sí misma una osadía rayana en el masoquismo, una heroicidad casi. Y en los años de plomo de esa dictadura de la inmediatez en que nos ha tocado (mal) vivir, emana además un cierto aroma de rebeldía, de objeción de conciencia ante el sofocante corsé de lo breve —brevísimo— y, por ende, efímero e intrascendente.

De hecho, nada parece más alejado de un tweet que la frase proustiana. Pródiga en subordinadas y aposiciones, encontrar el verbo principal se revela tarea entomológica. Hay oraciones que llegan a sobrepasar los generosos límites de la página, conque su lectura en voz alta supone un desafío a la capacidad pulmonar equiparable a la apnea deportiva o a escalar el Annapurna haciendo el pino-puente —sobreentendido que, lo último, sin oxígeno—. Se trata, sin embargo, de una retórica de arrolladora, doliente belleza, cuyo alambicamiento produce un efecto hipnótico en cualquier lector que venza el sinfín de reticencias —por otra parte perfectamente comprensibles— planteadas por las dimensiones de la obra, pero, sobre todo, por la fama de prolija y/o plomiza que ésta lleva arrostrando desde antes incluso de ser publicada, cuando uno de los varios editores que desecharon el manuscrito esgrimió en su carta de rechazo —por aquel entonces, hace ya más de cien años, las editoriales aún se dignaban responder— que se le escapaba el atractivo que pudieran albergar treinta páginas dedicadas a las vueltas que da el narrador tratando de conciliar el sueño.




Como se ve, leer a Proust es una experiencia diametralmente opuesta a los usos de nuestros días. À la recherche du temps perdu requiere, ante todo, y valga la redundancia, tiempo, algo que hoy, por escaso, ha acabado haciendo bueno el dicho popular que lo identifica con el oro. A Proust no se lo puede, o no se lo debe hojear a salto de mata, en el autobús o el metro, camino del trabajo o al regreso. Por ejemplo. Tampoco mientras enviamos mensajes instantáneos, actualizamos compulsivamente nuestro estatus —qué hiperbólica locución y qué escaso interés el que en la mayoría de casos encierra— en esta o aquella red social, o meramente regalamos los mejores años de nuestras vidas navegando por ellas —el de navegar es otro ejemplo palmario de empobrecimiento semántico, si el pirata de Espronceda levantase la cabeza…— mientras, atrapados en un infinito bucle masturbatorio, asistimos a otros tantos aggiornamenti insignificantes. Al contrario, siendo la prosa de Proust incluso más acaparadora que las miguitas de autoestima que alfombran la lisonjera pararrealidad de las redes, su lectura demanda una dedicación exclusiva. La inmersión en cualquiera de los siete tomos de À la recherche du temps perdu tiene, entonces, un efecto no por involuntario menos terapéutico: el apartamiento de las decenas de dispositivos electrónicos y aplicaciones informáticas con los que se nos ha licuado el cerebro hasta rebajarnos a la categoría de simples viralizadores de contenidos, por cierto que, la mayoría, de muy dudosa valía. Y no se trata de ningún delirio cyberpunk, sino del aquí y ahora. O sea que, entre otras —muchas— bondades intrínsecas, leer a Proust vendría a ser como salir a dar un largo paseo, o hacer repostería casera, pero sin geolocalizador ni polifiltradas fotografías con las que recabar la —nunca lo bastante satisfactoria— dosis diaria de likes. Puro slow down, y del duro. Nivel pueblo castellano en octubre, como poco.
Si tras todas estas advertencias queda todavía alguien con los arrestos de enzarzarse en tamaña gesta y se está preguntando de qué va À la recherche du temps perdu, con independencia del célebre episodio de la magdalena —lo cierto es que toda la novela está salpicada de similares, llamémoslas, epifanías de la memoria— y de dobles sentidos más o menos crípticos —alegoría homosexual, impresionismo literario, filosofía de Bergson, etc.—, podría muy sucintamente respondérsele que es la historia de un joven aspirante a escritor, quien, como tantos otros —el propio Proust incluido—, nunca encuentra el momento de ponerse frente a la temida hoja en blanco.

En efecto, À la recherche du temps perdu presenta indiscutibles tintes autobiográficos. Igual que el omnipresente narrador, Marcel Proust malgastó —o no, según se mire— su juventud y buena parte de su vida adulta en no perderse un solo acto de la alta sociedad parisina. Si bien, de modo esporádico, había hecho traducciones y crónica rosa, y mandado imprimir a cuenta propia la miscelánea decadentista Les plaisirs et les jours (Los placeres y los días), no fue hasta los cuarenta años que se decidió a meterse verdaderamente en harina. Y de qué manera: hizo insonorizar su dormitorio desde el suelo hasta el techo y se zambulló en la cama y en su vocación con tal entrega que ésta acabó por devorarlo, agravando su maltrecha salud hasta morir, exhausto, apenas puesto el punto final a esa catedral de palabras, tal como le gustaba considerarla, que es su colosal novela. Eso sí, seguro que le quedó el consuelo de, al fin, haber recuperado ese tiempo desperdiciado en vacuo alterne y adulación hipócrita. No en vano, el último de los siete volúmenes lleva el ilustrativo título de Le temps retrouvé (El tiempo recobrado). Publicado póstumamente, como el quinto y el sexto —La prissonière (La prisionera) y Albertine disparue (La fugitiva)—, también ello debería hacernos reflexionar acerca del obsceno número de horas y la ingente cantidad de energía que consagramos a toda una batería de actividades quizá tan improductivas como leer un libro —de Proust, o de quien sea— pero infinitamente (más) embrutecedoras. ♦︎

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